martes, 25 de febrero de 2020

J.EDGAR, DE CLINT EASTWOOD


Clint Eastwood decidió con esta película, estrenada en el año 2011, mostrar el lado humano de uno de los personajes más controvertidos de la reciente historia política de los Estados Unidos. Se trata de J. Edgar Hoover, presidente de la Oficina Federal de Investigación (FBI) desde 1924 hasta su fallecimiento en 1972. Gracias a este puesto fue el hombre más poderoso del país durante todo el tiempo que estuvo en su cargo, y tuvo que enfrentarse a tres guerras y ocho presidentes diferentes, uno de los cuales quiso destituirlo sin lograrlo finalmente.


Realmente, Eastwood eligió una ardua tarea porque pocas cosas buenas se pueden decir de este personaje, que ya en sus tiempos de instituto se postulaba durante los debates de clase en contra del sufragio femenino o de la abolición de la pena de muerte. J. Edgar Hoover se graduó en Derecho y antes de pasar a formar parte del Departamento de Justicia trabajó en la Biblioteca del Congreso, lo que le ayudaría posteriormente a la implantación de fichas de perfiles en el FBI.
Independientemente de la rigurosidad en su trabajo (era riguroso, pero absolutamente parcial, nada de cotejar la información recabada), Hoover basó su metodología de trabajo en una máxima a la que fue fiel toda su vida: la información es poder. Así que cuando fue nombrado director del FBI por el presidente Calvin Coolidge, con tan solo 29 años, y para reformar la organización, a la que se consideraba un foco de corrupción, Hoover dio un giro a la forma de trabajo de Inteligencia y se rodeó de subordinados fieles, empezando por Helen Gandy (su mecanógrafa personal y persona de confianza absoluta durante 45 años) y otros agentes profesionalizados, muchos de los cuales eran contables, asesores legales o científicos. Mención aparte merece uno de ellos, Clyde Tolson, director asociado del FBI, mano derecha de Hoover y, según algunas evidencias de las que Eastwood se hace eco, su pareja sentimental.
Se pasó los diez primeros años de su mandato luchando contra el crimen organizado, los gángsters y la mafia italiana durante la Ley Seca. Pero su organización empezó a mostrar su verdadera cara en la llamada caza de brujas conocida como Macarthismo, una auténtica persecución de los comunistas de Estados Unidos en todos los ámbitos sociales.
A partir de ese momento, Hoover ya no tuvo límite y, junto con su equipo se pasó todo su mandato recopilando información absolutamente personal (por no decir sentimental y sexual) de todo tipo de personalidades, de presidentes de gobierno a deportistas, pasando por políticos, artistas o científicos. A Hoover le daba absolutamente igual quién fuera y llegó a poseer un archivo lleno de datos y grabaciones privadas de personalidades como Albert Einstein, Marilyn Monroe, los Kennedy, Pablo Picasso, John Lennon, Elvis Presley o Lucille Ball. Sólo por nombrar algunos, porque la lista es interminable. Porque, como siempre repitió a sus subordinados, la información es poder. Y Hoover hizo un uso continuado e ilegal de toda esa información privada para limpiar el país de cualquier atisbo de ideas de izquierda o de comunismo, su gran e insana obsesión.
Algo de todo esto se ve en “J. Edgar”, pero la película de Eastwood no es un documental histórico ni una película de denuncia. Es un biopoc en el que se trata de mostrar el lado humano que hay detrás de uno de los personajes más odiados y manipuladores de la historia contemporánea de Estados Unidos. Y esta labor recae en Leonardo Di Caprio que compone un personaje creíble (incluso en su madurez, bajo las capas de los kilos de maquillaje que lo caracterizan como hombre mayor) que se hace más y más antipático conforme avanza el filme. A su lado está un gran Naomi Watts en el papel de su asistente Helen Gandy (gran labor de interpretación, sobre todo en la Gandy madura) y Armie Hammer como Clyde Tolson (su personaje maduro parece más bien sacado del casting de “The walking dead”). Mención aparte merece Judy Dench como la madre de Hoover. Está soberbia en el papel de esta matriarca controladora e implacable.
Pero si algo le reprocho a “J. Edgar”, correcta en su ritmo, ambientación y fotografía, es que se centra demasiado en quizá tratar de justificar a Hoover mostrando sus debilidades personales y su lucha por reprimir una homosexualidad que no está confirmada aunque hay bastante evidencia histórica. Esto despista del auténtico legado de Hoover, un hombre corrupto que dejó páginas en la historia tan oscuras como la creación del programa COINTELPRO (desarrollado entre 1956 y 1971), que consistía en acciones encubiertas, legales o no, destinadas a infiltrarse, vigilar y desacreditar organizaciones políticas de izquierdas, partidarias de los derechos civiles o contrarias a la guerra de Vietnam. Este programa permitió a Hoover y sus agentes del FBI irrumpir en organizaciones (como el Partido Pantera Negra) usando la infiltración, la amenaza o la violencia. De hecho, se sospecha que Hoover tuvo que ver en el asesinato de Martin Luther King. Y también entorpeció las investigaciones de los asesinatos de los hermanos Kennedy.
Sinceramente, Sr. Eastwood, ante semejante currículo, ¿qué demonios me importa a mí con quién se besaba J. Edgar Hoover?

