martes, 25 de febrero de 2020

¿QUÉ HACE UNA CHICA COMO TÚ EN UN SITIO COMO ÉSTE?, DE FERNANDO COLOMO


Obra insigne de lo que posteriormente se llamó comedia madrileña, “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?” es la segunda película del director madrileño Fernando Colomo y fue rodada en 1978, en un Madrid que recién salía del franquismo y en el que estaba a punto de eclosionar la mítica movida madrileña. Su título está unido dentro de nuestra memoria sentimental a los también míticos Burning, grupo de rock que ponen la banda sonora a la película y son absolutos protagonistas de la cinta junto a Carmen Maura.

Además de mostrar esta nueva España que estaba floreciendo a ritmo de rock, deseosa de probar la libertad y con, todavía, demasiadas rémoras de la sociedad pacata, machista y opresiva que el dictador Franco construyó e impuso, “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?” parece la perfecta inspiración para un tipo de cine costumbrista y fresco, con toques de humor negro y muy irreverente, del que sería el rey durante los años 80 Pedro Almodóvar. De hecho, el director manchego aparece como extra en alguna escena de la película y dos años después se lanzaría al estreno de su primer largometraje, “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”, con algunos actores de la segunda cinta de Colomo como protagonistas: Carmen Maura (en un papel con ciertos puntos en común con el que posteriormente interpretaría en “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, rodada por Almodóvar en 1984) y Félix Rotaeta (su papel también comparte rasgos con el de “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”). Sin ánimo de destripar el argumento, también me parece curioso resaltar que en la segunda película de Colomo y la primera de Almodóvar, el personaje de Carmen Maura sufre una violación a manos del personaje de Félix Rotaeta.
Como comentaba antes, es indisociable el título de esta película del tema homónimo de los Burning, uno de sus éxitos más populares que, seguramente, todos hemos coreado en alguna ocasión. En principio era una canción que Fernando Colomo había encargado a Luis Eduardo Aute, aunque también estaba buscando a un grupo de rock para el filme. En un momento dado, el periodista musical Jesús Ordovás insistió a Colomo para llevarlo al madrileño barrio de La Elipa y presentarle a un nuevo grupo que acababa de nacer, Burning. Parece ser que a Fernando Colomo le gustó tanto que decidió que participaran en la película y los Burning prefirieron cantar un tema compuesto por ellos mismos. Así que en un fin de semana compusieron “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?” y dejaron a Colomo maravillado, tanto que la canción se convirtió en el mascaron de proa de la película y en uno de los temas más populares de la historia musical nacional, que formó parte de su álbum de 1979 “El fin de la década”, que contenía también “Mueve tus caderas”, otro gran éxito de la banda.
“¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?” tiene la particularidad de que empieza con una escena de lo más habitual en nuestros tiempos actuales, como es el desalojo de una familia. Y también toca otro de los temas, por desgracia, de más actualidad, como es la violencia de género. En el filme Carmen Maura encarna a Rosa, una mujer separada y con dos hijos, que trabaja como peluquera en su propio negocio y es extorsionada por su ex marido (Félix Rotaeta), ex policía abusador y violento. Gracias a una de las empleadas de su peluquería asiste al concierto de un grupo de rock y tiene una aventura con su cantante. Tony. El grupo en cuestión es Burning, aunque el papel de su vocalista es interpretado por el actor Antonio Canal, que canta con la voz del vocalista real del grupo en aquella época, Toño Martín, que, a su vez, tiene un papel importante en la película como guitarrista del grupo y novio de la empleada de la peluquería. Esa relación le dará a Rosa la fuerza que necesitaba para resolver su difícil situación personal de una manera drástica.
El resultado es una película interesante por su guion (escrito mano a mano entre Colomo y Jaime Chávarri, ambos con cameos en la película), por el momento social de efervescencia y vitalidad que retrata y, por supuesto, por el desfile de geniales intérpretes de nuestra cinematografía en papeles secundarios que ayudan a que “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?” sea también un ejercicio para cinéfilos nostálgicos, como Mercedes Sampietro (perfecta y bella como la mejor amiga de la protagonista), Marta Fernández Muro (hace una composición deliciosa de la aprendiza de la peluquería), Héctor Alterio (en un papel de policía antipático), Kitty Mánver (habitual del universo almodovariano y aquí pizpireta y jovencísima) o la gran Laly Soldevila (que fallecería a causa de un cáncer apenas un año después del estreno de la película).
Para terminar, la película cuenta, además de las canciones de Burning, con la banda sonora de Luis de Pablo y la fotografía de Javier Aguirresarrobe, que retrata como nadie la fascinante y traviesa mirada de Carmen Maura en un papel arquetípico que aquí interpreta por primera vez.




EL MUÑECO DIABÓLICO, DE TOM HOLLAND


Esta película se estrenó en el año 1988 y es el origen de la saga del Muñeco Diabólico, que se compone de (hasta el momento) siete películas, la última de ellas estrenada el pasado 2017.
El personaje protagonista es el muñeco Chucky, obra del guionista, productor y director de cine estadounidense Don Mancini, el cerebro que hay detrás de todas las aventuras de este personaje que ha pasado ya a formar parte de la iconografía de las películas de terror, junto a otros clásicos como Norman Bates o Freddy Krueger.

“El Muñeco Diabólico” (originalmente “Child’s Play” o Juego de Niños, título que me parece infinitamente más terrorífico y sugerente) se ha convertido en una pequeña película de culto que reúne los requisitos del buen cine comercial (sinceramente, con un pie en la serie B) y que recoge el testigo del trillado, aunque eficaz, arquetipo del niño o muñeco malvado.
La película empieza con una escena típica del cine de acción de los 80: un policía (Chris Sarandon, el inolvidable Príncipe Humperdinck de “La Princesa Prometida”) persigue a un famoso asesino, Charles Lee Ray (interpretado por el intenso actor Brad Dourif, al que hemos visto en joyas como “Alguien voló sobre el nido del cuco”, “Dune” o “Terciopelo Azul”; y más recientemente en “El Señor de los Anillos”), que se mete en una tienda de juguetes durante su huida. Allí dentro se produce un tiroteo y el asesino es alcanzado por una bala, pero antes de exhalar el último suspiro tiene tiempo de recitar un ancestral hechizo con el que consigue traspasar su alma al interior de uno de los famosos “Good Guy” (literalmente, Buen Chico), los muñecos de moda del momento.
Todo se complica cuando el niño Andy Barclay insiste a su madre para que le consiga el popular y carísimo muñeco que se ha puesto de moda entre los niños y del que Andy es súper fan. Incluso los cereales que toma en el desayuno son de Good Guy. No hace falta ser muy listo para suponer que justo el muñeco que la madre de Andy (interpretada por la actriz Catherine Hicks, que ha desarrollado su trabajo sobre todo en televisión)  le consigue en el mercado de segunda mano es justamente el que contiene el alma del cruel Lee Ray. A partir de aquí, el asesino tratará de seguir satisfaciendo sus instintos criminales sirviéndose para ello del muñeco Chucky.
“El Muñeco Diabólico” es una entretenida película con un previsible (aunque hábil) guión en el que todo el peso recae en el muñeco Chucky, presente durante todo el metraje de la cinta. El guión de Don Mancini (co escrito junto a John Lafia) retoma ese miedo ancestral a los muñecos que todos hemos sentido en alguna ocasión siendo niños, pues siempre es inquietante la figura de un muñeco hecho a imagen y semejanza de un niño incluso en el tamaño.
Sin duda, esta primera película de la ingenua franquicia terrorífica de Muñeco Diabólico es la mejor de todas, a pesar de la falta de toques de cómico humor negro que tienen sus secuelas.
Sin embargo, “Muñeco Diabólico” no deja de tener su punto de sátira y mala baba. Para empezar, su protagonista es una caricatura de los famosos muñecos de los años 80, como My Buddy o las Muñecas Repollo. El resultado fue una película que obtuvo críticas muy favorables y unos más que suculentos ingresos de taquilla (recuperó con creces el presupuesto invertido en su producción).
Como curiosidad hay que decir que después del estreno, grupos de padres y madres se manifestaron frente a las oficinas de la Metro Goldwyn Mayer (la productora de la película) en señal de protesta a una película que consideraban que podía incitar a los niños y niñas a cometer actos violentos. Ante esta posible avalancha de mala prensa, la Metro renunció a sus derechos de franquicia, que fueron adquiridos por la Universal.  







