lunes, 9 de marzo de 2020

STRIKE A POSE, DE ESTER GOULD Y REIJER ZWAAN


Corría el año 1990 y Madonna emprendía su gira más ambiciosa y también la que, con el tiempo, ha resultado la más mediática y polémica, “The Blond Ambition World Tour”. El nombre ya era toda una declaración de principios de La Ambición Rubia. Durante cinco meses, la cantante, ya una megaestrella de sólo treinta y dos años, emprendía su tercera gira mundial empezando con un concierto en China y girando alrededor del planeta con ese poder de convocatoria sin límite del que, en aquel momento pre internet y redes sociales, sólo disfrutaban ella misma, Los Stones, Prince o Michael Jackson.

De esa larga gira nació un documental grabado por el cineasta independiente Alek Keshishian que se estrenó en 1991 y consiguió ser una herramienta de promoción perfecta en ese juego del auto marketing que Madonna domina tan bien. A pesar de que el título original era “Madonna: Truth or Dare” en alusión al popular juego “Verdad o Trato”, en los países de habla hispana lo conocimos por el desafortunado título “En la cama con Madonna”, insistiendo en ese lado provocativo que siempre se ha asociado con ella. Por muy surrealista que pueda parecer, se dio el caso de alguna persona que acudió a la sala de cine pensando que iba a ver una película de Madonna subidita de tono. ¡Vaya chasco!
El caso es que la gira, y sobre todo el documental, dieron a conocer los entresijos de la cotidianidad de Madonna y su equipo durante un tour y convirtió en (fugaces) celebridades a su cuerpo de baile, formado por siete carismáticos profesionales de la danza: Luis Camacho, Oliver Crumes, Salim Gauwloos, José Gutiérez, Kevin Stea, Gabriel Trupin y Carlton Wilborn.
En “Madonna: Truth or Dare” pudimos ver a Madonna inter relacionándose con sus bailarines (entonces unos chavales que rondaban la veintena), cual mamma italiana. La diva los cuida, los abraza, los besa, les hace confidencias, los reta a besarse entre ellos, y también, como buena diva/jefa que se precie, les exige lo máximo en el escenario. Esos bailarines son los mismos protagonistas de su vídeo clip “Vogue” y uno de ellos, José Gutiérez, sería posteriormente el protagonista del (de nuevo polémico) clip de su futuro éxito “Justify my love”.
Pero el documental no fue sólo un elemento de promoción de Madonna o de su gira. El discurso que Madonna mantiene durante el mismo en defensa de la homosexualidad, de la libertad sexual, de la visibilización de los gays y de la no estigmatización de la enfermedad del VIH tuvieron una considerable importancia a nivel social y parece ser que la actitud desinhibida de los, entonces desconocidos, bailarines al relacionarse entre ellos y con el mundo, y al hablar de su sexualidad y de sus sentimientos fue muy importante para mucha gente, que incluso ha confesado que la primera vez que vio a dos hombres besarse en la boca en una pantalla de cine dentro de una película de no ficción fue cuando Gabriel Trupin y Salim Gauwloos lo hicieron en una célebre escena del documental.
A pesar de todo ello, o quizá por esto, no estuvo exento de polémica (es Madonna en estado puro) y en el año posterior a su estreno, en 1992, tres de los bailarines (Oliver Crume, Kevin Stea y Gabriel Trupin) presentaron una querella en contra de Madonna porque, según ellos, “la cantante había invadido la privacidad de sus bailarines durante la filmación del documental, y se había beneficiado a través del fraude y/o el engaño, la tergiversación, la supresión deliberada de la verdad y la imposición intencionada de angustia emocional”. Según fuentes de la época, alguno de los bailarines había desvelado su homosexualidad ante las cámaras sin pensar que la grabación se difundiría masivamente en cines.
Esta larga introducción es necesaria para entender el porqué y la importancia  de “Strike a Pose”, ya que todo esto que acabo de relatar está contenido a su vez en el documental al que dio origen “Madonna: Truth or Dare”, cuando los directores Ester Gould y Reijer Zwann se preguntaron en 2013, veintitantos años después, qué habría sido de aquellos bailarines que se convirtieron en fugaces celebridades al haberse asociado su nombre al de la reina del pop, pero que después de un tiempo habían desaparecido por completo de la primera línea en la que les situó la gira y el documental.
Según los propios directores han confesado, internet fue un instrumento indispensable para ir localizándolos poco a poco y una vez puesto en marcha el proyecto estuvieron tres años (“Strike a Pose” se estrenó en 2016) viajando por distintas ciudades de Estados Unidos entrevistándose con los bailarines y algunos miembros de sus familias, como es el caso de la mamá de José Gutiérez y de la de Gabriel Trupin (éste último falleció en 1995 a causa del VIH que padecía).
Lo interesante de “Strike a Pose”, tal vez en contraposición a su antecesor, es que está libre de cualquier artificio u ornamento. Aquellos bailarines en un tiempo jóvenes, bellos, audaces y soberbios se muestran esta vez tal y como son en la actualidad, sin maquillaje y abriéndose en canal, totalmente sinceros en sus reflexiones sobre Madonna, sobre lo que aquella magnífica gira significó para ellos, narrando cómo la fama se les subió a la cabeza, o sus problemas con las drogas (es el caso de Luis Camacho), o cómo lidiaron y lidian con la enfermedad y sus adicciones, e incluso uno de ellos (Salim Gauwloos) se atreve a confesar abiertamente, y por primera vez en público, que padece VIH.
Es realmente emocionante comprobar que las bellas estatuas con las que Madonna se contoneaba en el escenario durante su gira hace veinticinco años se han transformado en unos seres humanos llenos de sabiduría y empatía después del duro camino recorrido. En realidad todos ellos son supervivientes de esto que llamamos vida y es de agradecer que compartan su experiencia sin complejos y con tanta sinceridad.
Como broche de oro a “Strike a Pose” (célebre máxima del tema “Vogue” y curioso título para un documental en el que no hay una sola pose por parte de sus protagonistas) me quedo con la respuesta de Salim Gauwloos cuando le preguntan qué ha aprendido él después de todo el camino recorrido, a lo que éste responde: “He aprendido a no juzgar”.







