Haciendo, por primera vez, una excepción,
voy a hablar de una película recién estrenada, como es “Dolor y Gloria”, lo
nuevo de Almodóvar. Cine dentro del cine, Almodóvar visto por sí mismo,
Almodóvar auto interpretado… Es increíble el revuelo que está armando a sólo
una semana de su estreno. Parece que teníamos ganas de volver a querer al
director manchego después del (injusto) fracaso en taquilla de su anterior
filme, “Julieta” tan mal tratada (escrito así, con dos palabras) por la crítica
y el público por razones completamente ajenas a lo cinematográfico. Así que,
después de ver “Dolor y gloria”, inevitablemente tengo que hablar de ella.
Esta vez, Pedro Almodóvar se atreve a
hablar de sí mismo directamente, no a través de sus personajes femeninos, como
nos suele tener acostumbrados. Aunque hay algo que se mantiene, como en todo su
cine. Y es que esta película es, también, Almodóvar en estado puro. El filme
número veintiuno de este manchego universal (como Sara) gustará a los que
gustan del cine de Almodóvar y será insoportable para los que no, porque esta
vez habla de sí mismo más que nunca: de su niñez, de sus obsesiones, de sus
dolores físicos y emocionales, de la relación con sus actores, de su madre,…
Hace un ejercicio de pura disección en el que el director se convierte en
personaje para deleite de su público ¿o de él mismo? ¿Onanismo cinematográfico?
En “Dolor y gloria” los personajes
masculinos se apropian del celuloide, empezando por su alter ego el director
Salvador Mallo, interpretado de forma genialmente sobria y contenida por
Antonio Banderas. Asier Etxandía pone cara a Alberto Crespo, actor fetiche de
Mallo en su película “Sabor” y Leonardo Sbaraglia es el encargado de dar vida a
su gran amor, Federico. Al lado de estos veteranos actores, el gran
descubrimiento de esta cinta es el joven actor César Vicente, que llena de
magia y poesía a su personaje Eduardo, de vital importancia en la infancia de
Salvador Mallo.
Por otro lado, los personajes femeninos
no les van a la zaga, empezando por Penélope Cruz y Julieta Serrano, que
interpretan a Jacinta, la madre del protagonista, en diferentes etapas de su
vida. La gran Nora Navas hace suyo el papel de Mercedes, la asistente personal
de Salvador Mallo, una mujer con una vida sentimental hecha trizas pero
eternamente leal a Salvador, del que cuida más que de sí misma. Y, en un pequeño
pero jugoso papel, la inmensa Susi Sánchez, una de esas actrices que parece
haber nacido para interpretar cada uno de los papeles a los que ha dado vida en
su larga trayectoria profesional.
Sumándose a la calidad del guion, y de la
historia en sí, mérito directo de Almodóvar, también es responsable del éxito
de la película el excelente equipo del que siempre se rodea el director: Juan
Gatti sigue siendo el responsable de los títulos de crédito, Alberto Iglesias
de la evocadora y a veces dramática banda sonora y el gran José Luis Alcaine de
la maravillosa fotografía, puro arte. Además, Almodóvar siempre a la última,
fue de los primeros en fijarse en el potencial de una Rosalía pre boom “tra
tra”, dándole un papel anecdótico pero con cierta gracia, que ella resuelve con
naturalidad y desparpajo.
Con continuas referencias al cine clásico
y a sus mitos femeninos, como Natalie Wood o Marilyn Monroe, y una simbólica
presencia del agua como elemento a lo largo de la película, con “Dolor y
gloria” Almodóvar cierra una trilogía que inició con “La ley del deseo” (1987),
y continuó con “La mala educación” (2004). Y lo hace con nota y dejando el
listón muy alto. Pero no nos adelantemos. Disfrutemos del presente porque
tenemos “Dolor y gloria” para rato. Esto no ha hecho más que empezar.

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