Hay una larga tradición de películas sobre niños malvados: “Los niños
del maíz”, “El pueblo de los malditos”, “La profecía”, o más recientemente “El
buen hijo” o “La huérfana”, por nombrar algunas. Dentro del cine patrio hay una
cinta que a mí me gusta especialmente, y es “¿Quién puede matar a un niño?,
dirigida por Narciso Ibáñez Serrador en 1976, y en la que unos turistas
ingleses llegan a un pueblo de España en la que los niños parecen haberse
vuelto locos y matan a todos los adultos que pisan el pueblo.
Y acabo el párrafo precisamente con el título de Ibáñez Serrador porque
esa es la pregunta que te planteas después de visionar este pequeño clásico de
terror de los años cincuenta que es “La mala semilla”, dirigida por el gran Melvin
LeRoy (director de otros clásicos como “El puente de Waterloo”, “Niebla en el
pasado” o “Mujercitas”) en 1956.
Para ver “La mala semilla” con buen talante hay que tener en cuenta el
contexto histórico y social en el que fue rodada: la blanca y puritana
Norteamérica de finales de los años 50; y también que, a pesar de ser una obra
de autor, no deja de ser una producción de los grandes estudios de Hollywood
(en este caso Warner Bros), que siempre imponían una moral determinada a sus
películas.
Teniendo en cuenta estos factores, y a pesar de ello, hay algo
interesante en “La mala semilla”, que es más una película psicológica que
efectista. El terror en este caso está en lo que no se ve, pero se cuenta.
La protagonista absoluta es la mala semilla a la que hace referencia el
título, Rhoda Penmark (interpretada por Patty McCormack, que estuvo nominada al
Óscar) que al principio de la película se nos presenta como una niña modélica,
rubia y con trenzas (con una estética a lo Pollyanna, aunque a mí me recuerda
más a otra insigne malvada, Baby Jane Hudson) que vive en un idílico hogar
situado en una apacible y pequeña localidad norteamericana, con sus idílicos mamá
y papá, Christine y Kenneth (interpretados por Nancy Kelly, también nominada al
Óscar, y William Hopper), que son el prototipo de familia de clase media-alta
de la Norteamérica del momento. Hasta aquí todo bien, aunque tanta perfección
chirria. La niña es tan perfecta y tan buena que se pasa, y resulta repipi e
inquietante, porque piensas que tanta perfección no es normal. Y así es: la
pequeña y perfecta Rhoda esconde en su interior a una psicópata fría y
calculadora capaz de los crímenes más despiadados sólo por conseguir sus
objetivos, bien sea una bola de cristal que es un objeto decorativo de una
antigua vecina, o la medalla de premio a la mejor redacción que le han dado a
un niño de su clase. A Rhoda no se le pone nadie por delante.
Sin embargo, LeRoy va más allá y trata de añadir implicaciones al
relato, entroncándolo con teorías de psicoanálisis. Y aquí es donde “La mala
semilla” se desmarca un poco de otras películas de su mismo género, porque
plantea si hay un componente genético ineludible a la hora de analizar la
maldad de una persona, en este caso de una niña. Esta aportación la realiza el
personaje del padre de Christine (interpretado por Paul Fix), un escritor especializado
en crímenes que muchos años atrás investigo el caso de una famosa asesina
psicópata. Es entonces cuando su hija le cuenta que tiene una pesadilla
recurrente desde la infancia, ante la cual el padre le hace una confesión que,
en teoría, nos hace atar cabos y darle una explicación al comportamiento y los
actos de la pequeña y despiadada Rhoda.
“La mala semilla” puede parecer una película ingenua y con fallos
importantes en su guión, pero esto es precisamente parte de su encanto. A pesar
de la sobreactuación de algunas interpretaciones (en mi opinión la de la madre
de Rhoda, demasiado teatral) y de ciertos elementos que aparecen un poco
forzados y demasiado evidentes (como los
diálogos del personaje secundario pero fundamental que es el peón de mantenimiento
del edificio en el que vive la familia, interpretado por Henry Jones), la
película es un ejercicio interesante con reminiscencias a la obra teatral (de
Maxwell Anderson) en la que está basado el guión (genial el guiño de los
créditos finales) y que cuenta con una espléndida fotografía en blanco y negro
a cargo de Harold G. Rosson (recordado por ser director de fotografía de
grandes clásicos hollywoodienses, entre ellos “El mago de Oz”, “Duelo al sol” o
“Cantando bajo la lluvia”).
El final, demoledor. Pero imprescindible para la moral de la época,
cuando el cine tenía una función de propaganda de ideales de todo tipo, y sobre
todo políticos y morales, disfrazados de entretenimiento.

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