Soy un admirador de los documentales bien
hechos. De esos que son mejor que cualquier biopic de gran presupuesto que recrea
a la perfección la vida de un personaje famoso. Y “McQueen” (2018) es justo el
tipo de documental que me gusta; de hecho es uno de los que más me ha gustado
últimamente. Porque además de permitirme adentrarme en la vida y la obra de su
protagonista, el célebre y desparecido diseñador británico Alexander McQueen,
me ha emocionado profundamente. Y creo que ese es el mejor homenaje que se le
puede hacer a un artista que pretendía, y cito textualmente, “provocar emoción
y piel de gallina” con sus desfiles, auténticas puestas en escena que no sólo
mostraban los diseños de la colección correspondiente, sino que contaban una
historia con un guion muy estudiado y hablaban del perturbador universo
interior de su creador. Lo he comprobado después de ver el documental. La vida
y la obra de Alexander McQueen están indisolublemente unidas, y su gran amor
fue siempre su trabajo, en el que volcó toda su creatividad, sus demonios, sus
puntos de vista, sus ideas, en definitiva, su alma. Lo más profundo que posee
un ser humano.
Con unas imágenes impactantes (haciéndose
eco de toda esa iconografía mitológica y oscura que rodeó siempre al creador)
los directores Ian Bonhôte y Peter Ettedgui hacen un recorrido por la vida de
Alexander McQueen desde sus humildes orígenes en el suburbio londinense de
Stratford, hasta su llegada a la cima de la moda con los diseños de su propia
firma, pasando por la prolífica etapa en que estuvo al frente de la marca de
alta costura Givenchy (coincidiendo en el tiempo con Galliano en Dior o Tom Ford
en Gucci). Y lo hacen con la música de Michael Nyman de fondo (la misma que,
según el documental, escuchaba el propio Lee a la hora de confeccionar su
creaciones) que envuelve ese aluvión de imágenes de películas caseras de
McQueen, mezcladas con grabaciones de su voz dando testimonio de sus
pensamientos, extractos de sus desfiles más conocidos (y siempre polémicos),
como La violación de las Tierras Altas o Voss; y todo ello arropado por los
testimonios de los que lo conocieron, desde su propia familia (su madre, su
hermana, su sobrino), pasando por modelos que desfilaron con sus diseños,
colegas de profesión (como el diseñador mallorquín Sebastian Pons,
imprescindible en su etapa parisina en Givenchy), amigos íntimos (como la
inclasificable Isabella Blow, ex editora de Vogue UK, mentora y alma gemela
durante un tiempo), o colaboradores puntuales con los que llegó a desarrollar
una relación de admiración y respeto.
Realmente, es el documental definitivo
sobre Alexander McQueen porque profundiza en su personalidad altamente creativa
y torturada y habla sin tapujos, pero son mucho respeto, de los problemas que
le conllevó la fama que le proporcionó el convertirse con sólo 27 años en un
diseñador obligado a presentar catorce colecciones al año, transformando a
aquel chico gordito que llegó a la escuela Central Saint Martins con sus telas
bajo el brazo en un atractivo y esbelto adulto, uno de los diseñadores más
importantes del siglo XX/XXI que en sus últimos años vivió agobiado por la
paranoia y refugiado en la cocaína. Puede que la muerte de su madre después de
una enfermedad fuera definitiva para que decidiera quitarse la vida el 11 de
febrero de 2010, dejando huérfanos y consternados a todos aquellos que lo
admiraban y querían.
Después del visionado de “McQueen” casi
nueve años después de su muerte, no puedo evitar sentirme yo mismo un poco
desolado al haber asistido a su historia sin poder despegarme de la pantalla
durante 111 minutos, pensando que lo entiendo un poco más que antes de
conocerlo y todavía con la piel de gallina, como si hubiera asistido al último
de sus desfiles. Todo mi respeto y mi admiración, Lee.

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