lunes, 9 de marzo de 2020

LUNAS DE HIEL, DE ROMAN POLANSKI


Este año 2019 es el cincuenta aniversario del terrible asesinato de Sharon Tate (entonces embarazada de más ocho meses), y cuatro personas más, a manos de Charles Manson y sus adeptas. Este hecho supuso un revulsivo para la sociedad norteamericana de los felices sesenta, como también lo fue el asesinato de Kennedy seis años antes, en 1963.  Y por supuesto, cambió para siempre la vida del esposo de Sharon Tate, el polaco Roman Polanski, ya entonces considerado uno de los mejores directores de su generación, y que contaba con películas en su haber tan perturbadoras como “La semilla del diablo” o “Repulsión”. Con Tate había trabajado en “El baile de los vampiros”, rodada dos años antes de los asesinatos.

Con el tiempo, Polanski rehízo su vida personal y siguió trabajando en el negocio del cine, siendo incluso reconocido con un Oscar como mejor director en 2002 por “El pianista”.
Pero la película de la que me gustaría hablar no obtuvo ningún premio o reconocimiento especial. Sin embargo, “Lunas de hiel” me parece una de sus mejores obras, básicamente por lo apasionante de su historia y por la forma en que el director judío decide narrarla. Basada en una corrosiva novela escrita por Pascal Bruckner en 1981, nos cuenta la degradación de la historia de amor entre una joven inocente, Mimi (Emmanuelle Seigner, la por entonces, y actualmente, esposa de Polanski), y un descreído y frustrado escritor norteamericano residente en París, Oscar, encarnado a la perfección por Peter Coyote. Un viaje en crucero en el que la pareja coincide con un matrimonio inglés (excelentes Kristin Scott Thomas y Hugh Grant), representación de la pareja perfecta (aunque luego resulta no serlo tanto) y contrapunto a la pasional combinación de Oscar y Mimi, sirve al narrador (Oscar) para contarle su historia a la audiencia (encarnada en Hugh Grant) a base de continuos flashbacks, que alternados con el triste presente hacen aún más dramática la historia y la evolución de los acontecimientos.
“Lunas de hiel” es una película desazonadora e incómoda, precisamente porque toma un tema universal (como es el amor romántico de pareja en un grado excelso) para diseccionarlo y mostrar de la forma más cruda y desnuda de artificio posible una de las evoluciones, sino la única, que puede sufrir. Polanski nos viene a decir que, a pesar de los bonita y perfecta que todo pueda parecer al principio, cualquier historia se desgasta e, incluso lo que más nos fascina y llena de alegría en un momento, puede llegar a saciarnos y a convertirse en una molestia de las que queremos prescindir. Lo que suele suceder es que los miembros de una pareja no suelen sentir al unísono, y en este devenir, siempre hay uno de los dos que sufre más, y que es la víctima, a simple vista, de ese desamor. Sin embargo, en “Lunas de hiel” no hay víctimas, ni verdugos, o por lo menos no son roles asignados a un personaje concreto. Según las etapas de la relación, según quién cuente la historia, según quién la observe o la escuche, los roles van cambiando. Y esa es la maestría de Polanski como director de “Lunas de hiel”: no juzga; cuenta, expone, deja que cada espectador extraiga sus propias conclusiones y se identifique con quien quiera, o con varios personajes a la vez, o con ninguno. Cosa bastante difícil porque esta historia te agarra de las vísceras y es imposible no entrar de lleno en esa atmósfera viciada que va invadiendo el argumento conforme avanza. La maravillosa, e inquietante, banda sonora de Vangelis le da un punto místico a esta historia que no es sino la exaltación de los sentimientos, de los más inocentes a los más oscuros. Como bien dice Greimas en su cuadrado semiótico, los extremos se tocan.


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