THE VISITOR, DE THOMAS McCARTHY


Esta pequeña película pasó por nuestras pantallas hace ya algunos años dejando tras de sí una estela de buenas críticas y un regusto agridulce en todos aquellos que la pudimos ver y descubrimos una de aquellas joyitas que de vez en cuando se estrenan comercialmente sin mucho bombo, pero que cuando sales del cine te sientes profundamente conmovido y con la sensación de haber participado de un trozo de la vida más que de una ficción.
“The Visitor” (su título no se tradujo, gracias a los dioses, y se distribuyó con el original, ya sugerente de por sí aunque no conozcas el idioma) es obra del director Thomas McCarthy (la ganadora del Oscar a la mejor película en 2015, “Spotlight”, también es suya), que ya nos tiene acostumbrados a un cine que va más allá del mero entretenimiento.


La historia empieza cuando Walter Vale, un profesor de la universidad de Connecticut (interpretado por Richard Jenkins, que recibió una nominación al Oscar, y que gracias a la serie de culto “A dos metros bajo tierra” ya tenía una reputación) se ve obligado a trasladarse a Nueva York para presentar un trabajo académico del que es coautor. De este personaje deducimos, a través de pequeños detalles de la interpretación de Jenkins (de esas en las que las miradas y los gestos son tan importantes como los diálogos), que es un profesor veterano y acomodado, ya viudo, al que no le apetece demasiado cualquier novedad que le obligue a salir de la zona de confort en la que su vida está instalada. Por lo que suponemos que ese viaje a la gran manzana, que inicia completamente desganado, va a significar algo más que un trámite académico.
Y así es. Nada más poner un pie dentro de su piso de Manhattan se encuentra a una chica dándose un baño en su bañera, que se pone a gritar al verle y llama a otra persona que también está en su piso y acude en ayuda de la chica. Tremendo susto para los dos, y además gran sorpresa para el profesor, que no entiende qué es lo que sucede y por qué están aquellas dos personas en su apartamento. Los visitantes a los que alude el título de la película, aunque también se podría interpretar que él es el visitante de la nueva aventura que se abre ante sí, son Tarek (Haz Sleiman), un músico sirio; y Zainab (Danai Jekesai Gurira), una artesana de joyas senegalesa, que están en su casa porque alguien les ha arrendado el apartamento haciéndose pasar por el dueño.
El primer impulso del profesor Vale es simplemente echarlos de su casa sin ir más allá, pero algo en su interior hace que cambie de idea. Así que les convence para que regresen y se queden allí al menos por esa noche, hasta que encuentren un lugar en el que vivir.
A partir de este momento empieza un viaje iniciático, y de autodescubrimiento, para el profesor, que se implica emocionalmente con esa pareja de inmigrantes sin papeles pero que no viven en el mundo de la marginación; son artistas, cultos, y no quieren tener ni causar problemas.
Este contexto le sirve a McCarthy para construir una historia humana y real, en la que se pone de manifiesto la injusticia de la vida de muchos indocumentados que llegan a un lugar dispuestos a ofrecer y a construir una nueva vida, y que por la estúpida burocracia del país de acogida se ven obligados a vivir en continua huida y con los sentidos siempre alerta.
Además, asistimos al florecimiento del cansado profesor que ve como su vida plana y aburrida se vuelve a llenar de ilusión y música (literalmente) gracias a esos dos extraños que le despiertan de su letargo enfrentándole a una realidad que le era completamente ajena, y que le seduce y rebela.
Pero lo curioso de “The visitor” es que, a pesar de que más o menos imagines por dónde va a ir el relato, te sorprende durante el viaje que la película describe. Y eso hay que agradecérselo, además de al guión, al trabajo excelente de unos actores que, sin excepción, desarrollan unas interpretaciones llenas de sutilidad y matices, por otro lado necesarias para plasmar con veracidad una realidad que también es así.
A destacar el trabajo de la actriz y directora Hiam Abbass en el papel de Mouna, la madre de Tarek, que compone, al igual que el resto, un personaje cautivador, fuerte y tierno a la vez. La puntilla definitiva para que Walter Vale vuelva a la vida definitivamente.
Un spoiler, la película no tiene un final feliz y reconfortante, pero cinematográficamente hablando es un final perfecto y de un realismo aplastante. Esto no es Hollywood, es la vida.

