Quiero desde
este espacio rendir mi pequeño homenaje al gran genio del cine que es Bernardo
Bertolucci reseñando esta fábula que es “Pequeño Buda”, cinta con la que el
director italiano contribuyó en 1993 a la difusión mediática del budismo, labor
que ya habían emprendido en aquella época personajes tan glamurosos como
Richard Gere o nuestra Penélope Cruz (introducida a su vez en esta religión por
el músico Nacho Cano), que dieron mucha publicidad a esta religión cuando se
puso tan de moda a principios de los años 90.
Sin embargo,
“Pequeño Buda” está considerada una película menor dentro de la filmografía del
director italiano (en sus principios marxista declarado, y admirador de
cineastas tan personales como Antonioni y Pasolini) y fue vapuleada por la
crítica y también por el público. El único país en el que tuvo buena acogida
fue Francia, donde se convirtió en uno de los filmes más vistos del año 1994.
Para contar la
historia del príncipe Siddharta (Buda antes de su iluminación) Bertolucci
decidió centrar la acción en Seattle, lugar al que se traslada el Lama Norbu
desde el monasterio de Paro, en Bután, en búsqueda de la reencarnación del Lama
Dorje, muerto hace ocho años. Parece ser que el antiguo lama se ha reencarnado
en un rubio niño de ocho años llamado Jessie, cuyos padres (Bridget Fonda y
Chris Isaak, profesora y arquitectos respectivamente. Aprovecho para decir que
el pobre cantante Chris Isaak recibió una nominación al Razzie, los premios a
peor actor del año) se quedan asombrados ante la visita de los lamas y el
motivo del viaje, pues no tienen absolutamente nada que ver con el budismo. A
pesar de que Bertolucci ideó, junto a los guionistas Rudy Wurlitzer y Mark
Peploe, una ocurrente historia en la que se sirve de la posible reencarnación
de un lama en el presente más actual para contar el origen del budismo a través
de la lectura de un cuento que lee Jessie, el niño protagonista, la verdad es
que el resultado es un guion bastante flojo e inverosímil. De hecho, cuando los
padres del niño reciben la visita de los lamas que les explican la posible
reencarnación de alguien en su hijo de nueve años, estos lo aceptan de la forma
más natural y, a partir de ahí, permiten a su hijo una completa inmersión en la
filosofía budista de la mano de estos monjes venidos de India. A mí ya me
chirrió este comienzo.
En su época,
Bertolucci confesó, supongo que para defenderse de esos ataques despiadados que
destrozaron su película, que el budismo le había salvado de alguna manera al
entrar en su vida y explicó que había hecho una película pensando en mostrar al
mundo el mensaje de esta religión, y que era una obra incluso pensada para que
la pudiera ver el público infantil, de ahí que el eje central fuera un niño.
El resultado,
y más visto con el tiempo, es una película/fábula deliciosa visualmente, sobre
todo en la parte que narra la vida de Siddaharta/Buda, rodada en el exquisito
sistema Todd-AO (que en su momento permitía la más alta definición de imagen) con
auténtico lujo de detalles en escenarios
naturales de Katmandú por el maestro de la fotografía Vittorio Storaro (que
también se ocupó del montaje) y con una banda sonora a cargo del siempre
fantástico Ryuichi Sakamoto; ambos habituales del cine de Bertolucci.
Y un
(punzante) apunte final, ¿qué sucedería actualmente ante la elección de un
actor con raíces chinas (el a menudo impasible Keanu Reeves pre Matrix) para
encarnar a un personaje indio, ni más ni menos que al mismísimo Buda?

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