martes, 25 de febrero de 2020

ANATOMÍA DEL INFIERNO, DE CATHERINE BREILLAT


Cuando cayó en mis manos la edición francesa del dvd de “Anatomía del infierno” lo primero que llamó mi atención fue el sugerente título y uno de sus intérpretes, cuyo nombre aparecía en la carátula: Rocco Siffredi, el actor de películas pornográficas. En la foto de la carátula aparecía junto a él una bella mujer desnuda, la actriz y modelo anglo/francesa Amira Casar. Y también pude observar que la película había sido dirigida en el año 2004 por una mujer, Catherine Breillat, una reconocida directora francesa especializada en cine documental sobre sexualidad y problemas de género. Me quedó claro entonces que no estaba ante una película porno, pero que la mezcla explosiva de Rocco Siffredi (sexo), Amira Casar (fue descubierta por Helmut Newton a los catorce años en una playa de La Costa Azul por el fotógrafo Helmut Newton. Es decir, sexo de nuevo) y Catherine Breillat (autora de documentales sobre sexualidad y género) iba a dar como resultado una película en la que el sexo tendría un papel importante.

Al llegar a casa me dispuse a disfrutar de la película con la mente abierta y con los menos prejuicios posibles. Y lo primero que aparece en la pantalla antes de los títulos de crédito o cualquier escena es un párrafo de apenas tres líneas sobre un fondo negrísimo. Leo una declaración, que supongo es de la directora del filme, en el que, resumiendo, se advierte al espectador/a de que el cine construye un espacio ficcional y que el cuerpo de la actriz de la película es sustituido por el de una doble en las escenas de intimidad sexual.
Ante esto ya no me queda ninguna duda de lo que voy a ver en los próximos casi ochenta minutos de película, pero tengo que decir que la realidad superó mis expectativas.
Después de la declaración de intenciones de la que he hablado antes, la película nos sitúa dentro de una discoteca de ambiente gay. Entre los hombres que bailan sudorosos y alguna que otra escena de sexo explícito, destaca la figura de una bella mujer (Amira Casar) que los observa desde un rincón de la sala, con semblante serio. Su mirada puede expresar muchas emociones, pero su actitud corporal es desafiante y abatida a la vez mientras deambula por la discoteca chocando con los cuerpos de los hombres mientras se dirige a los lavabos, cruzándose con el personaje que interpreta Rocco Siffredi. En la siguiente escena vemos a la mujer cortándose las venas de la muñeca izquierda con una cuchilla, hasta que la entrada del hombre en el retrete le impide continuar con el que parece que es su propósito de suicidarse. A partir de este momento la mujer inicia una extraña relación con el hombre, al que paga para que la observe (y a veces interactúe con ella) en actos de su intimidad física y sexual, iniciando ambos un camino en el que irán creando y destruyendo vínculos como una especie de terapia en la que son capaces de experimentar sus deseos y perversiones llevando este experimento al límite.
“Anatomía del infierno” es una película en la que casi no hay diálogos. Las impactantes imágenes son lo suficientemente poderosas para transmitir el mensaje que Catherine Breillart quiere trasladar al espectador/a. Son imágenes crudas la mayoría de las veces, pero llenas de belleza y poesía en torno a la desnudez, el sexo explícito y la sangre. La fotografía es tan pictórica que a veces parece un cuadro de Caravaggio en el que resalta la sensual belleza marmórea del cuerpo de Amira Casar. En realidad, todas los elementos que desfilan por la pantalla son igual de importantes, tanto la desnudez de Rocco Siffredi como la acuosa y profunda mirada de Casar, así como la sangre y los planos cerrados del sexo de los actores. Todos ellos son los protagonistas de esta transgresora reflexión de Catherine Breillat sobre los sentimientos, el sexo, el apego, la sumisión, las relaciones sexuales entre hombres y mujeres o el voyeurismo, por nombrar algunos de los temas que la directora parisina se atreve a poner sobre el tapete para explicar y entender mejor el mundo interno (no sólo en el plano sexual) de las personas sin miedo a recibir duras críticas o herir sensibilidades. De hecho, como vaticinó Catherine Breillat en alguna entrevista para la prensa francesa, su “Anatomía del infierno” consiguió tanto lo uno como lo otro.

