Este año 2019 es el cincuenta aniversario
del terrible asesinato de Sharon Tate (entonces embarazada de más ocho meses),
y cuatro personas más, a manos de Charles Manson y sus adeptas. Este hecho
supuso un revulsivo para la sociedad norteamericana de los felices sesenta,
como también lo fue el asesinato de Kennedy seis años antes, en 1963. Y por supuesto, cambió para siempre la vida
del esposo de Sharon Tate, el polaco Roman Polanski, ya entonces considerado
uno de los mejores directores de su generación, y que contaba con películas en
su haber tan perturbadoras como “La semilla del diablo” o “Repulsión”. Con Tate
había trabajado en “El baile de los vampiros”, rodada dos años antes de los
asesinatos.
Con el tiempo, Polanski rehízo su vida
personal y siguió trabajando en el negocio del cine, siendo incluso reconocido
con un Oscar como mejor director en 2002 por “El pianista”.
Pero la película de la que me gustaría
hablar no obtuvo ningún premio o reconocimiento especial. Sin embargo, “Lunas
de hiel” me parece una de sus mejores obras, básicamente por lo apasionante de
su historia y por la forma en que el director judío decide narrarla. Basada en
una corrosiva novela escrita por Pascal Bruckner en 1981, nos cuenta la
degradación de la historia de amor entre una joven inocente, Mimi (Emmanuelle
Seigner, la por entonces, y actualmente, esposa de Polanski), y un descreído y
frustrado escritor norteamericano residente en París, Oscar, encarnado a la
perfección por Peter Coyote. Un viaje en crucero en el que la pareja coincide
con un matrimonio inglés (excelentes Kristin Scott Thomas y Hugh Grant),
representación de la pareja perfecta (aunque luego resulta no serlo tanto) y
contrapunto a la pasional combinación de Oscar y Mimi, sirve al narrador
(Oscar) para contarle su historia a la audiencia (encarnada en Hugh Grant) a
base de continuos flashbacks, que alternados con el triste presente hacen aún
más dramática la historia y la evolución de los acontecimientos.
“Lunas de hiel” es una película
desazonadora e incómoda, precisamente porque toma un tema universal (como es el
amor romántico de pareja en un grado excelso) para diseccionarlo y mostrar de
la forma más cruda y desnuda de artificio posible una de las evoluciones, sino
la única, que puede sufrir. Polanski nos viene a decir que, a pesar de los
bonita y perfecta que todo pueda parecer al principio, cualquier historia se
desgasta e, incluso lo que más nos fascina y llena de alegría en un momento,
puede llegar a saciarnos y a convertirse en una molestia de las que queremos
prescindir. Lo que suele suceder es que los miembros de una pareja no suelen
sentir al unísono, y en este devenir, siempre hay uno de los dos que sufre más,
y que es la víctima, a simple vista, de ese desamor. Sin embargo, en “Lunas de
hiel” no hay víctimas, ni verdugos, o por lo menos no son roles asignados a un
personaje concreto. Según las etapas de la relación, según quién cuente la
historia, según quién la observe o la escuche, los roles van cambiando. Y esa
es la maestría de Polanski como director de “Lunas de hiel”: no juzga; cuenta,
expone, deja que cada espectador extraiga sus propias conclusiones y se
identifique con quien quiera, o con varios personajes a la vez, o con ninguno.
Cosa bastante difícil porque esta historia te agarra de las vísceras y es
imposible no entrar de lleno en esa atmósfera viciada que va invadiendo el
argumento conforme avanza. La maravillosa, e inquietante, banda sonora de
Vangelis le da un punto místico a esta historia que no es sino la exaltación de
los sentimientos, de los más inocentes a los más oscuros. Como bien dice
Greimas en su cuadrado semiótico, los extremos se tocan.

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