EL LAGO AZUL, DE RANDAL KLEISER

Esta película está indisolublemente unida a importantes recuerdos de mi adolescencia, cuando en casa de mis padres se compró nuestro primer aparato reproductor de VHS y alquilamos nuestras dos primeras películas en un videoclub (benditos negocios proporcionadores de sueños. Pasaron a ser mi segunda fuente de evasión y fantasía, después de las bibliotecas). Y esas películas fueron “Grease” (1978)  y “El lago azul” (1979). La casualidad quiso que, sin saberlo, mis hermanas y yo alquiláramos dos clásicos del cine juvenil de finales de los años 70 y principios de los 80 del pasado siglo, y que además habían sido dirigidas por el mismo director, Randal Kleiser.


“El lago azul” está basada en una novela de Henry De Vere Stacpoole (un escritor irlandés que falleció en 1951 y había publicado la novela del mismo título en 1908) que ya había tenido su correspondiente adaptación cinematográfica en 1948, protagonizada por Jean Simmons. Pero aquella película pasó sin pena ni gloria y muchos dicen que es una nada inspirada adaptación a cargo de Frank Launder, que no consiguió plasmar en la pantalla todo el potencial que ofrecía el material literario.
Para el director norteamericano Randal Kleiser “El lago azul”, al contrario que “Grease”, no fue una película de encargo, sino un viejo sueño de su primera juventud, cuando era un joven director procedente de una universidad de cine de California que hacía películas para la televisión. Eso sí, dotadas de cierta sensibilidad e intimismo. Precisamente fue el gran éxito comercial de “Grease” (adaptación para la pantalla del musical de Broadway que se sigue respresentando ininterrumpidamente desde su estreno en algún lugar del planeta) el que permitió a Randal Kleiser cumplir su sueño de rodar “El lago azul” como él siempre había imaginado, en sus escenarios naturales.
El lugar elegido fueron las islas  Nanuya Levu y White Turtle Island, pertenecientes al archipiélago de Fiji, y hasta allí se desplazó todo un equipo de filmación, formado mayormente por profesionales australianos, jóvenes y llenos de la energía que requería llevar a la pantalla esta historia de amor y evasión tal y como la novela la describía.
Contó además con la ayuda del gran director catalán de fotografía Néstor Almendros (cotizadísimo y premiado en Hollywood, con títulos en su haber como “Días del cielo”, “Kramer contra Kramer” o “La decisión de Sophie”), con el que Kleiser tenía enormes deseos de trabajar, y con dos excepcionales operadores de cámara, como son Vincent Monton y Ron Taylor, éste último experto también  en fotografía submarina. Incido en esta parte del equipo de filmación porque gran parte del encanto, y el éxito, de “El lago azul” radica en su preciosa fotografía y en el modo en que son presentados los impresionantes paisajes y las imágenes subacuáticas.
