Éste es un título que le va como anillo al dedo a la protagonista
del documental que nos ocupa, rodado por el director catalán Isaki Lacuesta en
el año 2010. Se trata de Ava Gardner y todos los que la conocieron o la
trataron destacan en ella el gusto por las juergas nocturnas que la
convirtieron en una habitual de la noche canalla madrileña de mediados de los
50/60.
Ava Gardner no había salido nunca de su Estados Unidos natal
(aunque ya era toda una estrella de Hollywood) cuando desembarcó en Tossa de
Mar para rodar "Pandora y el holandés errante" (Albert Lewin, 1951).
Según ella misma confesó, de todas las películas que rodó ésta fue la que
cambió su vida. En el pequeño pueblo pesquero de la Costa Brava catalana Ava se
sintió como pez en el agua y se identificó con la oprimida (aunque vital)
sociedad española de entonces. No fue hasta 1955 que la actriz se instaló
definitivamente en España, concretamente en Madrid, primero en una casa en La
Moraleja, y después trasladándose a la capital, al barrio residencial de El
Viso (Chamartín), donde tuvo como vecino al general Juan Domingo Perón, que la
denuncio en varias ocasiones por lo ruidosas que eran sus fiestas.
Esta azarosa etapa de su vida la recogió en su momento Marcos
Ordóñez en su libro "Beberse la vida. Ava Gardner en España"
(Ed.Aguilar, 2004) y es la que ha inspirado a Lacuesta para rodar su
documental, que partiendo de la llegada del equipo de "Pandora" al
tranquilo Tossa de Mar, inicia el periplo vital de Ava Gardner a su paso por
nuestro país. Sirviéndose de los diálogos de algunas de las películas de la actriz
americana (entre ellas "La condesa desclaza", que tiene curiosas
similitudes con la vida real de Ava Gardner) el director establece una curiosa
analogía entre el argumento de sus filmes y lo que sucedía en su vida real.
Este original recurso consigue dotar de mucho dinamismo al relato y nos
humaniza ese rostro de fotogenia excepcional y tras el que habitaba una mujer
en búsqueda desesperada de un lugar en el que vivir líbremente alejada de los
oropeles y obligaciones de la puritana meca del cine.
Isaki Lacuesta construye, también, y a través de interesantes
entrevistas a diferentes personajes, un atisbo de retrato bastante fiel del
panorama político de aquella España rancia y clasista bajo el mando del
dictador Franco y con sus gobernantes dispuestos a rendir pleitesía a los
norteamericanos que se dejaban aquí sus dólares a través de los rodajes. Son
impactantes las imágenes de archivo de la visita del matrimonio Perón
acompañados por el dictador, o del presidente Eisenhower brindando por la
señora de Franco en una cena de gala. Y genial la idea de Lacuesta de recuperar
la canción de "¡Bienvenido Mister Marshall!" (rodada por Berlanga en
1953). Todo junto nos hace pensar que, muchas veces, la ficción y la realidad
no se diferencian tanto la una de la otra. Por otro lado, las declaraciones de
Lucía Bosé comentando que los artistas no se metían en política y que ella no
había tenido problemas a pesar de estar casada con un torero de derechas (o
quizá precisamente por eso, digo yo), nos llevan a reflexionar sobre la terrible
situación de censura, nacional catolicismo y falsa moralidad en la que vivía la
sociedad española mientras Ava Gardner y sus amigos gamberros de la élite
española del momento se dedicaban a beberse y fumarse la vida hasta el amanecer
por los bares de la capital del reino. Un apunte, sorprendido me dejó el
descubrir el manifiesto rechazo de Frank Sinatra (según muchos, el gran y
eterno amor de Ava) a la dictadura española y al dictador Franco. Se cuenta en
el documental que incluso estrelló una silla contra un retrato del caudillo que
había en un bar, ante el susto de los empleados que le dijeron al cantante que
por algo así podían ir a la cárcel.
Sin embargo, a pesar de la tibieza política de la actriz (se dice
que la única razón por la se marchó de Madrid y trasladó su residencia a
Londres fue por un tema fiscal) "La noche que no acaba" consigue
transmitir la humanidad de esta estrella de cine a su pesar que al final de su
vida sólo rodaba películas cuando necesitaba dinero y que no dejó más que buenos
recuerdos en las personas que la sobrevivieron y que compartieron con ella
alguna de esas noches locas en las que se desinhibia y se olvidaba de que la
habían clasificado como "el animal más bello del mundo", etiqueta que
ella siempre detestó.

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