Para su ópera
prima como director, “Mi mujer es una actriz” (estrenada hace casi veinte años,
en el año 2000), el actor francés de origen israelí Yvan Attal (a su vez,
director, guionista y uno de los protagonistas del filme) tuvo la inmensa
suerte de contar como partenaire con su mujer que, además, es una actriz, y no
una cualquiera, sino Charlotte Gainsbourg, musa de Lars Von Trier y una de las
intérpretes más reputadas del actual cine galo.
En este juego
de explicar el cine dentro del cine y los avatares de una pareja dentro de ese
universo, a Yvan Attal le ha salido una película llena de situaciones cómicas
en las que su personaje tiene reminiscencias de algunos de los filmes de Billy
Wilder (el mejor Jack Lemmon) o incluso Woody Allen: Yvan es un periodista
deportivo, un tipo bastante cavernícola pero tierno en el fondo a pesar de sus
machistadas. Como contrapunto está el personaje al que se refiere el título,
Charlotte, su mujer, una reputada actriz francesa que tiene que viajar a
Londres a rodar una película en la que tendrá como compañero de reparto a un
veterano actor británico (magnífico Terence Stamp en un papel menor un poco
comodín) al que precede su fama de rompecorazones. La inseguridad que siente
Yvan ante ese nuevo trabajo de su mujer provocará una serie de situaciones más
o menos cómicas que llevan a la reflexión.
Acompañados de
la excelente banda sonora del fantástico pianista de jazz Brad Mehldau, Yvan
Attal y Charlotte Gainsbourg consiguen dotar de realismo a esta historia
contemporánea al meterse en la piel de los personajes cediendo incluso sus
propios nombres a la pareja protagonista, con lo que te hacen pensar si muchos
de estos conflictos en apariencia ficticios no estarán basados en sus propias
experiencias.
Pero, aunque
sea en clave de comedia, “Mi mujer es una actriz” abre varios frentes que me
parece interesante destacar. Por un lado plantea la relación de pareja desde la
diferencia, pues los protagonistas no pueden tener profesiones y caracteres más
dispares. Y también reflexiona sobre la fama y sus efectos en quienes la
padecen. A Yvan le agobia que su mujer tenga una profesión tan pública y que
continuamente Charlotte sea molestada por sus admiradores y que, a menudo, haya
quienes se permitan comentarios bastante irrespetuosos sobre ella o sus
películas (memorable la cara de Yvan cuando un admirador del trabajo de
Charlotte le pregunta si no le molesta que su mujer se acueste con otros
hombres. La eterna confusión persona/personaje). Sin embargo, la actitud del
personaje de la actriz durante todo el filme, tan calmada y etérea, ayuda a
entender por qué siguen juntos. Charlotte se toma su profesión como un trabajo
y tiene muy claro dónde acaba la actriz y dónde empieza la mujer. Aunque hay
que reprocharle a Yvan Attal que haya decidido dar a entender que, en el fondo,
lo que más interesa a su mujer es la maternidad por encima de cualquier otra
cosa. Me parece una conclusión demasiado facilona y previsible y no deja de
contribuir a perpetuar el patriarcado y el eterno rol de la mujer en tantas
películas en las que se redime a través de la maternidad o el matrimonio, como
algo a lo que toda mujer debe aspirar.
A pesar de
esto, que sí me parece importante, “Mi mujer es una actriz” es un filme que
recomiendo, sobre todo, por el excelente
trabajo y el encanto de sus protagonistas. Como curiosidad, Yvan Attal y
Charlotte Gainsbourg siguen juntos después de veintisiete años. Todo un logro
en estos tiempos.

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