Durante meses, tanto el equipo como los actores vivieron en condiciones muy similares a los protagonistas de la película (con algo más de ropa, me imagino) y se sacó el máximo partido de los recursos de la isla. Se aprovecharon los escenarios naturales y se construyeron las chozas y cabañas tal y como aparecen en el filme, rodando las escenas sin usar efectos especiales.
Néstor Almendros y Randal Kleiser visionaron juntos antiguas películas de aventuras en Technicolor para documentarse y el director de fotografía se inspiró en los lienzos de algunos de los grandes maestros de la pintura para la fotografía de los impresionantes paisajes naturales del Pacífico (inspirada en los cuadros de Gauguin) y para el uso de las luces y las sombras (inspirado en los trabajos de Vermeer y La Tour). En una entrevista, Almendros confesó que también se fijó en Rembrandt y Caravaggio para filmar los claroscuros de la película y en Manet y los impresionistas para los exteriores de día. Y que incluso se tuvieron en cuenta las antiguas películas de Esther Williams como posible punto de partida para las escenas submarinas. Todo un trabajo de documentación.
El resultado fue una película con una luz y unos colores que invitan a soñar y a sumergirte en la ingenua historia de amor de Brooke Shields (catapultada directamente como ídolo juvenil de la época y amor platónico de los adolescentes de entonces) y Christopher Atkins (un actor nobel que no hizo después nada remarcable) en esos parajes paradisíacos mecidos por las olas de Pacífico y la evocadora banda sonora del compositor de origen griego Basil Poledouris.
Como curiosidad, comentar que la fauna y la flora que aparece en la película incluye animales de distintos continentes. Incluso hubo un herpetólogo (rama de la zoología que estudia reptiles y anfibios), John Gibbons, que descubrió al ver la película una especie de iguana hasta entonces desconocida para la ciencia: la Brachylophus vitiensis. Viajó a la isla en la que se filmaron las iguanas para confirmarlo y así lo hizo, dando a conocer la nueva especie en 1981.

LA MALA SEMILLA, DE MELVIN LEROY


Hay una larga tradición de películas sobre niños malvados: “Los niños del maíz”, “El pueblo de los malditos”, “La profecía”, o más recientemente “El buen hijo” o “La huérfana”, por nombrar algunas. Dentro del cine patrio hay una cinta que a mí me gusta especialmente, y es “¿Quién puede matar a un niño?, dirigida por Narciso Ibáñez Serrador en 1976, y en la que unos turistas ingleses llegan a un pueblo de España en la que los niños parecen haberse vuelto locos y matan a todos los adultos que pisan el pueblo.
Y acabo el párrafo precisamente con el título de Ibáñez Serrador porque esa es la pregunta que te planteas después de visionar este pequeño clásico de terror de los años cincuenta que es “La mala semilla”, dirigida por el gran Melvin LeRoy (director de otros clásicos como “El puente de Waterloo”, “Niebla en el pasado” o “Mujercitas”) en 1956.