LA CARRETERA, DE JOHN HILLCOAT


Esta excelente película fue dirigida en el año 2009 por el franco-canadiense John Hillcoat (que venía del mundo de la dirección del clip musical, habiendo trabajado con artistas de la talla de Bob Dylan, Placebo, Suede, Elvis Costello o Depeche Mode) y tiene el mérito de ser, hasta el momento, la mejor adaptación de una de las más populares novelas de Cormac McCarthy (autor también de, entre otras, dos novelas con sendas adpataciones cinematográficas: “Todos los caballos bellos” y “No es país para viejos”).

El libro en cuestión, de título homónimo (en su idioma original “The Road”), es un estremecedor relato post apocalíptico en el que, diez años después de un desastre natural que ha destruido el mundo tal y como lo conocemos actualmente, y con la población humana considerablemente diezmada, un padre y un hijo atraviesan Estados Unidos de costa a costa intentando sobrevivir en pos de un lugar en el que encontrarse con personas buenas, como ellos, y un posible futuro a ese mundo sin futuro aparente.
Hay que decir que “La Carretera” es una adaptación totalmente fiel al texto literario, con el que se toma alguna leve licencia que no quiero nombrar por no caer en spoiler, y que Hillcoat consigue de forma asombrosa plasmar en imágenes el horror y la desesperanza que McCarthy transmite en su novela, que fue publicada en 2006 y ganó el Premio Pullitzer de ficción al año siguiente.
A ello no son ajenos los actores del filme, tanto los protagonistas Viggo Mortensen, el padre, y Koddi Smit-McPhee, el hijo, como los secundarios que van apareciendo durante su terrible travesía, como Robert Duvall y Guy Pearce; magníficos. También es definitiva la fotografía, a cargo del internacional guipuzcoano Javier Aguirresarobe, y, por supuesto, la partitura musical ideada por Nick Cave y Warren Ellis.
Todas estas piezas conforman una soberbia película que, inexplicablemente, fue ignorada por la academia de Hollywood para optar a los premios Oscar del momento; ni siquiera fue nominada en ninguna categoría. Pero sí fue reconocida por la crítica y Viggo Mortensen y Javier Aguirresarobe ganaron sendos premios en los festivales de Utah Film Critics Association y San Diego Film Critics Society, respectivamente.
A pesar de que algunas voces la tildaron de monótona y aburrida, “The Road” compone un relato de un futuro pesimista y oscuro que, sin embargo, no parece tan lejano ni tan desacertado si seguimos tratando a la Tierra y sus recursos de la forma que lo estamos haciendo. La acogida de la crítica especializada fue muy positiva, reconociéndola como una gran película, así como el soberbio trabajo interpretativo y de puesta en escena.
Yo destacaría, por encima de todo, el personaje que compone Viggo Mortensen en el que, para mí y hasta el momento, es su mejor papel. Consigue transformarse en el personaje incluso a nivel físico (se quedó en los huesos para dar veracidad a ese hombre que sólo piensa en proteger a su hijo y comer. Y te lo crees sólo mirándolo). Y también el recurso de los flash-back que utiliza el director para mostrarnos que antes de ese mundo gris y lleno de ceniza y crueles caníbales, hubo otro, el nuestro, en el que Viggo Mortensen era feliz junto a su mujer (perfecta, como siempre, e intensa Charlize Theron, en un papel breve pero necesario para entender la historia).
En definitiva, una película que narra una historia ficticia, pero que bien podría ser una predicción. Es tan real que da miedo.