SIN LÍMITES, DE NEIL BURGER


“Sin límites” es una película del año 2011 protagonizada por un Bradley Cooper convertido ya en toda una estrella después de haber protagonizado la taquillera “Resacón en Las Vegas” y su secuela. Está dirigida por Neil Burger, un director no demasiado conocido, que había firmado anteriormente “El ilusionista” y que tres años más tarde dirigiría la primera de las películas de la saga “Divergente”.
En realidad “Sin límites” (que es la adaptación de la novela “The dark fields”, de Alan Glynn, un libro que sin dejar de tener forma de best seller es bastante superior en cuanto a contenido a su adaptación cinematográfica) no pasa de ser una más de esas películas fantacientíficas, aunque con una factura excelente y un elenco de populares (y en ocasiones solventes) actores que dan brillo a la producción. En la película que nos ocupa, el grueso de la responsabilidad recala en los fornidos hombros de Cooper y un desganado Robert De Niro le da la réplica en algunas escenas. Les acompaña la actriz australiana Abbie Cornish, que dos años antes había protagonizado la cinta de Jane Campion “Bright Star”.

“Sin límites” aparece en este blog porque, a pesar de sus defectos formales y de guión (que los tiene, crítica que no se le puede hacer a la novela) me parece una buena película dentro de su género de películas que yo llamo (con todos mis respetos a los frutos secos) “palomiteras”.
El inicio del filme no puede ser más prometedor: Bradley Cooper es Eddie Morra, un aspirante a escritor que sufre un bloqueo crónico a la hora de crear una novela en la que lleva atascado años. Su vida es un desastre e incluso su novia, harta ya de su actitud de perdedor, termina por abandonarle. Pero un día, un encuentro fortuito con un antiguo cuñado al que no ve hace años va a darle un giro de 180 grados a su existencia. Su ex cuñado es un camello de poca monta que anda metido en la distribución de una nueva droga de diseño llamada NZT y le da una pastilla a Eddie para que la pruebe. Éste lo hace y comprueba cómo esa droga revolucionaria en fase de experimentación le permite aprovechar todo su potencial cognitivo. Puede aprovechar todo lo que ha visto, oído o leído, e incluso aprender un nuevo idioma con solo escucharlo. De hecho, es capaz de finalizar en pocas horas la novela que llevaba años sin acabar en su ordenado. Eddie consigue seguir tomando NZT y llega incluso a conquistar Wall Street, lo que hace que un magnate (Robert De Niro) se fije en él y le proponga formar parte de la fusión corporativa más importante de la historia. Pero, claro, Eddie no es el único que conoce y que necesita cada vez más NZT…
Como se ve, nada nuevo bajo el sol, y sin embargo “Sin límites” consigue mantenerte pegado a la pantalla, fantaseando con los efectos de esta droga revolucionaria en tu propia persona, como si de una vuelta a la infancia se tratara y te trasladases a ese cine de sesión continua cualquier tarde de sábado con una bolsa de palomitas en una mano y una chocolatina en la otra, dispuesto a dejarte seducir por cualquier fantasía que hiciera volar tu imaginación, sin fijarte demasiado en los fallos de guión o los saltos de raccord.
Bendita inocencia. Quién pudiera ser Eddie Morra por unas horas…

LO QUE QUEDA DEL DÍA, DE JAMES IVORY


Dicen que “Lo que queda del día” (filme basado en la novela del mismo título de japonés Kazuo Ishiguro, premio Nobel de Literatura en 2017 y residente en Gran Bretaña desde los años 60. Por lo tanto, no es de extrañar su alto conocimiento de las costumbres inglesas) es la mejor película de James Ivory, el más británico de todos los cineastas estadounidenses (sí, sí, es de la soleada California. Nació en Berkeley hace 89 años).

