Esta película está indisolublemente unida a importantes recuerdos de mi
adolescencia, cuando en casa de mis padres se compró nuestro primer aparato
reproductor de VHS y alquilamos nuestras dos primeras películas en un videoclub
(benditos negocios proporcionadores de sueños. Pasaron a ser mi segunda fuente
de evasión y fantasía, después de las bibliotecas). Y esas películas fueron
“Grease” (1978) y “El lago azul” (1979).
La casualidad quiso que, sin saberlo, mis hermanas y yo alquiláramos dos
clásicos del cine juvenil de finales de los años 70 y principios de los 80 del
pasado siglo, y que además habían sido dirigidas por el mismo director, Randal
Kleiser.
“El lago azul” está basada en una novela de Henry De Vere Stacpoole (un
escritor irlandés que falleció en 1951 y había publicado la novela del mismo
título en 1908) que ya había tenido su correspondiente adaptación
cinematográfica en 1948, protagonizada por Jean Simmons. Pero aquella película
pasó sin pena ni gloria y muchos dicen que es una nada inspirada adaptación a
cargo de Frank Launder, que no consiguió plasmar en la pantalla todo el
potencial que ofrecía el material literario.
Para el director norteamericano Randal Kleiser “El lago azul”, al
contrario que “Grease”, no fue una película de encargo, sino un viejo sueño de
su primera juventud, cuando era un joven director procedente de una universidad
de cine de California que hacía películas para la televisión. Eso sí, dotadas
de cierta sensibilidad e intimismo. Precisamente fue el gran éxito comercial de
“Grease” (adaptación para la pantalla del musical de Broadway que se sigue
respresentando ininterrumpidamente desde su estreno en algún lugar del planeta)
el que permitió a Randal Kleiser cumplir su sueño de rodar “El lago azul” como
él siempre había imaginado, en sus escenarios naturales.
El lugar elegido fueron las islas Nanuya Levu y White Turtle Island,
pertenecientes al archipiélago de Fiji, y hasta allí se desplazó todo un equipo
de filmación, formado mayormente por profesionales australianos, jóvenes y
llenos de la energía que requería llevar a la pantalla esta historia de amor y
evasión tal y como la novela la describía.
Contó además con la ayuda del gran director catalán de fotografía Néstor
Almendros (cotizadísimo y premiado en Hollywood, con títulos en su haber como
“Días del cielo”, “Kramer contra Kramer” o “La decisión de Sophie”), con el que
Kleiser tenía enormes deseos de trabajar, y con dos excepcionales operadores de
cámara, como son Vincent Monton y Ron Taylor, éste último experto también en fotografía submarina. Incido en esta parte
del equipo de filmación porque gran parte del encanto, y el éxito, de “El lago
azul” radica en su preciosa fotografía y en el modo en que son presentados los
impresionantes paisajes y las imágenes subacuáticas.
Durante meses, tanto el equipo como los actores vivieron en condiciones
muy similares a los protagonistas de la película (con algo más de ropa, me
imagino) y se sacó el máximo partido de los recursos de la isla. Se
aprovecharon los escenarios naturales y se construyeron las chozas y cabañas
tal y como aparecen en el filme, rodando las escenas sin usar efectos
especiales.
Néstor Almendros y Randal Kleiser visionaron juntos antiguas películas
de aventuras en Technicolor para documentarse y el director de fotografía se
inspiró en los lienzos de algunos de los grandes maestros de la pintura para la
fotografía de los impresionantes paisajes naturales del Pacífico (inspirada en
los cuadros de Gauguin) y para el uso de las luces y las sombras (inspirado en
los trabajos de Vermeer y La Tour). En una entrevista, Almendros confesó que
también se fijó en Rembrandt y Caravaggio para filmar los claroscuros de la
película y en Manet y los impresionistas para los exteriores de día. Y que
incluso se tuvieron en cuenta las antiguas películas de Esther Williams como
posible punto de partida para las escenas submarinas. Todo un trabajo de
documentación.
El resultado fue una película con una luz y unos colores que invitan a
soñar y a sumergirte en la ingenua historia de amor de Brooke Shields
(catapultada directamente como ídolo juvenil de la época y amor platónico de
los adolescentes de entonces) y Christopher Atkins (un actor nobel que no hizo
después nada remarcable) en esos parajes paradisíacos mecidos por las olas de
Pacífico y la evocadora banda sonora del compositor de origen griego Basil
Poledouris.
Como
curiosidad, comentar que la fauna y la flora que aparece en la película incluye
animales de distintos continentes. Incluso hubo un herpetólogo (rama de la
zoología que estudia reptiles y anfibios), John Gibbons, que descubrió al ver
la película una especie de iguana hasta entonces desconocida para la ciencia:
la Brachylophus vitiensis. Viajó a la isla en la que se filmaron las iguanas
para confirmarlo y así lo hizo, dando a conocer la nueva especie en 1981.

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