BOYHOOD, DE RICHARD LINKLATER


A pesar de la publicidad que recibió esta película en el momento de su estreno, con grandes frases tipo “obra magna de Richard Linklater” o “película sin precedentes, descomunal, inquietante y conmovedora”, “Boyhood es una de las películas más sencillas que he visto. Su argumento es, simplemente, la vida cotidiana de una familia a través de los años.
La particularidad del director fue utilizar al mismo equipo de actores para rodar las vicisitudes de los personajes. Así que empezó a rodar la película en el año 2002 y la acabó doce años después,  estrenándola en 2014.

La verdad es que “Boyhood” no es el primer experimento cinematográfico de su director. Richard Linklater ya nos tenía acostumbrados a este tipo de juegos temporales con la trilogía de culto (que muchos consideran su auténtica obra maestra) “Antes del amanecer” (1995), “Antes del atardecer” (2004) y “Antes del anochecer” (2013), que cuenta la evolución de un hombre y una mujer que empiezan una relación durante un viaje cuando son unos jóvenes recién salidos de la adolescencia, y que se prolongará de forma intermitente durante casi veinte años. Linklater utilizó en estas películas a los mismos actores protagonistas, Ethan Hawke y la francesa Julie Delpy. Algo parecido hizo también en aquel tiempo el francés Cédric Klapisch con “Una casa de locos” (2002), “Las muñecas rusas” (2005) y “Nueva vida en Nueva York” (2013), en las que siguió las vicisitudes de los mismos personajes durante once años.
Pero la verdad es que “Boyhood” es algo único y su originalidad arrasó en todos los festivales en los que se presentó y obtuvo críticas excelentes, convirtiéndose casi instantáneamente en un moderno film de culto.
Aparte de lo novedoso de su filmación, el éxito de la película es indisociable del buen trabajo de sus actores, todos bendecidos, por lo menos en este film, con el don de la naturalidad, empezando por el niño protagonista (Ellar Coltrane), el auténtico hilo conductor de la cinta,  y la que hace de su hermana en la ficción (Lorelei Linklater, hija del director), sin olvidarnos de los excelentes Ethan Hawke (actor fetiche de Linklater) y Patricia Arquette, que interpretan a los padres de ambos.
Pero como todo lo que sube baja, el paso del tiempo ha puesto a esta película en su sitio y la naturalidad y sencillez en cuanto al guion que dejó a los críticos tan sorprendidos en su día se ha vuelto hoy en contra de “Boyhood” y se han alzado voces que la acusan de “demasiada sencillez” y de que “en realidad no pasa nada”, y que “Linklater había desprovechado” el ingente material rodado durante esos doce años en los que tuvo el privilegio de contar con los mismos actores para dar forma a su historia.
La realidad es que muchas de esas voces dicen la verdad. En “Boyhood” no hay grandes dramas, ni sustos, ni persecuciones, ni asesinatos, ni golpes de efecto… Pero esa es su magia, precisamente. Es una película que lo único que pretende es acercarnos a la vida de los miembros de una familia y las personas que se interrelacionan con ellos a lo largo de doce años de su vida, con sus momentos alegres, tristes, dramáticos o hilarantes. Vamos, la vida en estado puro. Pero Linklater no pretende enganchar a ningún espectador ni atraer a nadie en especial. Él ha filmado esta historia (de la cual firma también el guion y la producción) y ha condensado todo ese material en 159 minutos que a mí me parecen cine en estado puro.
“Boyhood” emocionará a todos aquello y aquellas a los que les guste salir del cine sintiendo que no sólo se han evadido por unas horas de su realidad, o pasado un buen rato. Cuando yo acabé de  verla pensé  que Linklater me había emocionado profundamente. ¿Qué mejor que eso?