CAIRO TIME, DE RUBA NADDA



La actriz Patricia Clarkson, una de las grandes secundarias del cine norteamericano contemporáneo, es la protagonista absoluta de esta película del año 2014 rodada por la directora canadiense (de origen sirio/palestino) Ruba Nadda, basada en su propio guión.
En “Cairo Time” Clarkson encarna a Juliette Grant, editora de una revista de moda de Nueva York que viaja a El Cairo para reunirse allí con su marido (Tom McCamus) y pasar juntos unos días de vacaciones en Egipto. Él trabaja para la ONU pero está retenido en un campo de refugiados en Gaza, y ante la imposibilidad de recoger a su mujer, envía a su mejor amigo Tareq (Alexander Siddig) para que se ocupe de llevar a Juliette a su hotel y la acompañe durante su ausencia.


A partir de aquí asistimos a un auténtico romance que se cuece a fuego lento ante nuestros ojos, empezando por complicidades entre humo de cigarrillos, miradas fugaces y confesiones vitales que nos convierten en los perfectos cómplices de esta pareja madura a los que la atracción les coge desprevenidos por completo.
Al visionar “Cairo Time”, es inevitable acordarnos de otras películas que cuentan historias similares, como podrían ser “Los puentes de Madison” o “Lost in translation”. Con la primera tiene en común el romance de dos personas que ya tienen una vida satisfactoria en apariencia pero a los que la atracción arrastra hacia una historia de amor, en el caso de “Cairo Time” de pasión un poco más contenida. Y con el filme de Sofia Coppola, lo que las hermana es la peripecia vital de una mujer sola en un país extraño, de costumbres diferentes, que tiene que hacer frente a la ausencia de su pareja (en el caso de Juliette, ese marido que tiene que llegar en algún momento pero que nunca llega) y que se enreda en una historia que le sirve como espejo para poner de relieve esa soledad y melancolía que siempre la acompañan.
Hay que señalar que, a pesar del buen hacer de su directora, la película adolece de cierto tono de publirreportaje turístico, quizá a causa de la preciosista fotografía de las pirámides de El Cairo, obra de Luc Montpellier (responsable de la imagen de, entre otras, “Aritmética emocional” y “Lejos de ella”) y la romántica banda sonora de Niall Byrne. Sin embargo, el soberbio trabajo de los dos protagonistas, especialmente de Patricia Clarkson, salva la película y la convierte en un buen filme intimista acerca de la peripecia vital de una acomodada mujer dispuesta a correr riesgos y conocerse mejor a través de sus emociones.
Y es que tengo que reconocer que esta actriz oriunda de New Orleans es una de mis debilidades cinematográficas. Todavía no la he visto en alguna interpretación que no me haya gustado. Además, tiene curiosas conexiones con Barcelona, mi ciudad, pues ha trabajado tres veces con Isabel Coixet: en “Elegy”, “Aprendiendo a conducir” (ambas con Ben Kingsley como compañero de reparto), y en la reciente y premiada “La librería”. Y también es una de las actrices de “Vicky, Cristina, Barcelona” de Woody Allen, rodada en la ciudad condal. Independientemente de estas trivialidades, Patricia Clarkson es una excelente intérprete con esa capacidad de transmitir propia de las grandes y el carisma y la fotogenia de las estrellas clásicas del Hollywood dorado. Por otro lado, a menudo se permite el lujo de escoger proyectos siempre interesantes por una u otra razón y hemos podido disfrutar de su presencia en títulos que ya forman parte de la memoria cinéfila, como “Los intocables”, “La Milla Verde”, “Lejos del cielo”, “Buenas noches y buena suerte” o “Shutter Island”. Casi nunca en primera fila, pero siempre como pieza fundamental del puzzle que, al fin y al cabo, es una película. Viendo su nombre dentro de cualquier reparto ya sé, de antemano, que en esa historia hay algo que me va a gustar.


EL PROYECTO LARAMI, DE MOISÉS KAUFMAN

El 28 de junio se celebra el Día Internacional del Orgullo LGBT. Por este motivo quiero reseñar hoy una película basada en un suceso lamentable que ocurrió justo hace veinte años en Estados Unidos y que lleva por título "El proyecto Larami".
Larami es el nombre de una pequeña ciudad que pertenece al estado norteamericano de Wyoming. Se hizo tristemente conocida a nivel mundial en octubre de 1998 debido a que en ella fue torturado y dado por muerto (no falleció en aquel momento, pero sí posteriormente) el joven de veintidós Matthew Shepard, por el simple hecho de ser homosexual.

