El próximo
mes de noviembre de 2018 se cumplirán treinta y dos años de la muerte de la que
fue primera súper modelo norteamericana mucho antes de que existiera el
concepto de top model, tan trillado
hoy día y tan fácilmente aplicado a diestro y siniestro en el mundo de la moda.
Se llamaba
Gia Marie Carangi aunque ha pasado a la historia simplemente como Gia, tal y
como fue conocida también durante su corto reinado como top, antes de que
diferentes patologías asociadas al VIH que padecía acabaran con su vida a la
temprana edad de veintiséis años, en noviembre de 1986.
La película
de la que os voy a hablar narra el auge y caída de esta modelo. “Gia” se estrenó
en el canal de televisión por cable HBO en 1998, a los doce años de su muerte,
es decir, cuando toda su historia estaba aún muy reciente y la mayoría de sus
coetáneos, por no decir todos, tenían fresca su memoria. Porque,
independientemente de su valor como modelo (que lo tenía, y mucho), parece ser
que Gia dejó un gran recuerdo como persona en la gente que la trató.
En el filme
se dan cita algunos nombres muy conocidos actualmente que en aquel momento eran
valores en alza. Para empezar está dirigida por el guionista, director y actor
Michael Cristofer (que contaba ya con un premio Pullitzer y un Tony por su obra
“The Shadow Box”, representada en Broadway en 1977), muy popular últimamente
por ser uno de los actores de las series “Mr. Robot” y “Ray Donovan”, en ambas
interpretando roles importantes. “Gia” fue su segunda película como director,
así como la segunda que rodaba para televisión. Además, el director de
fotografía fue Rodrigo García, hijo del insigne Gabriel García Márquez y
actualmente gran director de cine, con títulos en su haber como “Cosas que
dirías con solo mirarla”, “Nueve vidas” o “Passengers”. Una de las co
protagonistas de “Gia” es la actriz Elizabeth Mitchell, la que fuera la doctora
Juliet Burke en la celebérrima serie “Perdidos”. Y, por supuesto, no podemos
olvidar a la protagonista absoluta de la cinta, la actriz Angelina Jolie, en un
rol que le iba como anillo al dedo por su carácter rebelde y extremo, un poco
como la auténtica Gia. Para Jolie éste fue su primer papel importante y
realmente la catapultó a la fama, recibiendo premios como el Globo de Oro y el
Premio del Sindicato de Actores a la Mejor Actriz de Televisión. Era la época
de la Angelina Jolie de estética gótica y oscuro físico lleno de tatuajes, a
años luz de su perfecta imagen de amante esposa y madre de familia numerosa, y
actriz perfecta embajadora de causas humanitarias por todo el mundo.
Sin embargo,
y a pesar de las buenas críticas recibidas en su momento, un gran número de los
conocidos de la auténtica Gia, y también de su numerosa legión de fans, no
estuvo de acuerdo con la historia que narraba la película y, sobre todo, con
cómo la contaba. Y menos con la imagen que se dio de su protagonista, demasiado
simplista y plana, que presentaba a la modelo como una especie de chica
desequilibrada y agresiva que lo único que buscaba en la vida era que la
quisieran y la aceptaran. Seguramente haya algo de cierto en esos hechos que
nos narra “Gia” durante algo más de dos horas. Pero lo que también parece que
es verdad es que la auténtica Gia Carangi tuvo una personalidad poliédrica
llena de facetas que la convertían en alguien fascinante cuando entrabas en su
órbita.
Diferente a
las modelos que estaban de moda cuando ella apareció en escena en Nueva York en
1977 de mano de la agencia Wilhelmina (dirigida por la ex modelo de origen
alemán Wilhelmina Cooper, interpretada en la película por Faye Dunaway), las
típicas rubias californianas imagen de salud y white power, Gia aportó una belleza castaña y mediterránea, fruto
de la sangre galesa, irlandesa e italiana que corría por su venas, que
proyectaba sexualidad y provocación sin proponérselo. En realidad fue la más
grande de las tops de finales de los años 70 siendo la más anti modelo de
todas. Y eso que el Nueva York de esa época era un hervidero de creatividad,
libertad y sexo que daba rienda suelta a todas esas ganas de vivir y disfrutar
del hedonismo en locales como Studio 54 y Mudd Club, los templos de la beautiful people de la época y en los
que Gia se inició en los que finalmente sería su perdición, la cocaína y la
heroína.
Pero antes de
que llegara su decadencia ya entrados los años 80, Gia tuvo tiempo de trabajar
para todas las grandes firmas de alta costura, aparecer en la portada de todas
las revistas imprescindibles del momento y ser fotografiada por auténticos
tótems de la fotografía de moda, como Richard Avedon, Francesco Scavullo,
Oliviero Toscani, Arthur Elgort o Chris Von Wangenheim, sólo por nombrar
algunos. Muchos de ellos se convirtieron en sus amigos personales y la escogían
como protagonista de sus reportajes y campañas por su modo de posar creativo y
salvaje, absolutamente desinhibido y camaleónico. Según la opinión de grandes
expertos, Gia tenía un carisma y una creatividad que no se había visto hasta
entonces en una modelo, pues más que posar se podía decir que interpretaba a un
personaje diferente en cada sesión de fotos. Muchos opinan que de haber seguido
viva, su marcada personalidad la habría convertido en una gran poetisa, actriz
o directora de cine. El mundo de la moda era demasiado encorsetado para ese
carácter inquieto y torturado.

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