UN FELIZ ACONTECIMIENTO, DE REMI BEZANÇON


Esta comedia tiene ya siete años, pero sigue estando de máxima actualidad porque toca un tema ya conocido con el que es fácil identificarse: cómo la llegada de una criatura cambia la vida de una pareja. Y hablando de progenitores primerizos aprovecho para recomendaros la serie de Movistar+ “Mira lo que has hecho”, protagonizada por Berto Romero, uno de los últimos en acercarse a esa circunstancia también desde el humor.

Hay que reconocer que “Un feliz acontecimiento”, estrenada tres años después del primer gran éxito de su director, el francés Remi Bezançon, “El primer día del resto de mi vida”, va un poco más allá que otras producciones (no es el caso de la serie de Berto Romero; nadan en las mismas aguas). Además de narrar los cambios que se producen en una pareja tras la llegada de un primer hijo, el filme aborda sin complejos y con ánimo de desmitificar algunas de las ideas que se asocian a lo que es para nuestra cultura occidental una maternidad (y paternidad) responsable, como podrían ser el parto natural, la lactancia o la primera educación del bebé.
Louise Bourgoin y Pio Marmaï son los encargados de dar vida a Bárbara y Nicolás, una pareja guapa, joven e inteligente que se enamoran locamente y tras un corto periodo de vida en común deciden ampliar la familia. No saben lo que les espera… Remi Bezançon pasa a describir entonces toda una serie de vivencias por las que todo el que ha tenido un bebé ha pasado, y lo hace de tal manera que conecta directamente con el espectador aunque no sea madre o padre. Al fin y al cabo todos hemos sabido de esas situaciones por familiares o amigos. Y la mayoría de ellas hemos superado aliviados por no ser parte activa. Ya me entendéis…
También asistimos a la intromisión en la vida de la joven pareja de sus madres que, en teoría, están ahí para ayudar. Destaca el trabajo de la gran Josiane Balasko, camaleónica actriz que en el estado español se hizo popular al interpretar a una lesbiana en “Felpudo maldito”, junto a nuestra Victoria Abril. En “Un feliz acontecimiento” compone el retrato de la “desnaturalizada” madre de Bárbara, una mujer irónica y libre por la que es imposible no sentir simpatía. Su hija y su yerno demuestran ser mil veces más carcas y convencionales que ella, pese a su juventud.
La película entronca también con corrientes de opinión recientes, como las propagadas por la periodista Samanta Villar o la escritora Lucía Etxebarría, que son grandes defensoras de desmitificar a la maternidad y las consecuencias de ésta, ya que consideran que se suele ofrecer casi siempre una visión idealizada del hecho de ser madre. Aunque sea en clave de humor, está bien que se ponga el dedo en la llaga de ciertas situaciones y que esto lleve a la reflexión y provoque debate. Como dijo Samanta Villar en una entrevista: “No se ha contado todo, sólo la parte bonita de la experiencia maternal”.

EL MILAGRO DE HENRY POOLE, DE MARK PELLINGTON


Esta pequeña película del año 2008 es, en mi opinión, el mejor trabajo interpretativo de Luke Wilson hasta el momento. El actor, hermano de los también actores Owen y Andrew Wilson, realiza aquí una buena labor interpretativa para la que resultan ideales ese inexpresividad y cierta actitud pasota que a veces se le ha reprochado en sus trabajos.