El caso puso en el punto de mira a esta, hasta entonces, pacífica ciudad pues los asesinos fueron otros dos jóvenes habitantes de la localidad: Russell Arthur Henderson y Aaron James McKinney. Parece ser que con premeditación y alevosía hicieron creer a Matthew que también eran gays para convencerlo de que se subiera a su furgoneta. Una vez lo tuvieron dentro empezaron a golpearle con la culata de una pistola en la cabeza hasta que llegaron a una cerca en un descampado, donde lo ataron y siguieron pegándole hasta dejarlo inconsciente. Sin preocuparse de si estaba vivo o muerto, se llevaron sus zapatos y su cartera y lo dejaron allí atado. Dieciocho horas después lo descubrió un chico que paseaba en su bicicleta y, según él mismo declaró a la policía posteriormente, era tal su estado que cuando lo vio pensó al principio que era un espantapájaros. Al acercarse comprobó que su pecho aún se movía. Pero, aunque estaba vivo, Matthew Shepard había entrado en coma. Fue trasladado a un hospital en Fort Collins (Colorado) y cinco días después falleció a causa de la gravedad de las lesiones.
Estos hechos (y el posterior juicio y resolución del caso) son los que se narran en esta producción del canal HBO del año 2002 y estrenada en el Festival de Cine de Sundance ese mismo año. “El proyecto Larami” está basada en la obra teatral del mismo nombre, también del director de la cinta, Moisés Kaufman. Narrada en forma de semi documental, cede la voz a los habitantes del lugar, y protagonistas de los hechos, a través de las más de doscientas entrevistas que se hicieron durante la investigación. A la hora de trasladar su pieza teatral de los escenarios a la pantalla, Kaufman se rodeó de un elenco espectacular para conseguir hilar ese tapiz que es la película, en la que brillan nombres como Steve Buscemi, Peter Fonda, Janeane Garofalo, Joshua Jackson, Laura Linney o Christina Ricci, entre otros.
“El proyecto Larami” consigue transmitir de una forma sobria y sin efectismos los efectos devastadores que este terrible crimen tuvo para la ciudad de Larami, así como también para toda la sociedad norteamericana, que salió a las calles a demostrar su indignación e incluso famosas figuras públicas, como es el caso de Ellen Degeneres, alzaron su voz en defensa de los derechos del colectivo LGTB.
Lo injusto de este crimen, de naturaleza clara y confesamente homofóbica, es que los asesinos de Matthew Shepard no fueron imputados por un delito de odio, pues ningún estatuto criminal de Wyoming estipulaba tal ofensa. Por lo tanto, hubo muchas peticiones para que se aprobara una legislación que tratara estos delitos. Fue tal la repercusión del caso que el entonces presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, renovó sus intentos de extender la ley federal sobre delitos de odio para incluir a gays, lesbianas, mujeres y personas con discapacidades. Pero sus esfuerzos fueron rechazados por la Cámara de Representantes al año siguiente, en 1999. Tendrían que pasar aún muchos años, y algún presidente más, para que, finalmente, el 22 de octubre de 2009 se aprobara una ley por el Senado de Estados Unidos con una amplia mayoría a su favor. El presidente Barack Obama firmó la medida y el 26 de octubre de ese mismo año entró en vigor la llamada Ley Matthew Shepard, que amplía la ley federal de delitos de odio de 1969 para incluir los crímenes motivados por el género, la orientación sexual, la identidad de género o la discapacidad de las víctimas, sea real o supuesta. Además, esta ley es la primera ley federal que extiende la protección legal a las personas transexuales. Un auténtico triunfo teniendo en cuenta la cantidad de obstáculos (legales) a los que se tuvo que enfrentar hasta ser una realidad.
Aprovecho desde aquí para recomendaros el complemento perfecto a “El Proyecto Larami”. Se trata del documental “Matthew Shepard is a friend of mine”, que filmó en el año 2013 Michele Josue, una de sus mejores amigas, que se dedicó a recopilar material inédito (vídeos caseros, fotos familiares, diarios personales) de su amigo Matt y, a través de entrevistas con familiares y amigos, volver a traer al presente a esa persona generosa, optimista y sensible que parece que fue Shepard, víctima de uno de los más terribles crímenes de odio de la reciente crónica negra norteamericana.

GIA, DE MICHAEL CRISTOFER


El próximo mes de noviembre de 2018 se cumplirán treinta y dos años de la muerte de la que fue primera súper modelo norteamericana mucho antes de que existiera el concepto de top model, tan trillado hoy día y tan fácilmente aplicado a diestro y siniestro en el mundo de la moda.
Se llamaba Gia Marie Carangi aunque ha pasado a la historia simplemente como Gia, tal y como fue conocida también durante su corto reinado como top, antes de que diferentes patologías asociadas al VIH que padecía acabaran con su vida a la temprana edad de veintiséis años, en noviembre de 1986.

La película de la que os voy a hablar narra el auge y caída de esta modelo. “Gia” se estrenó en el canal de televisión por cable HBO en 1998, a los doce años de su muerte, es decir, cuando toda su historia estaba aún muy reciente y la mayoría de sus coetáneos, por no decir todos, tenían fresca su memoria. Porque, independientemente de su valor como modelo (que lo tenía, y mucho), parece ser que Gia dejó un gran recuerdo como persona en la gente que la trató.
En el filme se dan cita algunos nombres muy conocidos actualmente que en aquel momento eran valores en alza. Para empezar está dirigida por el guionista, director y actor Michael Cristofer (que contaba ya con un premio Pullitzer y un Tony por su obra “The Shadow Box”, representada en Broadway en 1977), muy popular últimamente por ser uno de los actores de las series “Mr. Robot” y “Ray Donovan”, en ambas interpretando roles importantes. “Gia” fue su segunda película como director, así como la segunda que rodaba para televisión. Además, el director de fotografía fue Rodrigo García, hijo del insigne Gabriel García Márquez y actualmente gran director de cine, con títulos en su haber como “Cosas que dirías con solo mirarla”, “Nueve vidas” o “Passengers”. Una de las co protagonistas de “Gia” es la actriz Elizabeth Mitchell, la que fuera la doctora Juliet Burke en la celebérrima serie “Perdidos”. Y, por supuesto, no podemos olvidar a la protagonista absoluta de la cinta, la actriz Angelina Jolie, en un rol que le iba como anillo al dedo por su carácter rebelde y extremo, un poco como la auténtica Gia. Para Jolie éste fue su primer papel importante y realmente la catapultó a la fama, recibiendo premios como el Globo de Oro y el Premio del Sindicato de Actores a la Mejor Actriz de Televisión. Era la época de la Angelina Jolie de estética gótica y oscuro físico lleno de tatuajes, a años luz de su perfecta imagen de amante esposa y madre de familia numerosa, y actriz perfecta embajadora de causas humanitarias por todo el mundo.
Sin embargo, y a pesar de las buenas críticas recibidas en su momento, un gran número de los conocidos de la auténtica Gia, y también de su numerosa legión de fans, no estuvo de acuerdo con la historia que narraba la película y, sobre todo, con cómo la contaba. Y menos con la imagen que se dio de su protagonista, demasiado simplista y plana, que presentaba a la modelo como una especie de chica desequilibrada y agresiva que lo único que buscaba en la vida era que la quisieran y la aceptaran. Seguramente haya algo de cierto en esos hechos que nos narra “Gia” durante algo más de dos horas. Pero lo que también parece que es verdad es que la auténtica Gia Carangi tuvo una personalidad poliédrica llena de facetas que la convertían en alguien fascinante cuando entrabas en su órbita.
Diferente a las modelos que estaban de moda cuando ella apareció en escena en Nueva York en 1977 de mano de la agencia Wilhelmina (dirigida por la ex modelo de origen alemán Wilhelmina Cooper, interpretada en la película por Faye Dunaway), las típicas rubias californianas imagen de salud y white power, Gia aportó una belleza castaña y mediterránea, fruto de la sangre galesa, irlandesa e italiana que corría por su venas, que proyectaba sexualidad y provocación sin proponérselo. En realidad fue la más grande de las tops de finales de los años 70 siendo la más anti modelo de todas. Y eso que el Nueva York de esa época era un hervidero de creatividad, libertad y sexo que daba rienda suelta a todas esas ganas de vivir y disfrutar del hedonismo en locales como Studio 54 y Mudd Club, los templos de la beautiful people de la época y en los que Gia se inició en los que finalmente sería su perdición, la cocaína y la heroína.
Pero antes de que llegara su decadencia ya entrados los años 80, Gia tuvo tiempo de trabajar para todas las grandes firmas de alta costura, aparecer en la portada de todas las revistas imprescindibles del momento y ser fotografiada por auténticos tótems de la fotografía de moda, como Richard Avedon, Francesco Scavullo, Oliviero Toscani, Arthur Elgort o Chris Von Wangenheim, sólo por nombrar algunos. Muchos de ellos se convirtieron en sus amigos personales y la escogían como protagonista de sus reportajes y campañas por su modo de posar creativo y salvaje, absolutamente desinhibido y camaleónico. Según la opinión de grandes expertos, Gia tenía un carisma y una creatividad que no se había visto hasta entonces en una modelo, pues más que posar se podía decir que interpretaba a un personaje diferente en cada sesión de fotos. Muchos opinan que de haber seguido viva, su marcada personalidad la habría convertido en una gran poetisa, actriz o directora de cine. El mundo de la moda era demasiado encorsetado para ese carácter inquieto y torturado.



