martes, 25 de febrero de 2020

CINDERELLA, DE KENNETH BRANAGH


He tenido la oportunidad de ver “Cinderella”, la adaptación que Disney encargó a Kenneth Branagh en 2015 de su clásico animado de 1950 “La Cenicienta”; según se dice, el favorito de Walt Disney y uno de sus filmes más populares, y no sólo porque evitó la quiebra del estudio de animación, que en aquellos momentos tenía una gran deuda económica.
Tengo que reconocer que lo he hecho un poco desganado por la avalancha de publicidad y merchandising que en su día generó la película, pero gente de confianza me recomendó que la visionara y así lo hice. Y, por otra parte, también existía el aliciente de que los protagonistas son Cate Blanchett (en el papel de la madrastra), Llily James (a la que hemos podido ver en “Downtown Abbey”) y Richard Madden (el desgraciado rey Robb Stark de la archipopular “Juego de Tronos”). Y, por qué no reconocerlo, el filme de dibujos animados me parece uno de los más elegantes y deliciosos de Disney en cuanto a su animación se refiere. Y también por la oportunidad de poder disfrutar de los maravillosos fondos que la gran Mary Blair (fantástica diseñadora de arte, co- responsable del look de otros clásicos como “Alicia en el país de las maravillas” y “Peter Pan”) imaginó para esa Cenicienta contemporánea.


Ya al principio de la película me quedó claro que la adaptación de Branagh estaba basada en el filme de Disney (incluso los pajaritos y los ratones de Disney tienen aquí un papel importante)  y no en el cuento original de Charles Perrault o los hermanos Grimm, a pesar de la acción y la estética de la película se alejan del look de lso años 50 y se sitúan en algún momento indeterminado del siglo XIX (hay otras películas que sí han tomado como base el cuento clásico, como “La zapatilla y la rosa: la historia de Cenicienta”, filme británico de 1976 protagonizado por Richard Chamberlain). Una vez teniendo claro esto, y sin esperar demasiadas sorpresas disfruto de una película de facturación impecable, que se aleja de los escenarios de cartón piedra y en la que todos los detalles están cuidados con mimo.
Da la impresión de que Kenneth Branagh ha querido hacer una película seria y una correcta adpatación, y yo creo que lo ha conseguido. Lily James consigue recrear una Cenicienta moderna, romántica y fuerte a la vez. El Príncipe Azul (con el rostro de Richard Madden) sigue siendo tan poco carismático y dando tan poco juego como en la película animada, aunque aquí un poquito menos, la verdad. Su papel tampoco permite excesos interpretativos, no seamos crueles.
El plato fuerte está en los “secundarios” de lujo con los que cuenta “Cinderella”: Cate Blanchett (su interpretación en ocasiones contenida, y en otros puro histrionismo es excelente…y terrorífica. Luce bella con cierta estética que remite a las divas del cine de Hollywood de los años cuarente), Helena Bonham Carter (su Hada Madrina es la gran diferencia con el filme animado y la actriz británica es la encargada de dar el toque tierno y humorístico a la película, con su creación de un Hada tan despistada y simpática como la original, pero con una estética muy diferente), el gran actor sueco Stellan Skarsgard (su Gran Duque también es un poquito diferente del de los dibujos, da un poquitín más de miedo, por decirlo de alguna manera) y el mítico Derek Jacobi (en el papel del Rey. Fantástico. Dan ganas de tenerlo como padre). Mención aparte merecen Holliday Grainger y Sophie McShera, actrices desconocidas para el gran público para que hacen una excelente interpretación de Anastasia y Drizella, las envidiosas, intrigantes y cómicas (a su pesar) hermanastras de Cenicienta.
Todos ellos son piezas de un grandísimo puzzle que en conjunto resulta muy agradable porque consigue remitirnos al maravilloso mundo de los cuentos de hadas hechos realidad, y más con la preciosa banda sonora de Patrick Doyle, perfecto complemento de las imágenes
Detaco dos escenas: la del mágico momento de la transformación de la calabaza y los animales en la carroza y los lacayos de Cenicienta; y la del baile en el palacio real, al ritmo del Vals del Amor de Doyle. Lo dicho, para volver a la infancia sin complejos.

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