A pesar de que en su momento obtuvo unos pobres resultados de taquilla y fue vapuleada por los críticos, a mí me parece que “El milagro de Henry Poole” (prefiero el título original “Henry Poole is here”) es una película más que correcta que nos habla de la situación personal de un hombre gravemente enfermo, Henry Poole (Luke Wilson), que vuelve al barrio de clase media de Los Angeles en el que creció para recluirse dentro de una casa destartalada que acaba de comprar para ese fin. Pero muchas veces la vida no ocurre tal y como la planificamos y en una de las paredes de su casa aparecen unas extrañas manchas que son calificadas por su vecina Hope (la actriz mexicana Adriana Barraza, a la que hemos visto en “Amores perros” y “Babel”) como un milagro. Otra de sus vecinas y su hija (Radha Mitchell y la entonces niña Morgan Lily, de lo mejor del filme) también serán definitivas para hacer que Henry despierte de su letargo autodestructivo y vuelva a creer en algo.
Es cierto que el guion de la película es bastante previsible y que podría ser una de esos telefilmes de televisión de las tardes de domingo, pero hay algo en ella que me conmueve y, en cuanto a su fotografía y puesta en escena, se nota que su director proviene del mundo de los videoclips. No en vano, Mark Pellington (responsable también de éxitos como “Mothman, la última profecía”, con Richard Gere y la inquietante “Arlington Road”, con Tim Robbins y Jeff Bridges) tiene tras de sí una dilatada trayectoria como director de los clips musicales de artistas como Pearl Jam, INXS, Bruce Springsteen, Moby, Keane o Michael Jackson. Así que sabe cuándo es conveniente mostrar un primer plano, o añadir una melodía determinada para que realce las imágenes.
A pesar de lo negativo que se pueda decir (y que se ha dicho) de “El milagro de Henry Poole”, la historia es entretenida, las interpretaciones son más que correctas y totalmente creíbles y, en mi caso, consiguió mantenerme pegado a la pantalla para ver qué sucedía con la surrealista situación que se desencadena en el jardín de la casa de Henry.
Además, la película está llena de simbolismos y Pellington construye relaciones explícitas entre la fe religiosa y la fe en la vida que Henry Poole ha perdido (en parte comprensible, porque se ha enterado de que ya le queda poca), y los nombres de algunos personajes, como la vecina Hope (Esperanza) y la dependienta del supermercado Patience (Paciencia). Ambas serán algunas de las beneficiarias del milagro al que hace referencia el título.
En definitiva, considero que “El milagro de Henry Poole” es una película familiar e inspiradora que habla de temas como la bondad, la tolerancia y que se sirve de la metáfora de la fe religiosa para hablar de la recuperación de las ganas de vivir y la fe en la vida. Es una de esas historias amables que te dejan un buen sabor de boca.

BUSCANDO UN BESO A MEDIANOCHE, DE ALEX HOLDRIDGE


Este 2018 se cumplen diez años del estreno de esta sencilla película independiente del director Alex Holdridge, digna heredera del cine “indie” de los 90 y que arrasó en una veintena de festivales, incluido el de Gijón, consiguiendo también el Premio John Cassavetes del año 2009.
A pesar de estar rodada en glorioso blanco y negro (aunque en la posterior edición en DVD coleccionista se incluía la versión rodada en color de la cinta como extra), "Buscando un beso a medianoche” está en cierta manera emparentada también con las películas (ya consideradas de culto) de Richard Linklater “Antes del amanecer” y “Antes del atardecer”, rodadas en 1995 y 2004 respectivamente, y también con la relativamente reciente “Antes de que te vayas” (dirigida por el actor Chris Evans en 2014). Y es que realmente tienen mucho en común estas historias que hablan de la aventura del conocimiento y la seducción entre un hombre y una mujer que sucede a lo largo de una noche en medio del ajetreo (o la calma en algún caso) típicamente nocturno de una gran ciudad.
Así como Linklater rodó sus historias siempre con el mismo equipo actoral, al director oriundo de Atlanta Alex Holdriege le ocurre lo mismo. Para ésta su tercera película volvió a contar con los actores de sus otras dos cintas (los texanos Scoot McNairy y Sara Simmonds) y él mismo declaró en alguna entrevista que escribió la historia de “Buscando un beso a medianoche” pensando en Simmonds como actriz protagonista.