LO IMPORTANTE ES AMAR, DE ANDRZEJ ZULAWSKI


Rodada en 1974, se podría decir que “Lo importante es amar” es la película que marcó las carreras de su director, el polaco Andrzej Zulawski, y de su actriz protagonista, la austríaca de nacimiento (y francesa de adopción) Romy Schneider.
Y es que realmente marcó un hito en ambas trayectorias. Zulawski era un joven director de treinta y cinco años de origen polaco (nació en Lwów, ciudad que hoy pertenece a Ucrania) cuya segunda película, titulada “El diablo”, había sido prohibida en su país, por lo que tuvo que mudarse a Francia. Y allí entró en contacto con el ambiente cinematográfico del país galo y, por supuesto, con una de sus grandes estrellas, Romy Schneider, superada ya su etapa de la emperatriz Sissi, y actriz respetada por la crítica y adorada por el público. Romy era ya una estrella asentada y había trabajado con grandes directores como Orson Welles, Otto Preminger o Visconti y era una de las musas de Claude Sautet, con el que había rodado “Las cosas de la vida”, uno de sus filmes más populares.

Pero además de una gran actriz, Romy era una actriz visceral y una mujer arriesgada a la que le gustaba involucrarse en proyectos que le hicieran crecer y la alejaran cada vez más definitivamente de la empalagosa emperatriz que la había convirtió hacía dos décadas en la “novia de Europa”. Así que no dudó en aceptar ese papel bombón que bajo el nombre de Nadine Chevalier le haría ganar el premio César a la mejor actriz de 1975.
Por su parte, Andrzej Zulawski era aún un desconocido para el gran público cuando un productor le propuso adaptar la novela “La noche americana” de Christopher Frank, un libro que habla de gente del cine y del teatro, seres torturados y desesperados que se debaten en un mundo lleno de crueldad y artificio. Atraído por esos personajes y esas historias llevadas al límite, el director polaco (uno de los representantes del cinema verité europeo y del anti comercial cine-arte de los 70) no dudó en trabajar conjuntamente con el escritor de la novela, quien aceptó las modificaciones que Zulawski hizo de su novela, así como la decisión del director de convertir a Nadine, la protagonista, y a su marido en el eje central alrededor del cual giraría el argumento de su película.
Así es como Andrzej Zulawski modificó, reconstruyó e intensificó las relaciones entre esos personajes que provenían de un mundo, el del espectáculo, que le era bien conocido (él se inició en el mundillo como ayudante del cineasta de culto Andrzej Wajda), pero que en su película llevó a situaciones límite convirtiendo la novela original en un thriller con apariencia de documental rodando algunas escenas cámara en mano para darle más dinamismo, y en el que los primeros planos del bellísimo (y sufrido) rostro de Romy Schneider son una pieza fundamental que da veracidad a la historia, pero sobre todo a la interpretación del personaje de Nadine, uno de los más celebrados de la actriz.
Para acompañar a Romy, Zulawski escogió a dos hombres muy diferentes. Por un lado, el actor Jacques Dutronc en el papel del marido de Nadine, un actor italiano de poco talento. Y por otro, a Fabio Testi, en el papel de un fotógrafo que se gana la vida haciendo fotos en los rodajes de películas eróticas de baja calidad y que está enamorado de Nadine, una actriz que se encuentra en el peor momento de su carrera, y que para sobrevivir rueda películas porno.
Andrzej Zulawski sumerge a sus actores en un ambiente lúgubre y opresivo, rodando sin maquillaje (incluida Romy, tratada sin piedad por la cámara y fotografiada sin iluminación aduladora que la favoreciera. Aun así, y a pesar de las huellas de su intensa vida en el rostro, aparece melacólicamente bella) ni artificios. Tiene que haber verdad en sus interpretaciones y la asfixiante música de Georges Delerue contribuye sin duda a su propósito.
Se cuenta que el rodaje fue tenso y accidentado, pues el director polaco exigió a los actores que se sumergieran en el alma de sus personajes y se fundieran con ellos.
Sin embargo, parece que valió la pena el esfuerzo porque “Lo importante es amar” se convirtió en una película esencial en la filmografía del director y los actores y en un filme de culto. Público y crítica quedaron fascinados con este historia de amor corrosiva e incómoda que no deja indiferente a nadie y que ha pasado a la historia del cine como película de culto.

ANATOMÍA DEL INFIERNO, DE CATHERINE BREILLAT


Cuando cayó en mis manos la edición francesa del dvd de “Anatomía del infierno” lo primero que llamó mi atención fue el sugerente título y uno de sus intérpretes, cuyo nombre aparecía en la carátula: Rocco Siffredi, el actor de películas pornográficas. En la foto de la carátula aparecía junto a él una bella mujer desnuda, la actriz y modelo anglo/francesa Amira Casar. Y también pude observar que la película había sido dirigida en el año 2004 por una mujer, Catherine Breillat, una reconocida directora francesa especializada en cine documental sobre sexualidad y problemas de género. Me quedó claro entonces que no estaba ante una película porno, pero que la mezcla explosiva de Rocco Siffredi (sexo), Amira Casar (fue descubierta por Helmut Newton a los catorce años en una playa de La Costa Azul por el fotógrafo Helmut Newton. Es decir, sexo de nuevo) y Catherine Breillat (autora de documentales sobre sexualidad y género) iba a dar como resultado una película en la que el sexo tendría un papel importante.