Cuando la estrenó ya había dirigido y triunfado con “Una habitación con vistas”, “Maurice” y “Regreso a Howards End”. Y con la muchos opinan que es su obra maestra arrasó en los Globos de Oro y los Oscar del año siguiente, con candidaturas en varias categorías aunque finalmente no ganó ningún premio. Tan solo Anthony Hopkins obtuvo el premio BAFTA.
Igualmente, “Lo que queda del día” fue un éxito de crítica y público y consiguió que el público se sumergiera por completo en esta melancólica y sutil  historia de un amor nunca consumado entre un mayordomo (Anthony Hopkins) y un ama de llaves (Emma Thompson) en el marco de una Inglaterra aristocrática y decadente a punto de sumergirse en la segunda guerra mundial. Emma Thompson y Anthony Hopkins están inmensos. Hay tal identificación entre personajes e intérpretes que parece que ambos hayan nacido para meterse en la piel del señor Stevens y la señorita Kenton.
De todas formas, “Lo que queda del día” no es sólo la historia de un amor no consumado (incluso no confesado o mostrado). Es mucho más que eso, pues el filme es también una perfecta radiografía de la alta sociedad británica de la primera mitad del siglo XX, y también del sistema de clases que se establecía dentro del personal que estaba al servicio de esa clase pudiente.
La novelista Ruth Prawer Jhabvala estuvo al frente del guión y consiguió trasladar con maestría el ritmo excepcional de la novela de Ishiguro al lenguaje cinematográfico. Quien haya leído el libro comprobará que esa excepcional narración llena de luces y sombras, de pensamientos no expresados, de miradas fugaces, de emociones contenidas y también de explosión de sentimientos, generalmente camuflados bajo la máscara de la educación y corrección social, aparecen también en la película de James Ivory. De hecho, son su seña de identidad.
Todo en “Lo que queda del día” roza la perfección, desde la elección del escenario (el bellísimo paisaje inglés y la mansión Darlington Hall, realmente un personaje más de la película), pasando por la fotografía (obra preciosista de Tony Pierce-Roberts) y el bellísimo diseño de producción (Luciana Arrighi, que reconstruye dos épocas pasadas diferentes). Incluso la música es un elemento imprescindible que dota de ritmo y acompaña la peripecia vital del mayordomo Stevens en busca de su pasado. Es obra de Richard Robbins, un habitual en el cine de Ivory, que compuso para el  filme una melancólica y evocadora banda sonora, complemento ideal para este magnífico tapiz que es “Lo que queda del día”.
En cuanto a los secundarios, James Ivory escogió a grandes actores para pequeños papeles en los que todos y cada uno de los intérpretes están excepcionales: James Fox (Lord Darlington, el patético y entrañable anfitrión de la mansión, que se atreve a aliarse con los nazis antes de la guerra), Christopher Reeve (como el político nuevo rico americano, práctico y un poco patán, que compra la mansión una vez acabada la guerra), Hugh Grant (como el sobrino de Lord Darlington) o Lena Headey (muy popular por “Juego de tronos”, y que aquí interpreta a la doncella Lizzie), sólo por nombrar algunos del fabuloso elenco de intérpretes.
De todas formas, después del visionado “Lo que queda del día” es inevitable sentir una profunda pesadumbre, una nostalgia por un pasado que ya no está, el del señor Stevens, y que pudo haber sido diferente si hubiera tenido el valor de seguir a sus sentimientos. En algún lugar he leído: “Hay que hacer algo con el presente antes de que se transforme en pasado”. No puede ser más verdad.

INTELIGENCIA ARTIFICIAL, DE STEVEN SPIELBERG


“Inteligencia Artificial” (o AI) es un proyecto largamente acariciado por Stanley Kubrick desde los años 70 (que incluso llegó a contratar como guionista al escritor Brian Aldiss, en cuyo relato corto “Los súperjuguetes duran todo el verano” se basó el guión de la película), en el que involucró en su momento a Steven Spielberg y que acabó dirigiendo únicamente este último, haciéndose cargo incluso del guión (era la segunda vez que firmaba un guión, después del de “Encuentros en la tercera fase”), veinte años después de que Kubrick le contactara.
Se estrenó en el año 2001 (justo al año en que Kubrick imaginó el futuro en su clásico) y desde entonces el mundo ha cambiado muchísimo. Era la época pre-internet, y todavía no existían las redes sociales, ni las plataformas on line de películas y series, ni todavía se había llevado a la pantalla la obra “Yo, robot” de Isaac Assimov, ni, por supuesto, nadie había oído hablar de “Wesworld”.


