Corría el año 1990 y Madonna emprendía su
gira más ambiciosa y también la que, con el tiempo, ha resultado la más
mediática y polémica, “The Blond Ambition World Tour”. El nombre ya era toda
una declaración de principios de La Ambición Rubia. Durante cinco meses, la
cantante, ya una megaestrella de sólo treinta y dos años, emprendía su tercera
gira mundial empezando con un concierto en China y girando alrededor del
planeta con ese poder de convocatoria sin límite del que, en aquel momento pre
internet y redes sociales, sólo disfrutaban ella misma, Los Stones, Prince o
Michael Jackson.
De esa larga gira nació un documental
grabado por el cineasta independiente Alek Keshishian que se estrenó en 1991 y
consiguió ser una herramienta de promoción perfecta en ese juego del auto
marketing que Madonna domina tan bien. A pesar de que el título original era
“Madonna: Truth or Dare” en alusión al popular juego “Verdad o Trato”, en los
países de habla hispana lo conocimos por el desafortunado título “En la cama
con Madonna”, insistiendo en ese lado provocativo que siempre se ha asociado
con ella. Por muy surrealista que pueda parecer, se dio el caso de alguna
persona que acudió a la sala de cine pensando que iba a ver una película de
Madonna subidita de tono. ¡Vaya chasco!
El caso es que la gira, y sobre todo el
documental, dieron a conocer los entresijos de la cotidianidad de Madonna y su
equipo durante un tour y convirtió en (fugaces) celebridades a su cuerpo de
baile, formado por siete carismáticos profesionales de la danza: Luis Camacho, Oliver Crumes,
Salim Gauwloos, José Gutiérez, Kevin Stea, Gabriel Trupin y Carlton Wilborn.
En “Madonna: Truth or Dare” pudimos ver a Madonna inter
relacionándose con sus bailarines (entonces unos chavales que rondaban la
veintena), cual mamma italiana. La diva los cuida, los abraza, los besa, les
hace confidencias, los reta a besarse entre ellos, y también, como buena diva/jefa
que se precie, les exige lo máximo en el escenario. Esos bailarines son los
mismos protagonistas de su vídeo clip “Vogue” y uno de ellos, José Gutiérez,
sería posteriormente el protagonista del (de nuevo polémico) clip de su futuro
éxito “Justify my love”.
Pero el documental no fue sólo un elemento de promoción de Madonna
o de su gira. El discurso que Madonna mantiene durante el mismo en defensa de
la homosexualidad, de la libertad sexual, de la visibilización de los gays y de
la no estigmatización de la enfermedad del VIH tuvieron una considerable
importancia a nivel social y parece ser que la actitud desinhibida de los,
entonces desconocidos, bailarines al relacionarse entre ellos y con el mundo, y
al hablar de su sexualidad y de sus sentimientos fue muy importante para mucha
gente, que incluso ha confesado que la primera vez que vio a dos hombres
besarse en la boca en una pantalla de cine dentro de una película de no ficción
fue cuando Gabriel Trupin y Salim Gauwloos lo hicieron en una célebre escena
del documental.
A pesar de todo ello, o quizá por esto, no estuvo exento de
polémica (es Madonna en estado puro) y en el año posterior a su estreno, en
1992, tres de los bailarines (Oliver Crume, Kevin Stea y Gabriel Trupin) presentaron
una querella en contra de Madonna porque, según ellos, “la cantante había invadido la privacidad de sus bailarines durante la
filmación del documental, y se había beneficiado a través del fraude y/o el
engaño, la tergiversación, la supresión deliberada de la verdad y la imposición
intencionada de angustia emocional”. Según fuentes de la época, alguno de los
bailarines había desvelado su homosexualidad ante las cámaras sin pensar que la
grabación se difundiría masivamente en cines.
Esta larga
introducción es necesaria para entender el porqué y la importancia de “Strike a Pose”, ya que todo esto que acabo
de relatar está contenido a su vez en el documental al que dio origen “Madonna:
Truth or Dare”, cuando los directores Ester Gould y Reijer Zwann se preguntaron
en 2013, veintitantos años después, qué habría sido de aquellos bailarines que
se convirtieron en fugaces celebridades al haberse asociado su nombre al de la
reina del pop, pero que después de un tiempo habían desaparecido por completo
de la primera línea en la que les situó la gira y el documental.
Según los
propios directores han confesado, internet fue un instrumento indispensable
para ir localizándolos poco a poco y una vez puesto en marcha el proyecto
estuvieron tres años (“Strike a Pose” se estrenó en 2016) viajando por
distintas ciudades de Estados Unidos entrevistándose con los bailarines y
algunos miembros de sus familias, como es el caso de la mamá de José Gutiérez y
de la de Gabriel Trupin (éste último falleció en 1995 a causa del VIH que
padecía).
Lo interesante
de “Strike a Pose”, tal vez en contraposición a su antecesor, es que está libre
de cualquier artificio u ornamento. Aquellos bailarines en un tiempo jóvenes,
bellos, audaces y soberbios se muestran esta vez tal y como son en la
actualidad, sin maquillaje y abriéndose en canal, totalmente sinceros en sus
reflexiones sobre Madonna, sobre lo que aquella magnífica gira significó para
ellos, narrando cómo la fama se les subió a la cabeza, o sus problemas con las
drogas (es el caso de Luis Camacho), o cómo lidiaron y lidian con la enfermedad
y sus adicciones, e incluso uno de ellos (Salim Gauwloos) se atreve a confesar
abiertamente, y por primera vez en público, que padece VIH.
Es realmente
emocionante comprobar que las bellas estatuas con las que Madonna se contoneaba
en el escenario durante su gira hace veinticinco años se han transformado en unos
seres humanos llenos de sabiduría y empatía después del duro camino recorrido.
En realidad todos ellos son supervivientes de esto que llamamos vida y es de
agradecer que compartan su experiencia sin complejos y con tanta sinceridad.
Como broche de
oro a “Strike a Pose” (célebre máxima del tema “Vogue” y curioso título para un
documental en el que no hay una sola pose por parte de sus protagonistas) me
quedo con la respuesta de Salim Gauwloos cuando le preguntan qué ha aprendido
él después de todo el camino recorrido, a lo que éste responde: “He aprendido a
no juzgar”.

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