lunes, 9 de marzo de 2020

PEQUEÑO BUDA, DE BERNARDO BERTOLUCCI


Quiero desde este espacio rendir mi pequeño homenaje al gran genio del cine que es Bernardo Bertolucci reseñando esta fábula que es “Pequeño Buda”, cinta con la que el director italiano contribuyó en 1993 a la difusión mediática del budismo, labor que ya habían emprendido en aquella época personajes tan glamurosos como Richard Gere o nuestra Penélope Cruz (introducida a su vez en esta religión por el músico Nacho Cano), que dieron mucha publicidad a esta religión cuando se puso tan de moda a principios de los años 90.

Sin embargo, “Pequeño Buda” está considerada una película menor dentro de la filmografía del director italiano (en sus principios marxista declarado, y admirador de cineastas tan personales como Antonioni y Pasolini) y fue vapuleada por la crítica y también por el público. El único país en el que tuvo buena acogida fue Francia, donde se convirtió en uno de los filmes más vistos del año 1994.
Para contar la historia del príncipe Siddharta (Buda antes de su iluminación) Bertolucci decidió centrar la acción en Seattle, lugar al que se traslada el Lama Norbu desde el monasterio de Paro, en Bután, en búsqueda de la reencarnación del Lama Dorje, muerto hace ocho años. Parece ser que el antiguo lama se ha reencarnado en un rubio niño de ocho años llamado Jessie, cuyos padres (Bridget Fonda y Chris Isaak, profesora y arquitectos respectivamente. Aprovecho para decir que el pobre cantante Chris Isaak recibió una nominación al Razzie, los premios a peor actor del año) se quedan asombrados ante la visita de los lamas y el motivo del viaje, pues no tienen absolutamente nada que ver con el budismo. A pesar de que Bertolucci ideó, junto a los guionistas Rudy Wurlitzer y Mark Peploe, una ocurrente historia en la que se sirve de la posible reencarnación de un lama en el presente más actual para contar el origen del budismo a través de la lectura de un cuento que lee Jessie, el niño protagonista, la verdad es que el resultado es un guion bastante flojo e inverosímil. De hecho, cuando los padres del niño reciben la visita de los lamas que les explican la posible reencarnación de alguien en su hijo de nueve años, estos lo aceptan de la forma más natural y, a partir de ahí, permiten a su hijo una completa inmersión en la filosofía budista de la mano de estos monjes venidos de India. A mí ya me chirrió este comienzo.
En su época, Bertolucci confesó, supongo que para defenderse de esos ataques despiadados que destrozaron su película, que el budismo le había salvado de alguna manera al entrar en su vida y explicó que había hecho una película pensando en mostrar al mundo el mensaje de esta religión, y que era una obra incluso pensada para que la pudiera ver el público infantil, de ahí que el eje central fuera un niño.
El resultado, y más visto con el tiempo, es una película/fábula deliciosa visualmente, sobre todo en la parte que narra la vida de Siddaharta/Buda, rodada en el exquisito sistema Todd-AO (que en su momento permitía la más alta definición de imagen) con auténtico lujo de detalles  en escenarios naturales de Katmandú por el maestro de la fotografía Vittorio Storaro (que también se ocupó del montaje) y con una banda sonora a cargo del siempre fantástico Ryuichi Sakamoto; ambos habituales del cine de Bertolucci.
Y un (punzante) apunte final, ¿qué sucedería actualmente ante la elección de un actor con raíces chinas (el a menudo impasible Keanu Reeves pre Matrix) para encarnar a un personaje indio, ni más ni menos que al mismísimo Buda?




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