Así que en el momento de su exhibición, “Inteligencia Artificial” fue una película muy novedosa, que creó muchas expectativas y mucha leyenda a su alrededor, y más teniendo en cuenta  a los dos genios involucrados en su gestación.
La película muestra un mundo inundado por el deshielo de los polos, que el calentamiento global ha provocado, anegando costas y ciudades como Venecia, Amsterdam o Nueva York. Todo ello ha reducido drásticamente los recursos mundiales y ha cambiado la forma de vida de los humanos. Uno de los efectos más importante es que para poder reproducirse, los humanos necesitan permisos de natalidad, que son muy difíciles de conseguir. Unido a esto, se ha creado una clase de robots muy avanzada, llamados Mecas, capaces de emular pensamientos y emociones humanas. La empresa encargada de su fabricación, Cybertronics, ha desarrollado también un prototipo de Meca niño llamado David que aporta una novedad: es capaz de amar. Y le proponen a uno de sus trabajadores probar su creación en el seno de su familia, pues él y su mujer tienen un hijo en animación suspendida hasta que encuentren cura para la enfermedad que padece. A partir de la llegada de David al hogar de sus padres adoptivos los acontecimientos se suceden y la película pasa a combinar el relato de ciencia ficción con la epopeya de un niño-robot y su mascota (un osito de peluche también robótico) en pos de su humanidad y el amor de su mami, con continuas y claras referencias al “Pinocchio” de Carlo Collodi, con Hada Azul incluida y como parte fundamental de la historia.
A pesar de que en su momento no consiguió una buena recaudación en taquilla y de que obtuvo algunas críticas bastante negativas. “Inteligencia Artificial” es una magnífica película en la que se nota la impronta de las dos personalidades responsables de su filmación, aunque es imposible averiguar cuál podría haber sido la aportación personal de uno u otro al guión. El propio Steven Spielberg confesó en una entrevista posterior que muchos críticos se habían equivocado al asociar giros concretos del guión, o determindas escenas, o él o a Kubrick. De hecho, “los treinta o cuarenta primeros minutos de la película están filmados tal cual el guión de Stanley, así como los últimos veinte minutos. Y también la idea de Teddy, el osito de peluche que acompaña a David, era de Stanley”. Y la mayoría de los críticos pensaron que eran aportaciones de Steven Spielberg al guión original, por lo cual acusaron a la historia de tener pasajes demasiado azucarados o sentimentales, cosa que se suele atribuir en ocasiones al cine de Spielberg.
Sea como sea, a estas alturas “Inteligencia Artificial” está considerada ya como un clásico contemporáneo que trasciende la etiqueta de cine de ciencia ficción o futurista. Es simplemente una buena e interesante historia filmada de manera soberbia en la que todos los detalles están cuidados en extremo y de una manera intencionada (algo también habitual en el cine de los dos directores) con unos efectos digitales espectaculares a cargo de Industrial Light & Magic, que se ocupó del impecable diseño de los robots de la película. Además, Spielberg se rodeó de un excelente equipo de profesionales: la experta social en robótica Cynthia Breazeal como consultora técnica durante el rodaje, Bob Ringwood fue el diseñador de vestuario y responsable de escenarios como la Rouge City, y el reputado compositor John Williams creó una de las bandas sonoras más bellas de los últimos tiempos (aunque también una de sus composiciones más infravaloradas), llena de matices para acompañar las vicisitudes por las que atraviesa el protagonista durante el relato.
Mención aparte merece la interpretación de la entonces estrella infantil Haley Joel Osment. Recién salido de “El sexto sentido” (donde interpreta a otro niño inquietante), ejecuta aquí un gran trabajo como actor, lleno de sensibilidad y a la altura de las exigencias de su personaje, para dar vida a un niño robot que lo único que desea es ser un niño de verdad y que su mamá lo quiera. Lo acompañan en su aventura Frances O’Connor y Sam Robards como sus padres (también excelentes) y, sobre todo, Jude Law en el papel del Meca gigoló Joe. Al igual que hace Osment, Law se transmuta en un auténtico robot que, a veces, ni parpadea.
Por si todavía no habéis visto la película, y sin ánimo de destripar giros de guión, sólo comentaré sobre el final que fue otro de los motivos para las malas críticas por su aparente final feliz made in Hollywood, demasiado almibarado. Pero, en mi opinión, nada más lejos de la realidad. Creo que es uno de los finales felices más tristes de la historia del cine.
Como curiosidad, señalar que es la última gran producción de cine donde aún se pueden ver las Torres Gemelas del World Trace Center en Nueva York, incluso en un contexto de dos mil años en el futuro, debido a que su estreno en Estados Unidos fue el día 26 de junio, dos meses y medio antes de la destrucción de los edificios causada por los atentados del 11 de septiembre de 2001.

