El director Ira Sachs, originario de Memphis, consiguió con esta
deliciosa e intimista película, arrasar en el Festival de Sundance e incluso en
el de San Sebastián en el año 2016. Y sólo hay que verla para entender por qué.
Con una apariencia de film independiente, esta pequeña película, con el título
original de “Little men”, hace un retrato híper realista de una situación que
se sitúa en el Brooklyn del siglo XXI, pero que podría extrapolarse a cualquier
gran capital de nuestro primer mundo: una familia burguesa intelectual venida a
menos, compuesta por un padre, Brian (el siempre solvente Greg Kinnear), una
madre, Kathy (Jennifer Ehle) y su hijo Jake (fantástico y sensible Theo
Taplitz) se trasladan a vivir a una casa
de Brooklyn desde Manahattan debido a que les ha tocado en herencia después del
fallecimiento del padre de Bryan.
En la planta baja del edificio hay una local que también es de su
propiedad y que el padre tenía alquilada a una mujer chilena, Leonor (Paulina
García, excelente y reconocida actriz), que tiene un hijo de la edad de Jake
llamado Tony (interpretado por Michael Barbieri, también excelente), y que
regenta una tienda de ropa en el local. Los problemas surgen cuando los nuevos
inquilinos descubren que Leonor está pagando una renta muy baja por el espacio
y deciden subirle el alquiler tanto que la pobre mujer no puede afrontarlo.
Este hecho creará una serie de fricciones que afectarán de forma definitiva a
la convivencia y, por supuesto, a la relación de los dos adolescentes que se
han convertido rápidamente en inseparables.
El argumento es básicamente éste, pero la magia de “Verano en Brooklyn”
reside en su forma de narrarlo, sencilla y directa, sin artificios y con unos diálogos
inspirados directamente en la cotidianidad. Y, por supuesto, también es
responsabilidad del coguionista de la historia junto al propio Sachs, el
brasileño Mauricio Zacharias, y del director de fotografía Óscar
Durán, que consigue dar a la historia una imagen universal dentro del peculiar
entorno de Brooklyn.
Sin embargo, la película deja un regusto agridulce al hablar de forma
tan directa y realista de temas tan actuales como la gentrificación o el
aburguesamiento de los barrios populares, y, sobre todo, por cómo afrontan los
adultos del film estos temas espinosos, que sirve al fin y al cabo como ejemplo
a sus hijos del funcionamiento del libre mercado de esta sociedad neo liberal
que hemos creado ente todos.






