lunes, 9 de marzo de 2020

DOLOR Y GLORIA, DE PEDRO ALMODÓVAR


Haciendo, por primera vez, una excepción, voy a hablar de una película recién estrenada, como es “Dolor y Gloria”, lo nuevo de Almodóvar. Cine dentro del cine, Almodóvar visto por sí mismo, Almodóvar auto interpretado… Es increíble el revuelo que está armando a sólo una semana de su estreno. Parece que teníamos ganas de volver a querer al director manchego después del (injusto) fracaso en taquilla de su anterior filme, “Julieta” tan mal tratada (escrito así, con dos palabras) por la crítica y el público por razones completamente ajenas a lo cinematográfico. Así que, después de ver “Dolor y gloria”, inevitablemente tengo que hablar de ella.

Esta vez, Pedro Almodóvar se atreve a hablar de sí mismo directamente, no a través de sus personajes femeninos, como nos suele tener acostumbrados. Aunque hay algo que se mantiene, como en todo su cine. Y es que esta película es, también, Almodóvar en estado puro. El filme número veintiuno de este manchego universal (como Sara) gustará a los que gustan del cine de Almodóvar y será insoportable para los que no, porque esta vez habla de sí mismo más que nunca: de su niñez, de sus obsesiones, de sus dolores físicos y emocionales, de la relación con sus actores, de su madre,… Hace un ejercicio de pura disección en el que el director se convierte en personaje para deleite de su público ¿o de él mismo? ¿Onanismo cinematográfico?
En “Dolor y gloria” los personajes masculinos se apropian del celuloide, empezando por su alter ego el director Salvador Mallo, interpretado de forma genialmente sobria y contenida por Antonio Banderas. Asier Etxandía pone cara a Alberto Crespo, actor fetiche de Mallo en su película “Sabor” y Leonardo Sbaraglia es el encargado de dar vida a su gran amor, Federico. Al lado de estos veteranos actores, el gran descubrimiento de esta cinta es el joven actor César Vicente, que llena de magia y poesía a su personaje Eduardo, de vital importancia en la infancia de Salvador Mallo.
Por otro lado, los personajes femeninos no les van a la zaga, empezando por Penélope Cruz y Julieta Serrano, que interpretan a Jacinta, la madre del protagonista, en diferentes etapas de su vida. La gran Nora Navas hace suyo el papel de Mercedes, la asistente personal de Salvador Mallo, una mujer con una vida sentimental hecha trizas pero eternamente leal a Salvador, del que cuida más que de sí misma. Y, en un pequeño pero jugoso papel, la inmensa Susi Sánchez, una de esas actrices que parece haber nacido para interpretar cada uno de los papeles a los que ha dado vida en su larga trayectoria profesional.
Sumándose a la calidad del guion, y de la historia en sí, mérito directo de Almodóvar, también es responsable del éxito de la película el excelente equipo del que siempre se rodea el director: Juan Gatti sigue siendo el responsable de los títulos de crédito, Alberto Iglesias de la evocadora y a veces dramática banda sonora y el gran José Luis Alcaine de la maravillosa fotografía, puro arte. Además, Almodóvar siempre a la última, fue de los primeros en fijarse en el potencial de una Rosalía pre boom “tra tra”, dándole un papel anecdótico pero con cierta gracia, que ella resuelve con naturalidad y desparpajo.
Con continuas referencias al cine clásico y a sus mitos femeninos, como Natalie Wood o Marilyn Monroe, y una simbólica presencia del agua como elemento a lo largo de la película, con “Dolor y gloria” Almodóvar cierra una trilogía que inició con “La ley del deseo” (1987), y continuó con “La mala educación” (2004). Y lo hace con nota y dejando el listón muy alto. Pero no nos adelantemos. Disfrutemos del presente porque tenemos “Dolor y gloria” para rato. Esto no ha hecho más que empezar.

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