El título de
este inolvidable bolero-son de Miguel Matamoros es el que sirvió al director
Ricardo Franco para dar nombre también a su última e inconclusa película,
rodada durante 1998 y estrenada al año siguiente, una vez que su ayudante y
amigo Fernando Bauluz la concluyó con todo el respeto y la corrección que pudo
aportar en esa desagradable tarea.
“Lágrimas
negras” era un proyecto largamente acariciado por su director, y que pudo
llevar a cabo gracias al éxito de su anterior película “La buena estrella” (con
unos excelentes Antonio Resines y Maribel Verdú), lo que le permitió rodar el
filme que hoy nos ocupa, una película basada en su corta relación con la mítica
actriz Jean Seberg, la inolvidable co-protagonista de “Al final de la
escapada”, de Godard, y de tantas otras interesantes películas, y que murió
poco antes de cumplir cuarenta años parece ser que a cusa de la ingestión de
barbitúricos.
Ricardo Franco
fue un cineasta muy interesante, aunque también trabajó como actor, guionista y
productor. Un hombre que respiraba y producía arte y que también dejó su firma
en guiones como “Después de tantos años” (continuación del mítico “El
desencanto”, el documental dirigido por Jaime Chávarri en 1976 sobre la familia
del poeta falangista Leopoldo Panero), “Tu nombre envenena mis sueños”, “Adiós
pequeña” o “El sueño de Tánger”, entre otras producciones. Los guiones de “La
buena estrella” y “Lágrinas negras” los firmó junto a la guionista Ángeles
González Sinde. Como dato curioso me gustaría recordar que Ricardo Franco
también publicó un libro de poesía y es autor de varias conocidas canciones de
nuestro imaginario pop, como “Manuel Raquel” (del grupo Tam Tam Go!) o “Loco de
amor” (interpretada por Café Quijano).
Era inevitable
hacer esta introducción informativa a modo de prólogo para entender en toda su
extensión la historia de “Lágrimas negras”, en la que Andrés, un fotógrafo
convencional y acomodado en su profesión (perfecto Fele Martínez en una
interpretación llena de inocencia), es atracado por dos chicas (la inestable
Isabel, interpretada por Ariadna Gil, y la yonqui Cinta, a la que da vida Ana
Risueño), lo que provoca que su vida dé un giro de 180 grados y Andrés entre de
lleno en contacto con la locura de la mano de Isabel, con la que inicia una
destructiva historia de amor que hará que su estable presente estalle en
pedazos.
A pesar de que
la película adolece de unos cambios de ritmo que juegan en contra del excelente
guion de González Sinde, quizás debido a las circunstancias de su rodaje
(Ricardo Franco ya estaba enfermo cuando la empezó, su posterior fallecimiento
y el consiguiente cambio de dirección), en conjunto “Lágrimas negras” consigue
transmitir esa tristeza y desesperanza de los condenados por la vida. Decir que
la fotografía de Gonzalo Fernández-Berridi y la música de Eva Gancedo
(desoladora) contribuyen a ese resultado. Y, cómo no, las interpretaciones de sus
protagonistas (Ana Risueño también hace un buen trabajo como yonqui), en
especial de Ariadna Gil, que consigue hacernos creer que esa mirada suya sea
capaz de llorar unas lágrimas tan negras como la profundidad de sus ojos.

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