Al llegar a casa me dispuse a disfrutar de la película con la mente abierta y con los menos prejuicios posibles. Y lo primero que aparece en la pantalla antes de los títulos de crédito o cualquier escena es un párrafo de apenas tres líneas sobre un fondo negrísimo. Leo una declaración, que supongo es de la directora del filme, en el que, resumiendo, se advierte al espectador/a de que el cine construye un espacio ficcional y que el cuerpo de la actriz de la película es sustituido por el de una doble en las escenas de intimidad sexual.
Ante esto ya no me queda ninguna duda de lo que voy a ver en los próximos casi ochenta minutos de película, pero tengo que decir que la realidad superó mis expectativas.
Después de la declaración de intenciones de la que he hablado antes, la película nos sitúa dentro de una discoteca de ambiente gay. Entre los hombres que bailan sudorosos y alguna que otra escena de sexo explícito, destaca la figura de una bella mujer (Amira Casar) que los observa desde un rincón de la sala, con semblante serio. Su mirada puede expresar muchas emociones, pero su actitud corporal es desafiante y abatida a la vez mientras deambula por la discoteca chocando con los cuerpos de los hombres mientras se dirige a los lavabos, cruzándose con el personaje que interpreta Rocco Siffredi. En la siguiente escena vemos a la mujer cortándose las venas de la muñeca izquierda con una cuchilla, hasta que la entrada del hombre en el retrete le impide continuar con el que parece que es su propósito de suicidarse. A partir de este momento la mujer inicia una extraña relación con el hombre, al que paga para que la observe (y a veces interactúe con ella) en actos de su intimidad física y sexual, iniciando ambos un camino en el que irán creando y destruyendo vínculos como una especie de terapia en la que son capaces de experimentar sus deseos y perversiones llevando este experimento al límite.
“Anatomía del infierno” es una película en la que casi no hay diálogos. Las impactantes imágenes son lo suficientemente poderosas para transmitir el mensaje que Catherine Breillart quiere trasladar al espectador/a. Son imágenes crudas la mayoría de las veces, pero llenas de belleza y poesía en torno a la desnudez, el sexo explícito y la sangre. La fotografía es tan pictórica que a veces parece un cuadro de Caravaggio en el que resalta la sensual belleza marmórea del cuerpo de Amira Casar. En realidad, todas los elementos que desfilan por la pantalla son igual de importantes, tanto la desnudez de Rocco Siffredi como la acuosa y profunda mirada de Casar, así como la sangre y los planos cerrados del sexo de los actores. Todos ellos son los protagonistas de esta transgresora reflexión de Catherine Breillat sobre los sentimientos, el sexo, el apego, la sumisión, las relaciones sexuales entre hombres y mujeres o el voyeurismo, por nombrar algunos de los temas que la directora parisina se atreve a poner sobre el tapete para explicar y entender mejor el mundo interno (no sólo en el plano sexual) de las personas sin miedo a recibir duras críticas o herir sensibilidades. De hecho, como vaticinó Catherine Breillat en alguna entrevista para la prensa francesa, su “Anatomía del infierno” consiguió tanto lo uno como lo otro.

SIN LÍMITES, DE NEIL BURGER


“Sin límites” es una película del año 2011 protagonizada por un Bradley Cooper convertido ya en toda una estrella después de haber protagonizado la taquillera “Resacón en Las Vegas” y su secuela. Está dirigida por Neil Burger, un director no demasiado conocido, que había firmado anteriormente “El ilusionista” y que tres años más tarde dirigiría la primera de las películas de la saga “Divergente”.
En realidad “Sin límites” (que es la adaptación de la novela “The dark fields”, de Alan Glynn, un libro que sin dejar de tener forma de best seller es bastante superior en cuanto a contenido a su adaptación cinematográfica) no pasa de ser una más de esas películas fantacientíficas, aunque con una factura excelente y un elenco de populares (y en ocasiones solventes) actores que dan brillo a la producción. En la película que nos ocupa, el grueso de la responsabilidad recala en los fornidos hombros de Cooper y un desganado Robert De Niro le da la réplica en algunas escenas. Les acompaña la actriz australiana Abbie Cornish, que dos años antes había protagonizado la cinta de Jane Campion “Bright Star”.

“Sin límites” aparece en este blog porque, a pesar de sus defectos formales y de guión (que los tiene, crítica que no se le puede hacer a la novela) me parece una buena película dentro de su género de películas que yo llamo (con todos mis respetos a los frutos secos) “palomiteras”.
El inicio del filme no puede ser más prometedor: Bradley Cooper es Eddie Morra, un aspirante a escritor que sufre un bloqueo crónico a la hora de crear una novela en la que lleva atascado años. Su vida es un desastre e incluso su novia, harta ya de su actitud de perdedor, termina por abandonarle. Pero un día, un encuentro fortuito con un antiguo cuñado al que no ve hace años va a darle un giro de 180 grados a su existencia. Su ex cuñado es un camello de poca monta que anda metido en la distribución de una nueva droga de diseño llamada NZT y le da una pastilla a Eddie para que la pruebe. Éste lo hace y comprueba cómo esa droga revolucionaria en fase de experimentación le permite aprovechar todo su potencial cognitivo. Puede aprovechar todo lo que ha visto, oído o leído, e incluso aprender un nuevo idioma con solo escucharlo. De hecho, es capaz de finalizar en pocas horas la novela que llevaba años sin acabar en su ordenado. Eddie consigue seguir tomando NZT y llega incluso a conquistar Wall Street, lo que hace que un magnate (Robert De Niro) se fije en él y le proponga formar parte de la fusión corporativa más importante de la historia. Pero, claro, Eddie no es el único que conoce y que necesita cada vez más NZT…
Como se ve, nada nuevo bajo el sol, y sin embargo “Sin límites” consigue mantenerte pegado a la pantalla, fantaseando con los efectos de esta droga revolucionaria en tu propia persona, como si de una vuelta a la infancia se tratara y te trasladases a ese cine de sesión continua cualquier tarde de sábado con una bolsa de palomitas en una mano y una chocolatina en la otra, dispuesto a dejarte seducir por cualquier fantasía que hiciera volar tu imaginación, sin fijarte demasiado en los fallos de guión o los saltos de raccord.
Bendita inocencia. Quién pudiera ser Eddie Morra por unas horas…

LO QUE QUEDA DEL DÍA, DE JAMES IVORY


Dicen que “Lo que queda del día” (filme basado en la novela del mismo título de japonés Kazuo Ishiguro, premio Nobel de Literatura en 2017 y residente en Gran Bretaña desde los años 60. Por lo tanto, no es de extrañar su alto conocimiento de las costumbres inglesas) es la mejor película de James Ivory, el más británico de todos los cineastas estadounidenses (sí, sí, es de la soleada California. Nació en Berkeley hace 89 años).