EN ALGÚN LUGAR DEL TIEMPO, DE JEANNOT SZWARC


Os quiero recomendar una pequeña película que descubrí siendo adolescente gracias a un pase por la televisión autonómica de Catalunya (TV3). Me cautivó ya durante su primera media hora por varias razones: su argumento (los viajes en el tiempo, tema que me fascina), uno de sus protagonistas (Christopher Reeve, mi Supermán favorito, en un papel lleno de encanto que le va como anillo al dedo) y la música (una preciosa y nostálgica partitura de John Barry combinada con  la variación XVIII: "Andante cantabile", de la Rapsodia sobre un tema de Paganini, op. 43, del compositor ruso Serguéi Rajmáninov, dirigida por el propio John Barry e interpretada al piano por Roger Williams). Así que “Somewhere in time” (ese es su título original, realmente respetado en su adaptación al castellano) pasó a ser una de mis películas románticas favoritas y, aunque sólo tuve ocasión de verla en aquella única ocasión, siempre guardé un buen recuerdo. Hace unos años se editó en formato DVD y, por supuesto, me la compré. Al volver a verla pude comprobar que no había envejecido nada mal y que conservaba toda aquella magia que yo recordaba, incluida la de su banda sonora.


“En algún lugar del tiempo” es una cinta dirigida en 1980 por el francés Jeannot Szwarc (dos de su películas más populares son “Tiburón 2” y “Supergirl”) y protagonizada por Christopher Reeve (dos años después de rodar “Supermán” y convertido ya en toda una estrella), Jane Seymour (entonces una actriz popular, aunque la fama mediática masiva le llegaría mucho después con la televisiva Doctora Quinn), Christopher Plummer (gran actor reconocido, popular por ser el patriarca de la mítica familia Von Trapp en “Sonrisas y Lágrimas”); y en papeles secundarios, aunque esenciales para la historia, Teresa Wright (actriz del Hollywood dorado dedicada por entonces a la televisión) y Susan French (interpretando al personaje de Jane Seymour en su vejez).
El guión de “En algún lugar del tiempo” corre a cargo del escritor y guionista de ciencia ficción y fantasía Richard Matheson y es una adaptación de su propia novela “Bid time return” (la traducción vendría a ser algo así como “Pide al tiempo que vuelva”), que había publicado cinco años antes. Basadas también en novelas de este autor ya fallecido son películas tan populares como “El increíble hombre menguante” o la reciente “Soy leyenda”, con Will Smith como protagonista, de la que se habían filmado anteriormente dos adaptaciones. Por cierto, de la segunda, realizada en los años 70 y protagonizada por Charlton Heston, Matheson no quería ni oír hablar. No ocurrió lo mismo con “En algún lugar del tiempo”, pues además de firmar el guión, Richard Matheson aparece haciendo un cameo como uno de los huéspedes del hotel en el que transcurre la romántica historia de Reeve y Seymour.
A pesar de ser una película modesta (su presupuesto inicial fue reducido a la mitad por un tema de huelga de actores, y en su estreno no obtuvo una buena recaudación y tampoco críticas demasiado favorables), “En algún lugar del tiempo” ha llegado a convertirse en una película de culto, con club de fans incluido (fundado en 1990)  y cuyos miembros celebran conmemoraciones periódicas del estreno del filme con visitas a los lugares emblemáticos de su rodaje, en las que se siguen implicando los actores, incluido Christopher Reeve hasta su fallecimiento en 2004, y a pesar del accidente que le dejó en silla de ruedas en 1995. Es tal el cariño que sienten los fans hacia el actor que en 1997 encabezaron el proyecto A Star For Christopher Reeve destinado a conseguir financiar una estrella para él en el paseo de la fama de Hollywood. Lo consiguieron y a la inauguración asistieron el propio actor con su familia acompañados por los fans y también Jane Seymour, que ofreció un pequeño y emotivo discurso hablando de por qué su compañero de “En algún lugar del tiempo” merecía aquella estrella.
En definitiva, yo creo que toda esta buena energía que parece ser que hubo durante el rodaje; esa armonía entre los actores (que se consolidó como gran amistad posteriormente), el director y el guionista, y el encanto de los lugares en los que se rodó, han hecho que esta sencilla historia de un amor que trasciende las leyes del tiempo se convierta en una película atemporal que conserva la autenticidad y el encanto de las historias confeccionadas con sentimiento.