El principio de la película no puede ser más prometedor: Wilson es un escritor en la treintena que, proveniente de Texas, vive en Los Angeles sin conseguir el gran éxito que esperaba y recién abandonado por su novia. Animado por su compañero de piso pone un anuncio buscando una cita con alguna chica. Vivian responde al anuncio y quedan justamente la noche de fin de año para conocerse. Pero ambos no pueden ser más diferentes, y la ciudad de Los Angeles es el escenario ideal para encontrarse (y desencontrarse) a lo largo de esa noche tan especial.
Al visionar la película no puedes evitar sentir cierta nostalgia por esa época en la que, ingenuamente, pensabas que cualquier cosa podía suceder por la noche, incluso sentir una brutal conexión con alguien a quien acabas de conocer, que es un poco lo que les pasa a los protagonistas. En apenas noventa minutos de película asistimos a la evolución de unos personajes que se nos presentan al principio de una manera para conseguir, al final, que hayamos cambiado por completo nuestra percepción de sus personalidades. Esto no es fruto de la casualidad, sino de un sólido guion lleno de diálogos inteligentes y giros que dibujan unos personajes a los que los actores dotan de vida propia y que nos mantienen pegados a la butaca, en completa identificación con sus, a veces un poco surrealistas, situaciones y vicisitudes nocturnas.
Además del buen guion y el excelente trabajo de la pareja protagonista (y los excelentes secundarios, también muy importantes en la historia) es muy de agradecer que el director haya decidido mostrar y fotografíar a la ciudad de Los Angeles de una forma poco habitual, huyendo de los tópicos escenarios cinematográficos a los que estamos acostumbrados. Y una última recomendación: si es posible intentad ver la película en su versión original.

THE NEON DEMON, DE NICOLAS WINDING REFN


Esta película, del realizador danés Nicolas Winding Refn (director también de la aclamada “Drive” y de la irregular “Sólo Dios perdona”), es una auténtica descarga para los sentidos y las conciencias, y ocurre los mismo que con las anteriores películas de Winding Refn: o te fascina o la detestas, ya desde el primer momento. Es un revulsivo necesario que arrasó en el Festival de Cannes y el de Cine de Terror de Sitges del año pasado y llegó a ser candidata un premio Goya como mejor película europea del 2017.

“The Neon Demon” es una reflexión sobre la belleza efímera, la ambición, la pureza, la envidia, la soberbia,…, es decir, sobre el ser humano, a través del hilo conductor de una joven de dieciséis años, Jesse (Ella Fanning), que llega a Los Ángeles para triunfar como modelo. En esa ciudad inmensa llena de esperanzas y sueños rotos se encuentra pronto, gracias a su belleza e inocencia, sumergida en el difícil y despiadado mundo de la moda, en el que conocerá a una inquietante maquilladora (Jena Malone) y a dos competitivas modelos (Bella Hethcote y Abbey Lee) que serán cruciales en su vida.
La historia y el guion son del propio director (éste coescrito junto a Polly Stenham y Mary Laws), que, con la ayuda de la pictórica fotografía de Natasha Braier y la electrónica banda sonora de Cliff Martinez, convierte a “The Neon Demon” en un perfecto cuento de terror contemporáneo en toda regla, con una dulce e inocente heroína (Jesse), un ogro (el personaje del dueño del motel en el que se aloja la protagonista, interpretado por Keanu Reeves), una especie de protectora/hada madrina (la maquilladora) y dos envidiosas hermanastras (las veteranas modelos).
Sin embargo, a pesar de lo sencillo y previsible de su planteamiento, la película genera desde la primera escena una incómoda sensación y un presagio de que algo terrible puede pasar en cualquier momento. Vamos, que desde el principio se masca la tragedia. Elle Fanning resulta tan deliciosa e inocente que no puedes evitar pensar por dónde le vendrá el golpe cuando llega a Los Ángeles con su melena al viento y sus vestidos de flores, como recién llegada de un cásting de “La casa de la pradera”. ¡Casi se puede oler el jabón de Marsella con el que ha sido lavada su ropa!
Pero en “The Neon Demon” nada es casual. Las sesiones de fotos en la que participa Jesse, las miradas y los gestos de la maquilladora de la que se hace amiga y que parece ser que la protege y será su guía en esa selva sin piedad que es el mundo de la moda, la booker que la contrata (perfecta Christina Hendricks, la inolvidable Srta. Holloway de “Mad Men”, en un papel que parece una prolongación del que interpretaba en la serie) y que la obliga a mentir sobre su edad, el fotógrafo que la obliga a desnudarse en su primera sesión de fotos importante, y, sobre todo, las miradas y la actitud de sus colegas de profesión para las que Jesse representa una seria amenaza… Todo es tan inquietante, tan claramente ambiguo, tan fríamente terrorífico que no podía acabar de otra manera que con ese final irreverente, de un humor negro corrosivo e incómodo que te reafirma en tu primera impresión. Todo es tan excesivo en esta película que, como decía al principio, la amas o la odias. No hay término medio.



VERANO EN BROOKLYN, DE IRA SACHS

El director Ira Sachs, originario de Memphis, consiguió con esta deliciosa e intimista película, arrasar en el Festival de Sundance e incl...