martes, 25 de febrero de 2020

LA MALA SEMILLA, DE MELVIN LEROY


Hay una larga tradición de películas sobre niños malvados: “Los niños del maíz”, “El pueblo de los malditos”, “La profecía”, o más recientemente “El buen hijo” o “La huérfana”, por nombrar algunas. Dentro del cine patrio hay una cinta que a mí me gusta especialmente, y es “¿Quién puede matar a un niño?, dirigida por Narciso Ibáñez Serrador en 1976, y en la que unos turistas ingleses llegan a un pueblo de España en la que los niños parecen haberse vuelto locos y matan a todos los adultos que pisan el pueblo.
Y acabo el párrafo precisamente con el título de Ibáñez Serrador porque esa es la pregunta que te planteas después de visionar este pequeño clásico de terror de los años cincuenta que es “La mala semilla”, dirigida por el gran Melvin LeRoy (director de otros clásicos como “El puente de Waterloo”, “Niebla en el pasado” o “Mujercitas”) en 1956.


Para ver “La mala semilla” con buen talante hay que tener en cuenta el contexto histórico y social en el que fue rodada: la blanca y puritana Norteamérica de finales de los años 50; y también que, a pesar de ser una obra de autor, no deja de ser una producción de los grandes estudios de Hollywood (en este caso Warner Bros), que siempre imponían una moral determinada a sus películas.
Teniendo en cuenta estos factores, y a pesar de ello, hay algo interesante en “La mala semilla”, que es más una película psicológica que efectista. El terror en este caso está en lo que no se ve, pero se cuenta.
La protagonista absoluta es la mala semilla a la que hace referencia el título, Rhoda Penmark (interpretada por Patty McCormack, que estuvo nominada al Óscar) que al principio de la película se nos presenta como una niña modélica, rubia y con trenzas (con una estética a lo Pollyanna, aunque a mí me recuerda más a otra insigne malvada, Baby Jane Hudson) que vive en un idílico hogar situado en una apacible y pequeña localidad norteamericana, con sus idílicos mamá y papá, Christine y Kenneth (interpretados por Nancy Kelly, también nominada al Óscar, y William Hopper), que son el prototipo de familia de clase media-alta de la Norteamérica del momento. Hasta aquí todo bien, aunque tanta perfección chirria. La niña es tan perfecta y tan buena que se pasa, y resulta repipi e inquietante, porque piensas que tanta perfección no es normal. Y así es: la pequeña y perfecta Rhoda esconde en su interior a una psicópata fría y calculadora capaz de los crímenes más despiadados sólo por conseguir sus objetivos, bien sea una bola de cristal que es un objeto decorativo de una antigua vecina, o la medalla de premio a la mejor redacción que le han dado a un niño de su clase. A Rhoda no se le pone nadie por delante.
Sin embargo, LeRoy va más allá y trata de añadir implicaciones al relato, entroncándolo con teorías de psicoanálisis. Y aquí es donde “La mala semilla” se desmarca un poco de otras películas de su mismo género, porque plantea si hay un componente genético ineludible a la hora de analizar la maldad de una persona, en este caso de una niña. Esta aportación la realiza el personaje del padre de Christine (interpretado por Paul Fix), un escritor especializado en crímenes que muchos años atrás investigo el caso de una famosa asesina psicópata. Es entonces cuando su hija le cuenta que tiene una pesadilla recurrente desde la infancia, ante la cual el padre le hace una confesión que, en teoría, nos hace atar cabos y darle una explicación al comportamiento y los actos de la pequeña y despiadada Rhoda.
“La mala semilla” puede parecer una película ingenua y con fallos importantes en su guión, pero esto es precisamente parte de su encanto. A pesar de la sobreactuación de algunas interpretaciones (en mi opinión la de la madre de Rhoda, demasiado teatral) y de ciertos elementos que aparecen un poco forzados  y demasiado evidentes (como los diálogos del personaje secundario pero fundamental que es el peón de mantenimiento del edificio en el que vive la familia, interpretado por Henry Jones), la película es un ejercicio interesante con reminiscencias a la obra teatral (de Maxwell Anderson) en la que está basado el guión (genial el guiño de los créditos finales) y que cuenta con una espléndida fotografía en blanco y negro a cargo de Harold G. Rosson (recordado por ser director de fotografía de grandes clásicos hollywoodienses, entre ellos “El mago de Oz”, “Duelo al sol” o “Cantando bajo la lluvia”).
El final, demoledor. Pero imprescindible para la moral de la época, cuando el cine tenía una función de propaganda de ideales de todo tipo, y sobre todo políticos y morales, disfrazados de entretenimiento.

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