Antes de nada, debo confesar que soy un gran admirador del clásico de la
literatura “El Principito” de Antoine de Saint-Exupery. Es uno de esos libros
que forma parte de mis imprescindibles y siempre hay un ejemplar (tengo varias
ediciones) en mi mesilla de noche. Lo releo continuamente y siempre descubro y
aprendo algo nuevo. Así que cualquier adaptación que se haga de él ya tiene mi
simpatía y admiración, porque considero que es una obra muy difícil de adaptar
al cine. Está plagado de simbología y esos oníricos escenarios que tan bien
describe Saint-Exupery pueden resultar demasiado artificiosos o irreales
plasmados en celuloide. Casi los veo más adecuados para los escenarios
teatrales. Pero sea como sea, cualquier acercamiento (y más si es creativo) a
este inmortal libro me parece que ayuda a la difusión de su mensaje y,
seguramente, despertará el interés por conocer la obra original que lo inspiró.
Concretamente, esta adaptación al cine de 1974 es obra del director y
productor Stanley Donen, reconocidísimo autor hollywoodiense responsable de
clásicos musicales como “Un día en Nueva York”, “Cantando bajo la lluvia”,
“Siete novias para siete hermanos” o “Una cara con ángel”. Y también director
de una de mis películas favoritas y, en mi opinión, de una de las disecciones
más certeras y realistas de la pareja, como es “Dos en la carretera”.
Pero vayamos a lo que nos ocupa. Esta adaptación de “El Principito” fue
producida y dirigida por Donen y es un musical, con lo cual se riza el rizo de
la dificultad y se compran más boletos para la rifa de los fracasos en
taquilla. Y eso fue lo que sucedió, a pesar de que el director se rodeó de un
gran equipo de profesionales: Alan Jay Lerner (se ocupó del guión y las letras
de las canciones), Frederick Loewe (responsable de la música) y también de un
eficiente elenco de actores para el reparto, entre los que se cuentan el genial
Gene Wilder y Bob Fosse, interpretando al zorro y la serpiente respectivamente.
Como dato curioso, señalar que el propio Bob Fosse (director de “Cabaret”, otro
musical mítico) coreografió su número de baile personalmente. Para los
personajes protagonistas del piloto y el pequeño principito, Stanley Donen
eligió a Richard Kiley (un curtido actor norteamericano de teatro y cine famoso
por haber sido Don Quijote en “El hombre de la Mancha”, en 1965 en Broadway) y
al niño británico de ocho años Steven Warner, que venía de la publicidad y
actualmente combina su trabajo como actor con el de técnico en efectos
especiales.
Para los y las que esperen encontrar una fiel adaptación del libro, esta
película será una decepción. Es, ni más ni menos, que una adaptación de una
historia a cargo de un gran director que pretende dar su versión más o menos
fiel de un libro muy popular en todo el mundo y que ha inspirado a millones de
personas. Por lo que el listón está muy alto. Y tampoco gustará a quien no sea
amante de los musicales, ese género para el que no hay término medio; o lo amas
o lo odias.
Como en toda adaptación, “El Pequeño Príncipe” no es fiel al cien por
cien al libro, pero eso también es parte de su encanto. De hecho, creo que
Stanley Donen y Alan Jay Lerner crearon su propia versión de “El Principito”
intentando ser lo más fieles posible al espíritu y el mensaje del clásico
original. Y pienso que lo consiguieron. Hay que recordar la época en la que fue
rodada, 1974, y pensar que los efectos especiales en aquella época no tienen
nada que ver con los actuales. Pero, insisto, estos detalles inspiran más
ternura que rechazo y se puede adivinar que Stanley Donen era una gran
admirador de la obra literaria y del personaje. Yo considero que la película es
su sincero homenaje a ese universo ingenuo de Saint-Exupery, al que tanto
contribuyen sus sencillos dibujos, que aparecen continuamente a lo largo del
filme.
A pesar de todo ello, la película “El Pequeño Príncipe” está considerada
una obra menor de Stanley Donen, un musical que no aporte nada al género y una
mala adaptación del clásico escrito en 1943, con el que se toma demasiadas
licencias según algunas críticas.
Sin embargo, yo creo que cualquier obra inspirada por el pequeño
habitante del asteroide B612 es una nueva oportunidad para sumergirnos en su
particular universo y reflexionar sobre los temas trascendentales que “El
Principito” toca de una manera tan especial.

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