Cuando la estrenó ya había dirigido y triunfado con “Una habitación con vistas”, “Maurice” y “Regreso a Howards End”. Y con la muchos opinan que es su obra maestra arrasó en los Globos de Oro y los Oscar del año siguiente, con candidaturas en varias categorías aunque finalmente no ganó ningún premio. Tan solo Anthony Hopkins obtuvo el premio BAFTA.
Igualmente, “Lo que queda del día” fue un éxito de crítica y público y consiguió que el público se sumergiera por completo en esta melancólica y sutil  historia de un amor nunca consumado entre un mayordomo (Anthony Hopkins) y un ama de llaves (Emma Thompson) en el marco de una Inglaterra aristocrática y decadente a punto de sumergirse en la segunda guerra mundial. Emma Thompson y Anthony Hopkins están inmensos. Hay tal identificación entre personajes e intérpretes que parece que ambos hayan nacido para meterse en la piel del señor Stevens y la señorita Kenton.
De todas formas, “Lo que queda del día” no es sólo la historia de un amor no consumado (incluso no confesado o mostrado). Es mucho más que eso, pues el filme es también una perfecta radiografía de la alta sociedad británica de la primera mitad del siglo XX, y también del sistema de clases que se establecía dentro del personal que estaba al servicio de esa clase pudiente.
La novelista Ruth Prawer Jhabvala estuvo al frente del guión y consiguió trasladar con maestría el ritmo excepcional de la novela de Ishiguro al lenguaje cinematográfico. Quien haya leído el libro comprobará que esa excepcional narración llena de luces y sombras, de pensamientos no expresados, de miradas fugaces, de emociones contenidas y también de explosión de sentimientos, generalmente camuflados bajo la máscara de la educación y corrección social, aparecen también en la película de James Ivory. De hecho, son su seña de identidad.
Todo en “Lo que queda del día” roza la perfección, desde la elección del escenario (el bellísimo paisaje inglés y la mansión Darlington Hall, realmente un personaje más de la película), pasando por la fotografía (obra preciosista de Tony Pierce-Roberts) y el bellísimo diseño de producción (Luciana Arrighi, que reconstruye dos épocas pasadas diferentes). Incluso la música es un elemento imprescindible que dota de ritmo y acompaña la peripecia vital del mayordomo Stevens en busca de su pasado. Es obra de Richard Robbins, un habitual en el cine de Ivory, que compuso para el  filme una melancólica y evocadora banda sonora, complemento ideal para este magnífico tapiz que es “Lo que queda del día”.
En cuanto a los secundarios, James Ivory escogió a grandes actores para pequeños papeles en los que todos y cada uno de los intérpretes están excepcionales: James Fox (Lord Darlington, el patético y entrañable anfitrión de la mansión, que se atreve a aliarse con los nazis antes de la guerra), Christopher Reeve (como el político nuevo rico americano, práctico y un poco patán, que compra la mansión una vez acabada la guerra), Hugh Grant (como el sobrino de Lord Darlington) o Lena Headey (muy popular por “Juego de tronos”, y que aquí interpreta a la doncella Lizzie), sólo por nombrar algunos del fabuloso elenco de intérpretes.
De todas formas, después del visionado “Lo que queda del día” es inevitable sentir una profunda pesadumbre, una nostalgia por un pasado que ya no está, el del señor Stevens, y que pudo haber sido diferente si hubiera tenido el valor de seguir a sus sentimientos. En algún lugar he leído: “Hay que hacer algo con el presente antes de que se transforme en pasado”. No puede ser más verdad.

INTELIGENCIA ARTIFICIAL, DE STEVEN SPIELBERG


“Inteligencia Artificial” (o AI) es un proyecto largamente acariciado por Stanley Kubrick desde los años 70 (que incluso llegó a contratar como guionista al escritor Brian Aldiss, en cuyo relato corto “Los súperjuguetes duran todo el verano” se basó el guión de la película), en el que involucró en su momento a Steven Spielberg y que acabó dirigiendo únicamente este último, haciéndose cargo incluso del guión (era la segunda vez que firmaba un guión, después del de “Encuentros en la tercera fase”), veinte años después de que Kubrick le contactara.
Se estrenó en el año 2001 (justo al año en que Kubrick imaginó el futuro en su clásico) y desde entonces el mundo ha cambiado muchísimo. Era la época pre-internet, y todavía no existían las redes sociales, ni las plataformas on line de películas y series, ni todavía se había llevado a la pantalla la obra “Yo, robot” de Isaac Assimov, ni, por supuesto, nadie había oído hablar de “Wesworld”.


Así que en el momento de su exhibición, “Inteligencia Artificial” fue una película muy novedosa, que creó muchas expectativas y mucha leyenda a su alrededor, y más teniendo en cuenta  a los dos genios involucrados en su gestación.
La película muestra un mundo inundado por el deshielo de los polos, que el calentamiento global ha provocado, anegando costas y ciudades como Venecia, Amsterdam o Nueva York. Todo ello ha reducido drásticamente los recursos mundiales y ha cambiado la forma de vida de los humanos. Uno de los efectos más importante es que para poder reproducirse, los humanos necesitan permisos de natalidad, que son muy difíciles de conseguir. Unido a esto, se ha creado una clase de robots muy avanzada, llamados Mecas, capaces de emular pensamientos y emociones humanas. La empresa encargada de su fabricación, Cybertronics, ha desarrollado también un prototipo de Meca niño llamado David que aporta una novedad: es capaz de amar. Y le proponen a uno de sus trabajadores probar su creación en el seno de su familia, pues él y su mujer tienen un hijo en animación suspendida hasta que encuentren cura para la enfermedad que padece. A partir de la llegada de David al hogar de sus padres adoptivos los acontecimientos se suceden y la película pasa a combinar el relato de ciencia ficción con la epopeya de un niño-robot y su mascota (un osito de peluche también robótico) en pos de su humanidad y el amor de su mami, con continuas y claras referencias al “Pinocchio” de Carlo Collodi, con Hada Azul incluida y como parte fundamental de la historia.
A pesar de que en su momento no consiguió una buena recaudación en taquilla y de que obtuvo algunas críticas bastante negativas. “Inteligencia Artificial” es una magnífica película en la que se nota la impronta de las dos personalidades responsables de su filmación, aunque es imposible averiguar cuál podría haber sido la aportación personal de uno u otro al guión. El propio Steven Spielberg confesó en una entrevista posterior que muchos críticos se habían equivocado al asociar giros concretos del guión, o determindas escenas, o él o a Kubrick. De hecho, “los treinta o cuarenta primeros minutos de la película están filmados tal cual el guión de Stanley, así como los últimos veinte minutos. Y también la idea de Teddy, el osito de peluche que acompaña a David, era de Stanley”. Y la mayoría de los críticos pensaron que eran aportaciones de Steven Spielberg al guión original, por lo cual acusaron a la historia de tener pasajes demasiado azucarados o sentimentales, cosa que se suele atribuir en ocasiones al cine de Spielberg.
Sea como sea, a estas alturas “Inteligencia Artificial” está considerada ya como un clásico contemporáneo que trasciende la etiqueta de cine de ciencia ficción o futurista. Es simplemente una buena e interesante historia filmada de manera soberbia en la que todos los detalles están cuidados en extremo y de una manera intencionada (algo también habitual en el cine de los dos directores) con unos efectos digitales espectaculares a cargo de Industrial Light & Magic, que se ocupó del impecable diseño de los robots de la película. Además, Spielberg se rodeó de un excelente equipo de profesionales: la experta social en robótica Cynthia Breazeal como consultora técnica durante el rodaje, Bob Ringwood fue el diseñador de vestuario y responsable de escenarios como la Rouge City, y el reputado compositor John Williams creó una de las bandas sonoras más bellas de los últimos tiempos (aunque también una de sus composiciones más infravaloradas), llena de matices para acompañar las vicisitudes por las que atraviesa el protagonista durante el relato.
Mención aparte merece la interpretación de la entonces estrella infantil Haley Joel Osment. Recién salido de “El sexto sentido” (donde interpreta a otro niño inquietante), ejecuta aquí un gran trabajo como actor, lleno de sensibilidad y a la altura de las exigencias de su personaje, para dar vida a un niño robot que lo único que desea es ser un niño de verdad y que su mamá lo quiera. Lo acompañan en su aventura Frances O’Connor y Sam Robards como sus padres (también excelentes) y, sobre todo, Jude Law en el papel del Meca gigoló Joe. Al igual que hace Osment, Law se transmuta en un auténtico robot que, a veces, ni parpadea.
Por si todavía no habéis visto la película, y sin ánimo de destripar giros de guión, sólo comentaré sobre el final que fue otro de los motivos para las malas críticas por su aparente final feliz made in Hollywood, demasiado almibarado. Pero, en mi opinión, nada más lejos de la realidad. Creo que es uno de los finales felices más tristes de la historia del cine.
Como curiosidad, señalar que es la última gran producción de cine donde aún se pueden ver las Torres Gemelas del World Trace Center en Nueva York, incluso en un contexto de dos mil años en el futuro, debido a que su estreno en Estados Unidos fue el día 26 de junio, dos meses y medio antes de la destrucción de los edificios causada por los atentados del 11 de septiembre de 2001.