Para ver “La mala semilla” con buen talante hay que tener en cuenta el contexto histórico y social en el que fue rodada: la blanca y puritana Norteamérica de finales de los años 50; y también que, a pesar de ser una obra de autor, no deja de ser una producción de los grandes estudios de Hollywood (en este caso Warner Bros), que siempre imponían una moral determinada a sus películas.
Teniendo en cuenta estos factores, y a pesar de ello, hay algo interesante en “La mala semilla”, que es más una película psicológica que efectista. El terror en este caso está en lo que no se ve, pero se cuenta.
La protagonista absoluta es la mala semilla a la que hace referencia el título, Rhoda Penmark (interpretada por Patty McCormack, que estuvo nominada al Óscar) que al principio de la película se nos presenta como una niña modélica, rubia y con trenzas (con una estética a lo Pollyanna, aunque a mí me recuerda más a otra insigne malvada, Baby Jane Hudson) que vive en un idílico hogar situado en una apacible y pequeña localidad norteamericana, con sus idílicos mamá y papá, Christine y Kenneth (interpretados por Nancy Kelly, también nominada al Óscar, y William Hopper), que son el prototipo de familia de clase media-alta de la Norteamérica del momento. Hasta aquí todo bien, aunque tanta perfección chirria. La niña es tan perfecta y tan buena que se pasa, y resulta repipi e inquietante, porque piensas que tanta perfección no es normal. Y así es: la pequeña y perfecta Rhoda esconde en su interior a una psicópata fría y calculadora capaz de los crímenes más despiadados sólo por conseguir sus objetivos, bien sea una bola de cristal que es un objeto decorativo de una antigua vecina, o la medalla de premio a la mejor redacción que le han dado a un niño de su clase. A Rhoda no se le pone nadie por delante.
Sin embargo, LeRoy va más allá y trata de añadir implicaciones al relato, entroncándolo con teorías de psicoanálisis. Y aquí es donde “La mala semilla” se desmarca un poco de otras películas de su mismo género, porque plantea si hay un componente genético ineludible a la hora de analizar la maldad de una persona, en este caso de una niña. Esta aportación la realiza el personaje del padre de Christine (interpretado por Paul Fix), un escritor especializado en crímenes que muchos años atrás investigo el caso de una famosa asesina psicópata. Es entonces cuando su hija le cuenta que tiene una pesadilla recurrente desde la infancia, ante la cual el padre le hace una confesión que, en teoría, nos hace atar cabos y darle una explicación al comportamiento y los actos de la pequeña y despiadada Rhoda.
“La mala semilla” puede parecer una película ingenua y con fallos importantes en su guión, pero esto es precisamente parte de su encanto. A pesar de la sobreactuación de algunas interpretaciones (en mi opinión la de la madre de Rhoda, demasiado teatral) y de ciertos elementos que aparecen un poco forzados  y demasiado evidentes (como los diálogos del personaje secundario pero fundamental que es el peón de mantenimiento del edificio en el que vive la familia, interpretado por Henry Jones), la película es un ejercicio interesante con reminiscencias a la obra teatral (de Maxwell Anderson) en la que está basado el guión (genial el guiño de los créditos finales) y que cuenta con una espléndida fotografía en blanco y negro a cargo de Harold G. Rosson (recordado por ser director de fotografía de grandes clásicos hollywoodienses, entre ellos “El mago de Oz”, “Duelo al sol” o “Cantando bajo la lluvia”).
El final, demoledor. Pero imprescindible para la moral de la época, cuando el cine tenía una función de propaganda de ideales de todo tipo, y sobre todo políticos y morales, disfrazados de entretenimiento.

ÚLTIMOS DÍAS EN EL DESIERTO, DE RODRIGO GARCÍA


A veces, ocurren cosas incomprensibles en el mundo del espectáculo. Más concretamente en el de los estrenos cinematográficos. Y con “Últimos días en el desierto (Una historia del Nuevo Testamento)” ha sucedido algo así: estuvo tan poco tiempo en cartel en nuestro país que pasó sin pena ni gloria por nuestras pantallas. Por lo que yo creo que merece la pena que hablemos de ella.
Para comenzar, diremos que ésta es la última película del colombiano Rodrigo García (hijo del genial escritor Gabriel García Márquez y director de cintas como “Cosas que dirías con solo mirarla” o “Nueve vidas”, entre otras. Anteriormente había dirigido algunos episodios de series hoy de culto como “Los Soprano” o “A dos metros bajo tierra”). Se estrenó en el año 2015 y hasta la fecha es el último acercamiento cinematográfico a esa interesante y controvertida figura que es Jesucristo.


