He tenido la oportunidad de ver “Cinderella”, la adaptación que Disney
encargó a Kenneth Branagh en 2015 de su clásico animado de 1950 “La Cenicienta”;
según se dice, el favorito de Walt Disney y uno de sus filmes más populares, y
no sólo porque evitó la quiebra del estudio de animación, que en aquellos
momentos tenía una gran deuda económica.
Tengo que reconocer que lo he hecho un poco desganado por la avalancha
de publicidad y merchandising que en su día generó la película, pero gente de
confianza me recomendó que la visionara y así lo hice. Y, por otra parte,
también existía el aliciente de que los protagonistas son Cate Blanchett (en el
papel de la madrastra), Llily James (a la que hemos podido ver en “Downtown
Abbey”) y Richard Madden (el desgraciado rey Robb Stark de la archipopular
“Juego de Tronos”). Y, por qué no reconocerlo, el filme de dibujos animados me
parece uno de los más elegantes y deliciosos de Disney en cuanto a su animación
se refiere. Y también por la oportunidad de poder disfrutar de los maravillosos
fondos que la gran Mary Blair (fantástica diseñadora de arte, co- responsable
del look de otros clásicos como “Alicia en el país de las maravillas” y “Peter
Pan”) imaginó para esa Cenicienta contemporánea.
Ya al principio de la película me quedó claro que la adaptación de
Branagh estaba basada en el filme de Disney (incluso los pajaritos y los
ratones de Disney tienen aquí un papel importante) y no en el cuento original de Charles
Perrault o los hermanos Grimm, a pesar de la acción y la estética de la
película se alejan del look de lso años 50 y se sitúan en algún momento
indeterminado del siglo XIX (hay otras películas que sí han tomado como base el
cuento clásico, como “La zapatilla y la rosa: la historia de Cenicienta”, filme
británico de 1976 protagonizado por Richard Chamberlain). Una vez teniendo
claro esto, y sin esperar demasiadas sorpresas disfruto de una película de
facturación impecable, que se aleja de los escenarios de cartón piedra y en la
que todos los detalles están cuidados con mimo.
Da la impresión de que Kenneth Branagh ha querido hacer una película
seria y una correcta adpatación, y yo creo que lo ha conseguido. Lily James consigue
recrear una Cenicienta moderna, romántica y fuerte a la vez. El Príncipe Azul
(con el rostro de Richard Madden) sigue siendo tan poco carismático y dando tan
poco juego como en la película animada, aunque aquí un poquito menos, la
verdad. Su papel tampoco permite excesos interpretativos, no seamos crueles.
El plato fuerte está en los “secundarios” de lujo con los que cuenta
“Cinderella”: Cate Blanchett (su interpretación en ocasiones contenida, y en
otros puro histrionismo es excelente…y terrorífica. Luce bella con cierta
estética que remite a las divas del cine de Hollywood de los años cuarente),
Helena Bonham Carter (su Hada Madrina es la gran diferencia con el filme
animado y la actriz británica es la encargada de dar el toque tierno y
humorístico a la película, con su creación de un Hada tan despistada y
simpática como la original, pero con una estética muy diferente), el gran actor
sueco Stellan Skarsgard (su Gran Duque también es un poquito diferente del de
los dibujos, da un poquitín más de miedo, por decirlo de alguna manera) y el
mítico Derek Jacobi (en el papel del Rey. Fantástico. Dan ganas de tenerlo como
padre). Mención aparte merecen Holliday Grainger y Sophie McShera, actrices
desconocidas para el gran público para que hacen una excelente interpretación
de Anastasia y Drizella, las envidiosas, intrigantes y cómicas (a su pesar)
hermanastras de Cenicienta.
Todos ellos son piezas de un grandísimo puzzle que en conjunto resulta
muy agradable porque consigue remitirnos al maravilloso mundo de los cuentos de
hadas hechos realidad, y más con la preciosa banda sonora de Patrick Doyle,
perfecto complemento de las imágenes
Detaco dos escenas: la del mágico momento de la transformación de la
calabaza y los animales en la carroza y los lacayos de Cenicienta; y la del
baile en el palacio real, al ritmo del Vals del Amor de Doyle. Lo dicho, para
volver a la infancia sin complejos.

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