EL PEQUEÑO PRINCIPE, DE STANLEY DONEN


Antes de nada, debo confesar que soy un gran admirador del clásico de la literatura “El Principito” de Antoine de Saint-Exupery. Es uno de esos libros que forma parte de mis imprescindibles y siempre hay un ejemplar (tengo varias ediciones) en mi mesilla de noche. Lo releo continuamente y siempre descubro y aprendo algo nuevo. Así que cualquier adaptación que se haga de él ya tiene mi simpatía y admiración, porque considero que es una obra muy difícil de adaptar al cine. Está plagado de simbología y esos oníricos escenarios que tan bien describe Saint-Exupery pueden resultar demasiado artificiosos o irreales plasmados en celuloide. Casi los veo más adecuados para los escenarios teatrales. Pero sea como sea, cualquier acercamiento (y más si es creativo) a este inmortal libro me parece que ayuda a la difusión de su mensaje y, seguramente, despertará el interés por conocer la obra original que lo inspiró.


Concretamente, esta adaptación al cine de 1974 es obra del director y productor Stanley Donen, reconocidísimo autor hollywoodiense responsable de clásicos musicales como “Un día en Nueva York”, “Cantando bajo la lluvia”, “Siete novias para siete hermanos” o “Una cara con ángel”. Y también director de una de mis películas favoritas y, en mi opinión, de una de las disecciones más certeras y realistas de la pareja, como es “Dos en la carretera”.
Pero vayamos a lo que nos ocupa. Esta adaptación de “El Principito” fue producida y dirigida por Donen y es un musical, con lo cual se riza el rizo de la dificultad y se compran más boletos para la rifa de los fracasos en taquilla. Y eso fue lo que sucedió, a pesar de que el director se rodeó de un gran equipo de profesionales: Alan Jay Lerner (se ocupó del guión y las letras de las canciones), Frederick Loewe (responsable de la música) y también de un eficiente elenco de actores para el reparto, entre los que se cuentan el genial Gene Wilder y Bob Fosse, interpretando al zorro y la serpiente respectivamente. Como dato curioso, señalar que el propio Bob Fosse (director de “Cabaret”, otro musical mítico) coreografió su número de baile personalmente. Para los personajes protagonistas del piloto y el pequeño principito, Stanley Donen eligió a Richard Kiley (un curtido actor norteamericano de teatro y cine famoso por haber sido Don Quijote en “El hombre de la Mancha”, en 1965 en Broadway) y al niño británico de ocho años Steven Warner, que venía de la publicidad y actualmente combina su trabajo como actor con el de técnico en efectos especiales.
Para los y las que esperen encontrar una fiel adaptación del libro, esta película será una decepción. Es, ni más ni menos, que una adaptación de una historia a cargo de un gran director que pretende dar su versión más o menos fiel de un libro muy popular en todo el mundo y que ha inspirado a millones de personas. Por lo que el listón está muy alto. Y tampoco gustará a quien no sea amante de los musicales, ese género para el que no hay término medio; o lo amas o lo odias.
Como en toda adaptación, “El Pequeño Príncipe” no es fiel al cien por cien al libro, pero eso también es parte de su encanto. De hecho, creo que Stanley Donen y Alan Jay Lerner crearon su propia versión de “El Principito” intentando ser lo más fieles posible al espíritu y el mensaje del clásico original. Y pienso que lo consiguieron. Hay que recordar la época en la que fue rodada, 1974, y pensar que los efectos especiales en aquella época no tienen nada que ver con los actuales. Pero, insisto, estos detalles inspiran más ternura que rechazo y se puede adivinar que Stanley Donen era una gran admirador de la obra literaria y del personaje. Yo considero que la película es su sincero homenaje a ese universo ingenuo de Saint-Exupery, al que tanto contribuyen sus sencillos dibujos, que aparecen continuamente a lo largo del filme.
A pesar de todo ello, la película “El Pequeño Príncipe” está considerada una obra menor de Stanley Donen, un musical que no aporte nada al género y una mala adaptación del clásico escrito en 1943, con el que se toma demasiadas licencias según algunas críticas.
Sin embargo, yo creo que cualquier obra inspirada por el pequeño habitante del asteroide B612 es una nueva oportunidad para sumergirnos en su particular universo y reflexionar sobre los temas trascendentales que “El Principito” toca de una manera tan especial.