Rodrigo García ya nos lo deja claro en el título. Su película no es un biopic de Jesús, sino que nos va a relatar esos cuarenta días que el Hijo de Dios hecho Hombre pasó en el desierto lleno de dudas y buscando respuestas; en definitiva preparándose para la descomunal misión para la que estaba destinado inevitablemente….o no.
Bajo los rasgos de un muy convincente Ewan McGregor (genial ese elección de casting en el que Jesús tiene el rostro del protagonista de Trainspotting. No se me ocurre mejor forma de hacer terrenal al hijo de Dios), Rodrigo García nos propone su particular visión de esos días en los que, según relata el Nuevo Testamento, Jesús estuvo vagando por el desierto clamando respuestas al cielo y soportando las diferentes tentaciones a las que el diablo le sometió, proponiéndole escapar a ese final al que estaba destinado ya desde su concepción.
Pero, a pesar del tema y lo trillado de la historia, “Últimos días en el desierto” no es una película comercial ni para el gran público. Es un film para aquellos que están interesados en la figura de Jesucristo, y aun así con pegas, porque este Jesús que nos presenta Rodrigo García no tiene nada que ver con el de Mel Gibson, ni tan siquiera con el de Scorsese (aunque a este último nos pueda remitir en cierta manera, sobre todo en su componente humano, como contraposición a lo divino).
La película de Rodrigo García es una película para paladear con tiempo y con ganas, ganas de sumergirse en ese desierto inmenso en el que un Jesús que no tiene nada de divino vaga a veces cansado, otras desesperado,… pareciera que intentando averiguar por qué está dónde está.
Lo mejor es enfrentarse al filme libres de prejuicios (sea cual sea nuestra fé o nuestra creencia) y con la mente abierta dispuestos a emprender un viaje espiritual lleno de paisajes inconmensurables y áridos, y silencios que se podrían describir con los mismos adjetivos. Todo ellos salpicado de diálogos que parecen pequeñas enseñanzas. Sin olvidar, por supuesto, la banda sonora firmada por los músicos Danny Bensi y Saunder Jurriaans, de gran belleza y complemento ideal para la angustia vital de Jesús en el desierto.
Un momento a destacar en el guión es el encuentro del protagonista con una familia formada por un padre, una madre enferma y un hijo que quiere escapar de ese entorno para conocer otro mundo. Toda una metáfora. Y, sobre todo, el recurso que ha elegido Rodrigo García de hacer que el diablo sea un desdoblamiento del mismo Jesús, con sus mismos rasgos. Dentro de nuestra cultura contemporánea me parece una elección acertadísima y mucho más efectiva que lo que hemos visto en otras adaptaciones de esta historia.
Y, como remate, la escena final. Excelente y creativo recurso del director para traer la historia que nos acaba de contar a nuestros días.

CINDERELLA, DE KENNETH BRANAGH


He tenido la oportunidad de ver “Cinderella”, la adaptación que Disney encargó a Kenneth Branagh en 2015 de su clásico animado de 1950 “La Cenicienta”; según se dice, el favorito de Walt Disney y uno de sus filmes más populares, y no sólo porque evitó la quiebra del estudio de animación, que en aquellos momentos tenía una gran deuda económica.
Tengo que reconocer que lo he hecho un poco desganado por la avalancha de publicidad y merchandising que en su día generó la película, pero gente de confianza me recomendó que la visionara y así lo hice. Y, por otra parte, también existía el aliciente de que los protagonistas son Cate Blanchett (en el papel de la madrastra), Llily James (a la que hemos podido ver en “Downtown Abbey”) y Richard Madden (el desgraciado rey Robb Stark de la archipopular “Juego de Tronos”). Y, por qué no reconocerlo, el filme de dibujos animados me parece uno de los más elegantes y deliciosos de Disney en cuanto a su animación se refiere. Y también por la oportunidad de poder disfrutar de los maravillosos fondos que la gran Mary Blair (fantástica diseñadora de arte, co- responsable del look de otros clásicos como “Alicia en el país de las maravillas” y “Peter Pan”) imaginó para esa Cenicienta contemporánea.


