“Inteligencia Artificial” (o AI) es un proyecto largamente acariciado
por Stanley Kubrick desde los años 70 (que incluso llegó a contratar como
guionista al escritor Brian Aldiss, en cuyo relato corto “Los súperjuguetes
duran todo el verano” se basó el guión de la película), en el que involucró en
su momento a Steven Spielberg y que acabó dirigiendo únicamente este último,
haciéndose cargo incluso del guión (era la segunda vez que firmaba un guión,
después del de “Encuentros en la tercera fase”), veinte años después de que
Kubrick le contactara.
Se estrenó en el año 2001 (justo al año en que Kubrick imaginó el futuro
en su clásico) y desde entonces el mundo ha cambiado muchísimo. Era la época
pre-internet, y todavía no existían las redes sociales, ni las plataformas on
line de películas y series, ni todavía se había llevado a la pantalla la obra
“Yo, robot” de Isaac Assimov, ni, por supuesto, nadie había oído hablar de
“Wesworld”.
Así que en el momento de su exhibición, “Inteligencia Artificial” fue
una película muy novedosa, que creó muchas expectativas y mucha leyenda a su
alrededor, y más teniendo en cuenta a
los dos genios involucrados en su gestación.
La película muestra un mundo inundado por el deshielo de los polos, que
el calentamiento global ha provocado, anegando costas y ciudades como Venecia, Amsterdam
o Nueva York. Todo ello ha reducido drásticamente los recursos mundiales y ha
cambiado la forma de vida de los humanos. Uno de los efectos más importante es
que para poder reproducirse, los humanos necesitan permisos de natalidad, que
son muy difíciles de conseguir. Unido a esto, se ha creado una clase de robots
muy avanzada, llamados Mecas, capaces de emular pensamientos y emociones
humanas. La empresa encargada de su fabricación, Cybertronics, ha desarrollado
también un prototipo de Meca niño llamado David que aporta una novedad: es
capaz de amar. Y le proponen a uno de sus trabajadores probar su creación en el
seno de su familia, pues él y su mujer tienen un hijo en animación suspendida
hasta que encuentren cura para la enfermedad que padece. A partir de la llegada
de David al hogar de sus padres adoptivos los acontecimientos se suceden y la
película pasa a combinar el relato de ciencia ficción con la epopeya de un
niño-robot y su mascota (un osito de peluche también robótico) en pos de su
humanidad y el amor de su mami, con continuas y claras referencias al “Pinocchio”
de Carlo Collodi, con Hada Azul incluida y como parte fundamental de la
historia.
A pesar de que en su momento no consiguió una buena recaudación en
taquilla y de que obtuvo algunas críticas bastante negativas. “Inteligencia
Artificial” es una magnífica película en la que se nota la impronta de las dos
personalidades responsables de su filmación, aunque es imposible averiguar cuál
podría haber sido la aportación personal de uno u otro al guión. El propio
Steven Spielberg confesó en una entrevista posterior que muchos críticos se
habían equivocado al asociar giros concretos del guión, o determindas escenas,
o él o a Kubrick. De hecho, “los treinta o cuarenta primeros minutos de la
película están filmados tal cual el guión de Stanley, así como los últimos
veinte minutos. Y también la idea de Teddy, el osito de peluche que acompaña a
David, era de Stanley”. Y la mayoría de los críticos pensaron que eran
aportaciones de Steven Spielberg al guión original, por lo cual acusaron a la
historia de tener pasajes demasiado azucarados o sentimentales, cosa que se
suele atribuir en ocasiones al cine de Spielberg.
Sea como sea, a estas alturas “Inteligencia Artificial” está considerada
ya como un clásico contemporáneo que trasciende la etiqueta de cine de ciencia
ficción o futurista. Es simplemente una buena e interesante historia filmada de
manera soberbia en la que todos los detalles están cuidados en extremo y de una
manera intencionada (algo también habitual en el cine de los dos directores)
con unos efectos digitales espectaculares a cargo de Industrial Light &
Magic, que se ocupó del impecable diseño de los robots de la película. Además,
Spielberg se rodeó de un excelente equipo de profesionales: la experta social
en robótica Cynthia Breazeal como consultora técnica durante el rodaje, Bob
Ringwood fue el diseñador de vestuario y responsable de escenarios como la
Rouge City, y el reputado compositor John Williams creó una de las bandas
sonoras más bellas de los últimos tiempos (aunque también una de sus
composiciones más infravaloradas), llena de matices para acompañar las
vicisitudes por las que atraviesa el protagonista durante el relato.
Mención aparte merece la interpretación de la entonces estrella infantil
Haley Joel Osment. Recién salido de “El sexto sentido” (donde interpreta a otro
niño inquietante), ejecuta aquí un gran trabajo como actor, lleno de
sensibilidad y a la altura de las exigencias de su personaje, para dar vida a
un niño robot que lo único que desea es ser un niño de verdad y que su mamá lo
quiera. Lo acompañan en su aventura Frances O’Connor y Sam Robards como sus
padres (también excelentes) y, sobre todo, Jude Law en el papel del Meca gigoló
Joe. Al igual que hace Osment, Law se transmuta en un auténtico robot que, a
veces, ni parpadea.
Por si todavía no habéis visto la película, y sin ánimo de destripar
giros de guión, sólo comentaré sobre el final que fue otro de los motivos para
las malas críticas por su aparente final feliz made in Hollywood, demasiado
almibarado. Pero, en mi opinión, nada más lejos de la realidad. Creo que es uno
de los finales felices más tristes de la historia del cine.
Como
curiosidad, señalar que es la última gran producción de cine
donde aún se pueden ver las Torres Gemelas del World Trace Center en Nueva
York, incluso en un contexto de dos mil años en el futuro, debido a que su
estreno en Estados Unidos fue el día 26 de junio, dos meses y medio antes de la
destrucción de los edificios causada por los atentados del 11 de septiembre de
2001.

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