PERSONAL SHOPPER, DE OLIVIER ASSAYAS


Ésta es la última película rodada hasta la fecha por el director francés Olivier Assayas y se estrenó en el año 2016, consiguiendo, entre otros premios, el de mejor director en el Festival de Cannes de ese mismo año. Su anterior película había sido “Viaje a Sils María” y ambas comparten protagonista: Kristen Stewart. A su vez, también hay una unión entre las protagonistas de las películas, que tienen la misma profesión: asistentes de grandes celebrities. Pero a partir de ahí se acabaron las diferencias.
“Personal shopper” es una película que gira alrededor de Kristen Stewart, protagonista absoluta (en “Viaje a Sails Maria” compartía protagonismo con una Juliette Binoche en estado de gracia). En ella, la actriz encarna a Maureen, personal shopper norteamericana de una celebrity (Kyra), que atraviesa un momento personal dramático, pues ha muerto su hermano gemelo (Lewis) a causa de una anomalía genética coronaria que ella también padece. Pero lo más interesante de la película es que Maureen, también al igual que su hermano, tiene intuición de médium y quiere contactar con él, pues parece ser que ambos acordaron que el primero que muriese mandaría una señal al otro desde el Más Allá.


De hecho, la primera escena de la película ya te mete de lleno en la trama pues nos muestra a Maureen llegando a la casa donde vivía y murió su hermano, dispuesta a pasar allí la noche en busca de ese ansiado contacto con su hermano. Para lo cual se dedica a recorrer las habitaciones en penumbra, llamándolo por su nombre. En algún momento vislumbra algo que podría ser una extraña presencia, pero no sabemos si es Lewis o  no; lo iremos descubriendo a medida que la película avance.
A pesar de este inquietante inicio, “Personal shopper” no es una película de género como tal, pues tiene ingredientes de película paranormal, pero también de thriller. De hecho, yo creo que es bastante inclasificable; una película de autor que nos habla de la pérdida, tanto personal como de identidad, de la búsqueda de sentido y, por encima de todo, de la soledad. Durante toda la película Maureen está profundamente sola. Incluso su trabajo contribuye a esta soledad, pues su único compañero fiel es su iphone, a través del cual se comunica con su jefa y con el mundo. A pesar de que mantiene una relación sentimental con un hombre, también el contacto con él es a través de vídeo conversaciones, pues él está trabajando el algún país fuera de Europa y Maureen vive en París. Sólo interactúa socialmente en momentos puntuales: con la antigua novia de su hermano, con las dependientas de las tiendas a las que va a comprar ropa, con el guardaespaldas de su jefa o con el personal de los trenes en los que viaja. Pero básicamente está muy sola, y más desde que ha perdido a, literalmente, su otra mitad, son el que ni siquiera tiene un contacto (paranormal) claro.

A pesar de lo interesante del guión y su resolución, no es una película apta para los no fans de Kristen Stewart, pues el peso de “Personal shopper” recae totalmente sobre ella que, aunque cada vez más alejada de la saga “Crepúsculo”, sigue conservando esa manera de interpretar basada en unos tics que imagino son su marca personal. El propio Assayas confesó que se le ocurrió contar con Stewart para su siguiente película después de trabajar con ella en “Viaje a Sils Maria”, lo que le hizo pensar que había en la actriz un potencial que él quería explotar.
En definitiva, “Personal shopper” es un buen reflejo del actual mundo contemporáneo, en el que podemos estar infinítamente multi comunicados desde la soledad más absoluta de nuestra sala de estar. Y esto Olivier Assayas lo transmite a la perfección, así que entendemos la necesidad, y la obsesión, del personaje de Maureen de contactar con su hermano fallecido.

VERANO EN BROOKLYN, DE IRA SACHS

El director Ira Sachs, originario de Memphis, consiguió con esta deliciosa e intimista película, arrasar en el Festival de Sundance e incl...