EN ALGÚN LUGAR DEL TIEMPO, DE JEANNOT SZWARC


Os quiero recomendar una pequeña película que descubrí siendo adolescente gracias a un pase por la televisión autonómica de Catalunya (TV3). Me cautivó ya durante su primera media hora por varias razones: su argumento (los viajes en el tiempo, tema que me fascina), uno de sus protagonistas (Christopher Reeve, mi Supermán favorito, en un papel lleno de encanto que le va como anillo al dedo) y la música (una preciosa y nostálgica partitura de John Barry combinada con  la variación XVIII: "Andante cantabile", de la Rapsodia sobre un tema de Paganini, op. 43, del compositor ruso Serguéi Rajmáninov, dirigida por el propio John Barry e interpretada al piano por Roger Williams). Así que “Somewhere in time” (ese es su título original, realmente respetado en su adaptación al castellano) pasó a ser una de mis películas románticas favoritas y, aunque sólo tuve ocasión de verla en aquella única ocasión, siempre guardé un buen recuerdo. Hace unos años se editó en formato DVD y, por supuesto, me la compré. Al volver a verla pude comprobar que no había envejecido nada mal y que conservaba toda aquella magia que yo recordaba, incluida la de su banda sonora.


“En algún lugar del tiempo” es una cinta dirigida en 1980 por el francés Jeannot Szwarc (dos de su películas más populares son “Tiburón 2” y “Supergirl”) y protagonizada por Christopher Reeve (dos años después de rodar “Supermán” y convertido ya en toda una estrella), Jane Seymour (entonces una actriz popular, aunque la fama mediática masiva le llegaría mucho después con la televisiva Doctora Quinn), Christopher Plummer (gran actor reconocido, popular por ser el patriarca de la mítica familia Von Trapp en “Sonrisas y Lágrimas”); y en papeles secundarios, aunque esenciales para la historia, Teresa Wright (actriz del Hollywood dorado dedicada por entonces a la televisión) y Susan French (interpretando al personaje de Jane Seymour en su vejez).
El guión de “En algún lugar del tiempo” corre a cargo del escritor y guionista de ciencia ficción y fantasía Richard Matheson y es una adaptación de su propia novela “Bid time return” (la traducción vendría a ser algo así como “Pide al tiempo que vuelva”), que había publicado cinco años antes. Basadas también en novelas de este autor ya fallecido son películas tan populares como “El increíble hombre menguante” o la reciente “Soy leyenda”, con Will Smith como protagonista, de la que se habían filmado anteriormente dos adaptaciones. Por cierto, de la segunda, realizada en los años 70 y protagonizada por Charlton Heston, Matheson no quería ni oír hablar. No ocurrió lo mismo con “En algún lugar del tiempo”, pues además de firmar el guión, Richard Matheson aparece haciendo un cameo como uno de los huéspedes del hotel en el que transcurre la romántica historia de Reeve y Seymour.
A pesar de ser una película modesta (su presupuesto inicial fue reducido a la mitad por un tema de huelga de actores, y en su estreno no obtuvo una buena recaudación y tampoco críticas demasiado favorables), “En algún lugar del tiempo” ha llegado a convertirse en una película de culto, con club de fans incluido (fundado en 1990)  y cuyos miembros celebran conmemoraciones periódicas del estreno del filme con visitas a los lugares emblemáticos de su rodaje, en las que se siguen implicando los actores, incluido Christopher Reeve hasta su fallecimiento en 2004, y a pesar del accidente que le dejó en silla de ruedas en 1995. Es tal el cariño que sienten los fans hacia el actor que en 1997 encabezaron el proyecto A Star For Christopher Reeve destinado a conseguir financiar una estrella para él en el paseo de la fama de Hollywood. Lo consiguieron y a la inauguración asistieron el propio actor con su familia acompañados por los fans y también Jane Seymour, que ofreció un pequeño y emotivo discurso hablando de por qué su compañero de “En algún lugar del tiempo” merecía aquella estrella.
En definitiva, yo creo que toda esta buena energía que parece ser que hubo durante el rodaje; esa armonía entre los actores (que se consolidó como gran amistad posteriormente), el director y el guionista, y el encanto de los lugares en los que se rodó, han hecho que esta sencilla historia de un amor que trasciende las leyes del tiempo se convierta en una película atemporal que conserva la autenticidad y el encanto de las historias confeccionadas con sentimiento.

EL PEQUEÑO PRINCIPE, DE STANLEY DONEN


Antes de nada, debo confesar que soy un gran admirador del clásico de la literatura “El Principito” de Antoine de Saint-Exupery. Es uno de esos libros que forma parte de mis imprescindibles y siempre hay un ejemplar (tengo varias ediciones) en mi mesilla de noche. Lo releo continuamente y siempre descubro y aprendo algo nuevo. Así que cualquier adaptación que se haga de él ya tiene mi simpatía y admiración, porque considero que es una obra muy difícil de adaptar al cine. Está plagado de simbología y esos oníricos escenarios que tan bien describe Saint-Exupery pueden resultar demasiado artificiosos o irreales plasmados en celuloide. Casi los veo más adecuados para los escenarios teatrales. Pero sea como sea, cualquier acercamiento (y más si es creativo) a este inmortal libro me parece que ayuda a la difusión de su mensaje y, seguramente, despertará el interés por conocer la obra original que lo inspiró.


