La última película hasta la fecha del realizador
mexicano Guillermo del Toro fue una de las grandes triunfadoras de la última
edición de los Oscar (recibió trece nominaciones y al final se alzó con cuatro
estatuillas: Mejor película, Mejor director, Mejor banda sonora y Mejor diseño
de producción) y está considerado uno de los mejores trabajos de su director
hasta la fecha. Realmente ha sido su mayor éxito desde la espléndida “El
laberinto del fauno” y no desmerece en absoluto al resto de su filmografía.
Ambientada en la ciudad norteamericana de
Baltimore durante el gris periodo de la Guerra Fría de principios de los años
6º, su protagonista es Elisa Esposito (encarnada por la actriz británica Sally
Hawkins, en una interpretación rebosante de matices y sensibilidad), una joven
muda a causa de una sufrida en el cuello cuando era una niña y que se comunica
a través de la lengua de signos. Elisa vive sola en un apartamento situado
sobre una sala de cine y su mejor amigo es su vecino Giles, un solitario
dibujante gay (el siempre genial Richard Jenkins, inolvidable protagonista de
la serie de culto “A dos metros bajo tierra”). Su otra gran amiga es Zelda (la
fantástica Octavia Spencer, últimamente una imprescindible en el cine de
calidad), una afroamericana que es su compañera en el laboratorio secreto del
gobierno donde trabajan como limpiadoras. Un buen día llega al laboratorio un
enorme tanque lleno de agua en el que nada una extraña criatura, una anfibio
humanoide, que ha sido capturado en un río sudamericano por el cruel coronel
Richard Strickland (Michael Shannon, fantástico e inquietante). A partir de este
momento empezará la gran aventura de la vida de Elisa, que pondrá a prueba su
sensibilidad y su valor, y en cierta manera la de todos los que la rodean.
A partir de una historia propia,
Guillermo del Toro construyó un guion junto a Vanessa Taylor con el objetivo de
trasladar a la pantalla esta preciosa fábula que entronca con otras películas
de su filmografía (la ya citada “El laberinto del fauno”) e incluso con los
cuentos populares (como “La Bella y la Bestia”). Una historia que también tiene
mucho que ver con otro ser entrañable de nuestra cultura popular más reciente
(“E.T.”), y que seguramente habrá hecho las delicias de Spielberg si tuvo la
oportunidad de visionar la película.
El hecho es que la historia de amor de
Elisa y la criatura marina es un canto a la tolerancia, a la generosidad y a la
amistad, con todos los ingredientes para convertirse en un clásico
contemporáneo con su preciosa fotografía a cargo de Laustsen y la banda sonora
compuesta por el siempre evocador Alexandre Desplat (suyas son algunas de las
más bellas bandas sonoras recientes, como “El curioso caso de Benjamin Button”,
“La chica danesa” o “The Imitation Game”, entre muchas otras).
No podemos olvidar, tampoco, el soberbio
trabajo de Doug Jones, un actor estadounidense especializado en mímica que ya
había trabajado con Del Toro en “El laberinto del fauno”, encarnando a la
criatura marina, a la que dotó de una increíble expresividad a pesar del
maquillaje facial y corporal.
Pero como no todo puede ser de color
rosa, hay que comentar que el estreno de “La forma del agua” no estuvo exento
de polémica. La película fue demandada por plagio por David Zindel, hijo del
Premio Pullitzer Paul Zindel, que en 1969 escribió una obra de teatro titulada
“Let me hear your whisper”, que cuenta el romance de una señora de la limpieza
que trabaja en un laboratorio donde se encariña de un delfín que ha sido
apresado para practicarle una disección cerebral. La demanda decía,
literalmente, que Del Toro y el productor Daniel Kraus “copiaron la historia, elementos,
personajes y temas” del texto teatral. Por supuesto, el estudio Fox Searchlight
negó rotundamente las acusaciones. Como conclusión, un juez federal de Estados
Unidos rechazó la demanda alegando que “pese a las similitudes superficiales,
las historias con diferentes”.

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