Ya al principio de la película me quedó claro que la adaptación de Branagh estaba basada en el filme de Disney (incluso los pajaritos y los ratones de Disney tienen aquí un papel importante)  y no en el cuento original de Charles Perrault o los hermanos Grimm, a pesar de la acción y la estética de la película se alejan del look de lso años 50 y se sitúan en algún momento indeterminado del siglo XIX (hay otras películas que sí han tomado como base el cuento clásico, como “La zapatilla y la rosa: la historia de Cenicienta”, filme británico de 1976 protagonizado por Richard Chamberlain). Una vez teniendo claro esto, y sin esperar demasiadas sorpresas disfruto de una película de facturación impecable, que se aleja de los escenarios de cartón piedra y en la que todos los detalles están cuidados con mimo.
Da la impresión de que Kenneth Branagh ha querido hacer una película seria y una correcta adpatación, y yo creo que lo ha conseguido. Lily James consigue recrear una Cenicienta moderna, romántica y fuerte a la vez. El Príncipe Azul (con el rostro de Richard Madden) sigue siendo tan poco carismático y dando tan poco juego como en la película animada, aunque aquí un poquito menos, la verdad. Su papel tampoco permite excesos interpretativos, no seamos crueles.
El plato fuerte está en los “secundarios” de lujo con los que cuenta “Cinderella”: Cate Blanchett (su interpretación en ocasiones contenida, y en otros puro histrionismo es excelente…y terrorífica. Luce bella con cierta estética que remite a las divas del cine de Hollywood de los años cuarente), Helena Bonham Carter (su Hada Madrina es la gran diferencia con el filme animado y la actriz británica es la encargada de dar el toque tierno y humorístico a la película, con su creación de un Hada tan despistada y simpática como la original, pero con una estética muy diferente), el gran actor sueco Stellan Skarsgard (su Gran Duque también es un poquito diferente del de los dibujos, da un poquitín más de miedo, por decirlo de alguna manera) y el mítico Derek Jacobi (en el papel del Rey. Fantástico. Dan ganas de tenerlo como padre). Mención aparte merecen Holliday Grainger y Sophie McShera, actrices desconocidas para el gran público para que hacen una excelente interpretación de Anastasia y Drizella, las envidiosas, intrigantes y cómicas (a su pesar) hermanastras de Cenicienta.
Todos ellos son piezas de un grandísimo puzzle que en conjunto resulta muy agradable porque consigue remitirnos al maravilloso mundo de los cuentos de hadas hechos realidad, y más con la preciosa banda sonora de Patrick Doyle, perfecto complemento de las imágenes
Detaco dos escenas: la del mágico momento de la transformación de la calabaza y los animales en la carroza y los lacayos de Cenicienta; y la del baile en el palacio real, al ritmo del Vals del Amor de Doyle. Lo dicho, para volver a la infancia sin complejos.

martes, 4 de febrero de 2020

LA NOCHE QUE NO ACABA, DE ISAKI LACUESTA


Éste es un título que le va como anillo al dedo a la protagonista del documental que nos ocupa, rodado por el director catalán Isaki Lacuesta en el año 2010. Se trata de Ava Gardner y todos los que la conocieron o la trataron destacan en ella el gusto por las juergas nocturnas que la convirtieron en una habitual de la noche canalla madrileña de mediados de los 50/60.
Ava Gardner no había salido nunca de su Estados Unidos natal (aunque ya era toda una estrella de Hollywood) cuando desembarcó en Tossa de Mar para rodar "Pandora y el holandés errante" (Albert Lewin, 1951). Según ella misma confesó, de todas las películas que rodó ésta fue la que cambió su vida. En el pequeño pueblo pesquero de la Costa Brava catalana Ava se sintió como pez en el agua y se identificó con la oprimida (aunque vital) sociedad española de entonces. No fue hasta 1955 que la actriz se instaló definitivamente en España, concretamente en Madrid, primero en una casa en La Moraleja, y después trasladándose a la capital, al barrio residencial de El Viso (Chamartín), donde tuvo como vecino al general Juan Domingo Perón, que la denuncio en varias ocasiones por lo ruidosas que eran sus fiestas.


