martes, 25 de febrero de 2020

J.EDGAR, DE CLINT EASTWOOD


Clint Eastwood decidió con esta película, estrenada en el año 2011, mostrar el lado humano de uno de los personajes más controvertidos de la reciente historia política de los Estados Unidos. Se trata de J. Edgar Hoover, presidente de la Oficina Federal de Investigación (FBI) desde 1924 hasta su fallecimiento en 1972. Gracias a este puesto fue el hombre más poderoso del país durante todo el tiempo que estuvo en su cargo, y tuvo que enfrentarse a tres guerras y ocho presidentes diferentes, uno de los cuales quiso destituirlo sin lograrlo finalmente.


Realmente, Eastwood eligió una ardua tarea porque pocas cosas buenas se pueden decir de este personaje, que ya en sus tiempos de instituto se postulaba durante los debates de clase en contra del sufragio femenino o de la abolición de la pena de muerte. J. Edgar Hoover se graduó en Derecho y antes de pasar a formar parte del Departamento de Justicia trabajó en la Biblioteca del Congreso, lo que le ayudaría posteriormente a la implantación de fichas de perfiles en el FBI.
Independientemente de la rigurosidad en su trabajo (era riguroso, pero absolutamente parcial, nada de cotejar la información recabada), Hoover basó su metodología de trabajo en una máxima a la que fue fiel toda su vida: la información es poder. Así que cuando fue nombrado director del FBI por el presidente Calvin Coolidge, con tan solo 29 años, y para reformar la organización, a la que se consideraba un foco de corrupción, Hoover dio un giro a la forma de trabajo de Inteligencia y se rodeó de subordinados fieles, empezando por Helen Gandy (su mecanógrafa personal y persona de confianza absoluta durante 45 años) y otros agentes profesionalizados, muchos de los cuales eran contables, asesores legales o científicos. Mención aparte merece uno de ellos, Clyde Tolson, director asociado del FBI, mano derecha de Hoover y, según algunas evidencias de las que Eastwood se hace eco, su pareja sentimental.
Se pasó los diez primeros años de su mandato luchando contra el crimen organizado, los gángsters y la mafia italiana durante la Ley Seca. Pero su organización empezó a mostrar su verdadera cara en la llamada caza de brujas conocida como Macarthismo, una auténtica persecución de los comunistas de Estados Unidos en todos los ámbitos sociales.
A partir de ese momento, Hoover ya no tuvo límite y, junto con su equipo se pasó todo su mandato recopilando información absolutamente personal (por no decir sentimental y sexual) de todo tipo de personalidades, de presidentes de gobierno a deportistas, pasando por políticos, artistas o científicos. A Hoover le daba absolutamente igual quién fuera y llegó a poseer un archivo lleno de datos y grabaciones privadas de personalidades como Albert Einstein, Marilyn Monroe, los Kennedy, Pablo Picasso, John Lennon, Elvis Presley o Lucille Ball. Sólo por nombrar algunos, porque la lista es interminable. Porque, como siempre repitió a sus subordinados, la información es poder. Y Hoover hizo un uso continuado e ilegal de toda esa información privada para limpiar el país de cualquier atisbo de ideas de izquierda o de comunismo, su gran e insana obsesión.
Algo de todo esto se ve en “J. Edgar”, pero la película de Eastwood no es un documental histórico ni una película de denuncia. Es un biopoc en el que se trata de mostrar el lado humano que hay detrás de uno de los personajes más odiados y manipuladores de la historia contemporánea de Estados Unidos. Y esta labor recae en Leonardo Di Caprio que compone un personaje creíble (incluso en su madurez, bajo las capas de los kilos de maquillaje que lo caracterizan como hombre mayor) que se hace más y más antipático conforme avanza el filme. A su lado está un gran Naomi Watts en el papel de su asistente Helen Gandy (gran labor de interpretación, sobre todo en la Gandy madura) y Armie Hammer como Clyde Tolson (su personaje maduro parece más bien sacado del casting de “The walking dead”). Mención aparte merece Judy Dench como la madre de Hoover. Está soberbia en el papel de esta matriarca controladora e implacable.
Pero si algo le reprocho a “J. Edgar”, correcta en su ritmo, ambientación y fotografía, es que se centra demasiado en quizá tratar de justificar a Hoover mostrando sus debilidades personales y su lucha por reprimir una homosexualidad que no está confirmada aunque hay bastante evidencia histórica. Esto despista del auténtico legado de Hoover, un hombre corrupto que dejó páginas en la historia tan oscuras como la creación del programa COINTELPRO (desarrollado entre 1956 y 1971), que consistía en acciones encubiertas, legales o no, destinadas a infiltrarse, vigilar y desacreditar organizaciones políticas de izquierdas, partidarias de los derechos civiles o contrarias a la guerra de Vietnam. Este programa permitió a Hoover y sus agentes del FBI irrumpir en organizaciones (como el Partido Pantera Negra) usando la infiltración, la amenaza o la violencia. De hecho, se sospecha que Hoover tuvo que ver en el asesinato de Martin Luther King. Y también entorpeció las investigaciones de los asesinatos de los hermanos Kennedy.
Sinceramente, Sr. Eastwood, ante semejante currículo, ¿qué demonios me importa a mí con quién se besaba J. Edgar Hoover?

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