Dicen que “Lo
que queda del día” (filme basado en la novela del mismo título de japonés Kazuo
Ishiguro, premio Nobel de Literatura en 2017 y residente en Gran Bretaña desde
los años 60. Por lo tanto, no es de extrañar su alto conocimiento de las
costumbres inglesas) es la mejor película de James Ivory, el más británico de
todos los cineastas estadounidenses (sí, sí, es de la soleada California. Nació
en Berkeley hace 89 años).
Cuando la
estrenó ya había dirigido y triunfado con “Una habitación con vistas”,
“Maurice” y “Regreso a Howards End”. Y con la muchos opinan que es su obra
maestra arrasó en los Globos de Oro y los Oscar del año siguiente, con
candidaturas en varias categorías aunque finalmente no ganó ningún premio. Tan
solo Anthony Hopkins obtuvo el premio BAFTA.
Igualmente,
“Lo que queda del día” fue un éxito de crítica y público y consiguió que el
público se sumergiera por completo en esta melancólica y sutil historia de un amor nunca consumado entre un
mayordomo (Anthony Hopkins) y un ama de llaves (Emma Thompson) en el marco de
una Inglaterra aristocrática y decadente a punto de sumergirse en la segunda
guerra mundial. Emma Thompson y Anthony Hopkins están inmensos. Hay tal identificación
entre personajes e intérpretes que parece que ambos hayan nacido para meterse
en la piel del señor Stevens y la señorita Kenton.
De todas
formas, “Lo que queda del día” no es sólo la historia de un amor no consumado
(incluso no confesado o mostrado). Es mucho más que eso, pues el filme es
también una perfecta radiografía de la alta sociedad británica de la primera
mitad del siglo XX, y también del sistema de clases que se establecía dentro
del personal que estaba al servicio de esa clase pudiente.
La novelista
Ruth Prawer Jhabvala estuvo al frente del guión y consiguió trasladar con
maestría el ritmo excepcional de la novela de Ishiguro al lenguaje
cinematográfico. Quien haya leído el libro comprobará que esa excepcional
narración llena de luces y sombras, de pensamientos no expresados, de miradas
fugaces, de emociones contenidas y también de explosión de sentimientos,
generalmente camuflados bajo la máscara de la educación y corrección social,
aparecen también en la película de James Ivory. De hecho, son su seña de
identidad.
Todo en “Lo
que queda del día” roza la perfección, desde la elección del escenario (el
bellísimo paisaje inglés y la mansión Darlington Hall, realmente un personaje
más de la película), pasando por la fotografía (obra preciosista de Tony
Pierce-Roberts) y el bellísimo diseño de producción (Luciana Arrighi, que
reconstruye dos épocas pasadas diferentes). Incluso la música es un elemento
imprescindible que dota de ritmo y acompaña la peripecia vital del mayordomo
Stevens en busca de su pasado. Es obra de Richard Robbins, un habitual en el
cine de Ivory, que compuso para el filme
una melancólica y evocadora banda sonora, complemento ideal para este magnífico
tapiz que es “Lo que queda del día”.
En cuanto a
los secundarios, James Ivory escogió a grandes actores para pequeños papeles en
los que todos y cada uno de los intérpretes están excepcionales: James Fox
(Lord Darlington, el patético y entrañable anfitrión de la mansión, que se
atreve a aliarse con los nazis antes de la guerra), Christopher Reeve (como el
político nuevo rico americano, práctico y un poco patán, que compra la mansión
una vez acabada la guerra), Hugh Grant (como el sobrino de Lord Darlington) o
Lena Headey (muy popular por “Juego de tronos”, y que aquí interpreta a la
doncella Lizzie), sólo por nombrar algunos del fabuloso elenco de intérpretes.
De todas
formas, después del visionado “Lo que queda del día” es inevitable sentir una
profunda pesadumbre, una nostalgia por un pasado que ya no está, el del señor
Stevens, y que pudo haber sido diferente si hubiera tenido el valor de seguir a
sus sentimientos. En algún lugar he leído: “Hay que hacer algo con el presente
antes de que se transforme en pasado”. No puede ser más verdad.

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