Concretamente, esta adaptación al cine de 1974 es obra del director y productor Stanley Donen, reconocidísimo autor hollywoodiense responsable de clásicos musicales como “Un día en Nueva York”, “Cantando bajo la lluvia”, “Siete novias para siete hermanos” o “Una cara con ángel”. Y también director de una de mis películas favoritas y, en mi opinión, de una de las disecciones más certeras y realistas de la pareja, como es “Dos en la carretera”.
Pero vayamos a lo que nos ocupa. Esta adaptación de “El Principito” fue producida y dirigida por Donen y es un musical, con lo cual se riza el rizo de la dificultad y se compran más boletos para la rifa de los fracasos en taquilla. Y eso fue lo que sucedió, a pesar de que el director se rodeó de un gran equipo de profesionales: Alan Jay Lerner (se ocupó del guión y las letras de las canciones), Frederick Loewe (responsable de la música) y también de un eficiente elenco de actores para el reparto, entre los que se cuentan el genial Gene Wilder y Bob Fosse, interpretando al zorro y la serpiente respectivamente. Como dato curioso, señalar que el propio Bob Fosse (director de “Cabaret”, otro musical mítico) coreografió su número de baile personalmente. Para los personajes protagonistas del piloto y el pequeño principito, Stanley Donen eligió a Richard Kiley (un curtido actor norteamericano de teatro y cine famoso por haber sido Don Quijote en “El hombre de la Mancha”, en 1965 en Broadway) y al niño británico de ocho años Steven Warner, que venía de la publicidad y actualmente combina su trabajo como actor con el de técnico en efectos especiales.
Para los y las que esperen encontrar una fiel adaptación del libro, esta película será una decepción. Es, ni más ni menos, que una adaptación de una historia a cargo de un gran director que pretende dar su versión más o menos fiel de un libro muy popular en todo el mundo y que ha inspirado a millones de personas. Por lo que el listón está muy alto. Y tampoco gustará a quien no sea amante de los musicales, ese género para el que no hay término medio; o lo amas o lo odias.
Como en toda adaptación, “El Pequeño Príncipe” no es fiel al cien por cien al libro, pero eso también es parte de su encanto. De hecho, creo que Stanley Donen y Alan Jay Lerner crearon su propia versión de “El Principito” intentando ser lo más fieles posible al espíritu y el mensaje del clásico original. Y pienso que lo consiguieron. Hay que recordar la época en la que fue rodada, 1974, y pensar que los efectos especiales en aquella época no tienen nada que ver con los actuales. Pero, insisto, estos detalles inspiran más ternura que rechazo y se puede adivinar que Stanley Donen era una gran admirador de la obra literaria y del personaje. Yo considero que la película es su sincero homenaje a ese universo ingenuo de Saint-Exupery, al que tanto contribuyen sus sencillos dibujos, que aparecen continuamente a lo largo del filme.
A pesar de todo ello, la película “El Pequeño Príncipe” está considerada una obra menor de Stanley Donen, un musical que no aporte nada al género y una mala adaptación del clásico escrito en 1943, con el que se toma demasiadas licencias según algunas críticas.
Sin embargo, yo creo que cualquier obra inspirada por el pequeño habitante del asteroide B612 es una nueva oportunidad para sumergirnos en su particular universo y reflexionar sobre los temas trascendentales que “El Principito” toca de una manera tan especial.

PERSONAL SHOPPER, DE OLIVIER ASSAYAS


Ésta es la última película rodada hasta la fecha por el director francés Olivier Assayas y se estrenó en el año 2016, consiguiendo, entre otros premios, el de mejor director en el Festival de Cannes de ese mismo año. Su anterior película había sido “Viaje a Sils María” y ambas comparten protagonista: Kristen Stewart. A su vez, también hay una unión entre las protagonistas de las películas, que tienen la misma profesión: asistentes de grandes celebrities. Pero a partir de ahí se acabaron las diferencias.
“Personal shopper” es una película que gira alrededor de Kristen Stewart, protagonista absoluta (en “Viaje a Sails Maria” compartía protagonismo con una Juliette Binoche en estado de gracia). En ella, la actriz encarna a Maureen, personal shopper norteamericana de una celebrity (Kyra), que atraviesa un momento personal dramático, pues ha muerto su hermano gemelo (Lewis) a causa de una anomalía genética coronaria que ella también padece. Pero lo más interesante de la película es que Maureen, también al igual que su hermano, tiene intuición de médium y quiere contactar con él, pues parece ser que ambos acordaron que el primero que muriese mandaría una señal al otro desde el Más Allá.


De hecho, la primera escena de la película ya te mete de lleno en la trama pues nos muestra a Maureen llegando a la casa donde vivía y murió su hermano, dispuesta a pasar allí la noche en busca de ese ansiado contacto con su hermano. Para lo cual se dedica a recorrer las habitaciones en penumbra, llamándolo por su nombre. En algún momento vislumbra algo que podría ser una extraña presencia, pero no sabemos si es Lewis o  no; lo iremos descubriendo a medida que la película avance.
A pesar de este inquietante inicio, “Personal shopper” no es una película de género como tal, pues tiene ingredientes de película paranormal, pero también de thriller. De hecho, yo creo que es bastante inclasificable; una película de autor que nos habla de la pérdida, tanto personal como de identidad, de la búsqueda de sentido y, por encima de todo, de la soledad. Durante toda la película Maureen está profundamente sola. Incluso su trabajo contribuye a esta soledad, pues su único compañero fiel es su iphone, a través del cual se comunica con su jefa y con el mundo. A pesar de que mantiene una relación sentimental con un hombre, también el contacto con él es a través de vídeo conversaciones, pues él está trabajando el algún país fuera de Europa y Maureen vive en París. Sólo interactúa socialmente en momentos puntuales: con la antigua novia de su hermano, con las dependientas de las tiendas a las que va a comprar ropa, con el guardaespaldas de su jefa o con el personal de los trenes en los que viaja. Pero básicamente está muy sola, y más desde que ha perdido a, literalmente, su otra mitad, son el que ni siquiera tiene un contacto (paranormal) claro.

A pesar de lo interesante del guión y su resolución, no es una película apta para los no fans de Kristen Stewart, pues el peso de “Personal shopper” recae totalmente sobre ella que, aunque cada vez más alejada de la saga “Crepúsculo”, sigue conservando esa manera de interpretar basada en unos tics que imagino son su marca personal. El propio Assayas confesó que se le ocurrió contar con Stewart para su siguiente película después de trabajar con ella en “Viaje a Sils Maria”, lo que le hizo pensar que había en la actriz un potencial que él quería explotar.
En definitiva, “Personal shopper” es un buen reflejo del actual mundo contemporáneo, en el que podemos estar infinítamente multi comunicados desde la soledad más absoluta de nuestra sala de estar. Y esto Olivier Assayas lo transmite a la perfección, así que entendemos la necesidad, y la obsesión, del personaje de Maureen de contactar con su hermano fallecido.

VERANO EN BROOKLYN, DE IRA SACHS

El director Ira Sachs, originario de Memphis, consiguió con esta deliciosa e intimista película, arrasar en el Festival de Sundance e incl...