Esta azarosa etapa de su vida la recogió en su momento Marcos Ordóñez en su libro "Beberse la vida. Ava Gardner en España" (Ed.Aguilar, 2004) y es la que ha inspirado a Lacuesta para rodar su documental, que partiendo de la llegada del equipo de "Pandora" al tranquilo Tossa de Mar, inicia el periplo vital de Ava Gardner a su paso por nuestro país. Sirviéndose de los diálogos de algunas de las películas de la actriz americana (entre ellas "La condesa desclaza", que tiene curiosas similitudes con la vida real de Ava Gardner) el director establece una curiosa analogía entre el argumento de sus filmes y lo que sucedía en su vida real. Este original recurso consigue dotar de mucho dinamismo al relato y nos humaniza ese rostro de fotogenia excepcional y tras el que habitaba una mujer en búsqueda desesperada de un lugar en el que vivir líbremente alejada de los oropeles y obligaciones de la puritana meca del cine. 
Isaki Lacuesta construye, también, y a través de interesantes entrevistas a diferentes personajes, un atisbo de retrato bastante fiel del panorama político de aquella España rancia y clasista bajo el mando del dictador Franco y con sus gobernantes dispuestos a rendir pleitesía a los norteamericanos que se dejaban aquí sus dólares a través de los rodajes. Son impactantes las imágenes de archivo de la visita del matrimonio Perón acompañados por el dictador, o del presidente Eisenhower brindando por la señora de Franco en una cena de gala. Y genial la idea de Lacuesta de recuperar la canción de "¡Bienvenido Mister Marshall!" (rodada por Berlanga en 1953). Todo junto nos hace pensar que, muchas veces, la ficción y la realidad no se diferencian tanto la una de la otra. Por otro lado, las declaraciones de Lucía Bosé comentando que los artistas no se metían en política y que ella no había tenido problemas a pesar de estar casada con un torero de derechas (o quizá precisamente por eso, digo yo), nos llevan a reflexionar sobre la terrible situación de censura, nacional catolicismo y falsa moralidad en la que vivía la sociedad española mientras Ava Gardner y sus amigos gamberros de la élite española del momento se dedicaban a beberse y fumarse la vida hasta el amanecer por los bares de la capital del reino. Un apunte, sorprendido me dejó el descubrir el manifiesto rechazo de Frank Sinatra (según muchos, el gran y eterno amor de Ava) a la dictadura española y al dictador Franco. Se cuenta en el documental que incluso estrelló una silla contra un retrato del caudillo que había en un bar, ante el susto de los empleados que le dijeron al cantante que por algo así podían ir a la cárcel. 
Sin embargo, a pesar de la tibieza política de la actriz (se dice que la única razón por la se marchó de Madrid y trasladó su residencia a Londres fue por un tema fiscal) "La noche que no acaba" consigue transmitir la humanidad de esta estrella de cine a su pesar que al final de su vida sólo rodaba películas cuando necesitaba dinero y que no dejó más que buenos recuerdos en las personas que la sobrevivieron y que compartieron con ella alguna de esas noches locas en las que se desinhibia y se olvidaba de que la habían clasificado como "el animal más bello del mundo", etiqueta que ella siempre detestó. 

VERANO EN BROOKLYN, DE IRA SACHS

El director Ira Sachs, originario de Memphis, consiguió con esta deliciosa e intimista película, arrasar en el Festival de Sundance e incl...