La última película del neoyorquino Todd Phillips se ha convertido en la
sensación cinematográfica de los últimos meses. Con la excusa de mostrar los
orígenes del personaje de Joker, Phillips (autor también del guion, coescrito
junto a Scott Silver) ha construido un film en el que algunos ven una alegoría
de nuestra sociedad actual, otros un extraño alegato en contra de esa felicidad
vacía que exponemos constantemente en las redes sociales, e incluso los hay que
se han sentido ofendidos porque no han encontrado ni rastro del personaje de DC
Comics que esperaban. Sea como fuere, Phillips está acostumbrado a arrasar con
sus (irreverentes) películas, es el autor de la trilogía “Resacón en Las Vegas”,
y con su no menos irreverentes versión de “Starsky & Hutch”. Y esta vez no
se iba a quedar a la zaga.
Pero, para ser honestos, hay que reconocer que aunque el guion es
excelente, así como la fotografía e incluso la música (a cargo de la chelista
islandesa Hildur Guonadóttir, que ha compuesto una partitura que aporta un
sumamente inquietante ambiente a muchas de las escenas, acorde con el clima
general de la película), “Joker” es Joaquim Phoenix. Así, directamente. Esa
mirada, esa forma de moverse, ese rictus en la boca, esas manos… ¡¡¡esa risa!!!
Sólo él podía hacer un retrato tan personal y tan ambivalente de un personaje
de comic que ha tenido tan diferentes reencarnaciones, y todas tan personales,
a su vez. Pero Joaquim Phoenix va más allá; recoge el histrionismo de Jack
Nicholson y la vulnerabilidad de Heath Ledger y los pasa por un filtro en el
que nos remite a ciertas actitudes del Travis Bickle de “Taxi Driver”, el
Norman Bates de “Psicosis” e incluso del William Foster de “Un día de furia” y,
con el espíritu más danzarín de un Marcel Marceau desatado, reconstruye un
Joker absolutamente inquietante que provoca pena, rechazo, simpatía, miedo, y
no sé cuántas emociones más.
Po otro lado, los personajes secundarios, por llamarlos de alguna
manera, pero esenciales para el desarrollo argumental, hacen un trabajo
absolutamente memorable, empezando por un caracterizado Robert de Niro (en el
papel del egocéntrico Murray Franklin. La escena de su asesinato es
sobrecogedora) y siguiendo con la madre del protagonista, interpretada por
Frances Conroy (que debe su popularidad a “A dos metros bajo tierra”), que
aporta ese grado de desequilibrio emocional que tan bien sabe dar a su
interpretaciones. En menor grado, Zazie Beetz (en el papel de Sophie, la vecina
de Arthur/Joker, con la que tiene una esquizofrénica fantasía) y el televisivo
Brett Cullen (fue uno de los personajes de “Falcon Crest”, allás por los 80),
que pone cara (en sustitución de Alec Baldwin) al padre de Batman, el soberbio
y filantrópico millonario Thomas Wayne. Ambos ofrecen remarcables
interpretaciones en las que brilla el talento.
Además de esta denuncia social que, indudablemente, también está en “Joker” y que tiene muchas conexiones (a pesar de que las historia transcurre a principios de los 80) con nuestro momento actual, Todd Phillips trata de mostrar el origen de la legendaria maldad del Joker y lo consigue, aportando un escalofriante primer encuentro con el que será el futuro Batman, en el film un niño llamado Bruce Wayne, hijo también del que cree que es su propio padre, según la versión que le ha dado su desequilibrada (al principio no sabemos este dato) madre.
Esa escena y el posterior, y ya sabido, asesinato de los padres de
Batman en un callejón son los únicos datos que nos hacen recordar que estamos
asistiendo a una película sobre un personaje de cómic de la factoría DC Comics.
Y esto me parece una virtud, el hecho de construir un relato con tal solidez y
entidad que la historia consigue atraparte por completo, haciéndote olvidar la
abundante, y manida, información que ya manejamos sobre el personaje de Joker.
Muchas voces ya hablan del film como una obra maestra e incluso como un
film de culto. Ya lo veremos, tiene que reposar. De momento me parece una gran
película.

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